Lunes negro

Por Lautaro Garcia Lucchesi

La jornada del lunes fue la peor desde 2008 para los mercados globales. En Wall Street, las acciones cayeron, en promedio, más de un 7,5%; el promedio industrial de Dow Jones cayó más de 2.000 puntos, lo que equivale a una caída de casi el 8%. Los activos de futuro del S&P 500 cayeron hasta un 5%, lo que obligó a la activación de un límite que evita las ventas de estos activos por debajo de ese nivel.


Más cerca de nuestro país, el real perdió un 2,87% de su valor, llegando a un mínimo histórico de 4,72 reales por dólar, y el índice Bovespa registró una caída del 12% que obligó a que se suspendieran las operaciones por media hora. Por su parte, Petrobras sufrió una caída en el valor de sus acciones del 24%, casi un cuarto del valor por acción. Por su parte, el peso mexicano sufrió una depreciación de casi el 5% y la bolsa mexicana retrocedió un 6,42%. Y ni que hablar Colombia, cuya moneda se depreció un impresionante 6,3% y el Colcap cayó un 10,5%.


.¿Cuál fue la causa o las causas de este golpe a los mercados bursátiles globales?. Una combinación de petróleo y coronavirus. La caída del precio del barril de petróleo no provino de una decisión arbitraria o de la lógica oferta-demanda. En 2016, la OPEP y un grupo de 11 países productores independientes (entre ellos, Rusia) habían decidido reducir la cantidad de barriles de producción diarios, con el objetivo de estabilizar el precio de este bien. En julio del año pasado, los mismos actores había acordado rebajar la producción a los niveles de octubre de 2018. Por último, en diciembre se había decidido un nuevo recorte, que se extendería hasta el 31 de marzo de este año.


El problema apareció el pasado viernes, cuando los mismos actores se reunieron para discutir la propuesta de la OPEP de reducir unos 600.000 barriles de la producción diaria hasta junio, con el objetivo de enfrentar la merma en la producción mundial, consecuencia del coronavirus. Se estimaba que la demanda retrocedería alrededor de un 20%, debido principalmente al parate de la producción china. Rusia rechazó esta propuesta, por lo que, a partir del 1° de abril, el acuerdo entre la OPEP y estos países productores independientes llegaría a su fin, y éstos últimos quedarían libres de cualquier tipo de limitación a la producción de crudo.


Esta decisión rusa no cayó para nada bien en Arabia Saudita. Como respuesta, la compañía saudí Aramco decidió reducir el precio oficial del petróleo. Bajo 6 dólares el precio de dos de sus productos para los consumidores asiáticos; y entre 6 y 8 dólares para los consumidores del noroeste de Europa y de los países mediterráneos. Además, planea elevar su producción diaria, a partir del mes de abril, a unos 10 millones de barriles, un 3% más que en febrero. Esto terminó por generar una caída en el precio mundial del petróleo del 31%, alcanzando un precio

de venta de apenas 31,43 dólares el barril. He aquí la combinación de coronavirus y petróleo.


Por otro lado, Estados Unidos ha enviado, desde el 5 de marzo, más de 20.000 soldados a Europa para llevar a cabo ejercicios de maniobras en el marco del programa “Defensa de Europa 2020”. Estos soldados, que están exentos de cumplir con los protocolos de aislamiento por el coronavirus, se extenderán por todo el Viejo continente para la ejecución de esta maniobra. Diego Fusaro, en un reciente artículo, se plantea una pregunta muy simple: ¿de quién debería defenderse Europa?. De Rusia y China, los dos países que le disputan espacios de poder al decadente hegemón norteamericano en el escenario internacional. Europa no puede pasar a manos de los enemigos de Estados Unidos, que está dispuesto a todo para defender su posesión. Si combinamos esta movilización con la ruptura entre Rusia y Arabia Saudita, principal aliado norteamericano en Medio Oriente, por el precio del petróleo, el panorama se torna claro.


¿Cuál fue el impacto en la Argentina?. El Merval se derrumbó más de un 9% y el riesgo país alcanzó los 2.830 puntos, cerrando la negra jornada en 2.794 puntos; también YPF recibió un muy fuerte sacudón, registrando una caída en sus acciones del 28%. Pero la principal preocupación yace en la negociación por la reestructuración de la deuda externa. Los bonos soberanos cayeron un promedio de 8,5% y se espera una salida de inversiones de los mercados emergentes hacia activos más seguros, generalmente bonos del Tesoro norteamericano u oro, cuyo precio alcanzó a superar los u$s 1.700 la onza, aunque cerró la jornada en u$s 1.680. A esto se le suma la paralización de Vaca Muerta, pues no es rentable producir petróleo en ese yacimiento al precio actual. También el precio de la soja se redujo un 8%, comercializándose a u$s 319,68 la tonelada. Esto impacta sobre los pronósticos de capacidad de pago futuro que tendrá la Argentina respecto de la deuda, si la reestructuración se lograse, pues significa el recorte de fuentes de ingreso fundamentales para la Argentina.


Este panorama nos deja en una situación que puede ser muy buena o muy mala. Muy buena porque ya nadie puede dudar de que la deuda, en las condiciones en que se tomó, es hoy impagable. Esto podría ablandar a los bonistas, ya que éstos están retirando sus capitales de los mercados emergentes hacia Letras del Tesoro norteamericano, que ofrecen una tasa de interés real negativa, o hacia el oro, que no paga interés; frente a esto, poder acceder a un bono que otorgue cierto margen de ganancia, incluso si se debe aplazar en el tiempo el momento de cobro, puede ser considerado, por los acreedores, un hecho positivo.


Pero también está el escenario negativo. 2.800 puntos significan que el default es altamente probable, por no decir casi un hecho, siempre según el punto de vista de los mercados. Esto podría atraer a las aves de carroña, los fondos buitre, que podrían aprovechar la intención de algunos bonistas de deshacerse de los bonos argentinos, por no estar dispuestos a esperar a los nuevos vencimientos para cobrar su dinero o por no querer aceptar una quita de capital e intereses. Esto sería un gran problema para nuestro país, porque todos sabemos que estos fondos no buscan la renegociación, sino que adoptan una actitud intransigente y buscan cobrar todo el capital y los intereses, y sin ningún tipo de concesión hacia el deudor.


Todo parece conjugarse para embarrar la estrategia del gobierno. El Presidente y el Ministro de economía deberán andar con pies de plomo si quieren llevar esta renegociación a buen puerto. Crucemos los dedos.


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