Los Cacareadores de la Libertad

Por Silvano Pascuzzo

Crisis de Civilización y Muerte Masiva. Las grandes calamidades, los problemas sociales y económicos, muestran, con prístina claridad, las limitaciones del Ser Humano para operar sobre la Naturaleza, e incluso, sobre sí mismo como especie. Durante milenios, las personas se avinieron a los dictados de esa realidad inocultable, aceptándola con resignación, más o menos esperanzada. Los “Dioses” podían proteger – eventualmente – a las comunidades y a los individuos si se satisfacían, de manera conveniente, sus despóticos caprichos o sus violentos enojos. Religión y política encontraban allí su primer enlace, al mediar la autoridad – como representante de lo divino – entre ambos mundos: el de las deidades y el terrenal. Al cobijo aparente de gobernantes y sacerdotes, los sujetos desarrollaron su vida, llenos de temor y fatalismo.

Fue el pensamiento moderno quién se propuso la superación de esos límites naturales, religiosos y políticos. Construyó la idea de una persona racional y autónoma, capacitada para comprender e indagar los misterios del Cosmos, para sobrevivir primero y aspirar a la Felicidad, después. Se hizo común – al menos entre las élites del Occidente judeo cristiano – creer que la Ciencia y la Burocracia, constituían las respuestas a las preguntas más acuciantes, y las soluciones a los sufrimientos más dolorosos. El Capitalismo – como sistema de acumulación – completó el escenario, con su desarrollo tecnológico, su incremento constante del ahorro, la inversión y el consumo, junto con sus leyes racionalmente deducibles.

Pero la pandemia global de COVID 19, desnuda las imperfecciones y los excesos, muchas veces subestimados, y otras exagerados, de la Modernidad. Frente al azote combinado de la Naturaleza y de las estructuras sociales arbitrarias e inequitativas, la muerte y la crisis hacen tambalear – una vez más – los cimientos de esa optimista visión del Progreso, limitando, a la vez, las posibilidades humanas para superarlas, tolerarlas e incluso soportarlas, sin el apoyo – aunque simbólico – de dioses trascendentes.

La defensa de la Vida, y la búsqueda de la Felicidad, fueron el gran objetivo del Humanismo, en su versión europea y americana, desde el siglo XVII. El Capitalismo y la Democracia – sus dos construcciones ideológicas más potentes – encontraron allí su legitimidad y sus fundamentos últimos. La libertad – e incluso la Propiedad privada – fueron los instrumentos útiles, eficaces y moralmente aceptados, para el logro de ambos objetivos. Los liberales y los socialistas, siempre han creído por eso, desde entonces, en la fuerza ineluctable de los seres humanos para transformar el Mundo y para auto gobernarse; haciendo hincapié en que el Hombre, a diferencia del resto de los animales, puede decidir y pensar por sí mismo, actuando en consecuencia.

Ocurre, sin embargo, que ahora, en medio de una pandemia global, esa optimista visión, cruje y se desmorona, asistiendo al espectáculo que nos dan un mercado y un Estado impotentes ante la desgracia de millones, que quedan inermes y desprotegidos en medio de la catástrofe. Como en un acto de rebelión, el Pasado se hace Presente otra vez, y muestra la debilidad pavorosa del Progreso, los fallos del Capitalismo y los límites del Estado para frenar los contagios y las crisis económicas y sanitarias. El Egoísmo – ese mal endémico de las sociedades humanas desde los principios de la Historia – destruye vínculos, fuerza recomendaciones científico médicas y actualiza aquella vieja frase, atribuida a un filósofo inglés, que rezaba. “el Hombre es el Lobo del Hombre”.

El papel de los medios y de las corporaciones demuestra lo antedicho, con una enorme y elocuente actualidad. Con gran falta de cordura, el periodismo a sueldo del gran capital, ataca la idea de “intervención pública” en materia sanitaria, argumentando que ella pone en riesgo las libertades individuales y la propiedad privada. Cuestionan el “distanciamiento social” – la cuarentena – desempolvando viejos discursos decimonónicos, que ocultan el único y verdadero móvil de sus actos: mantener en funcionamiento los mecanismos de la acumulación capitalista, en un orden en el que el consumo ocupa un rol fundamental.

El Estado, mientras tanto, colonizado por intereses crematísticos, acepta esas peroraciones de un modo complaciente, decretando o permitiendo el fin de los controles y asumiendo, como en los tiempos antiguos, que la Muerte es algo natural e inevitable. Y entonces, se manifiestan dos tradiciones que, surgidas en el momento de la transición desde la sociedad tradicional a la moderna, hicieron de la Desigualdad y de su naturalización, un credo y una Fe, revestida de cientificismo racionalista. La primera, asociada a la figura de Thomas Robert Malthus (1766-1834); y la segunda, a la personalidad de Herbert Spencer (1820-1903).

Malthus creía que las velocidades asincrónicas del aumento de la población y de los recursos de subsistencia, creaba un equilibrio demográfico y económico, en el que la desigualdad y el sufrimiento eran su esencia. La pobreza y la muerte, eran algo no sólo inevitable en su concepción del mundo, sino incluso deseable, pues permitía a los más fuertes, a los más aptos, sobrevivir e incluso prosperar. Inspirado en las teorías naturalistas de la evolución de las especies de Charles Darwin (1809-1882), Spencer mejoraría los conceptos malthusianos sobre la población, visualizando al Capitalismo industrial – al Mercado – como el mejor seleccionador de los “mejores” y a la Competencia emanada de la Libertad, como la única y más eficientes distribuidora de bienes y servicios. La Vida era un bien preciado, sólo accesible para aquellos que habían demostrado ser dignos de gozar y disfrutar de su valor inapreciable y único. Para los indolentes, inaptos y débiles, el destino inexorable sería el dolor, la pobreza y la muerte.

El Neoliberalismo corporativo y mediático, reactualiza hoy ésta cosmovisión, en sus ataques al Estado y a sus controles sanitarios rigurosos, depositando el destino de la Humanidad en un descarnado automatismo, basado en la selección de los más fuertes. Al hacer hincapié en la idea de que los muertos son un costo a pagar frente al altar de la producción y el consumo, pone de manifiesto, como nunca, la crisis civilizatoria del Occidente liberal y capitalista.

Pero también entre las masas, esa naturalización recoge muchas – demasiadas – adhesiones. Vemos a miles seguir desarrollando normalmente su vida, con total despreocupación por el prójimo, sumidos en la letárgica repetición de rutinas individualistas. Porque, hay que decirlo – aunque sea políticamente incorrecto –, el discurso contrario a la cuarentena tiene su público, que lo escucha y lo apoya efusivamente. Y es entonces, cuando la cuestión se complejiza, pues los que serían las víctimas, se ponen en línea con sus victimarios, centrándose en el más crudo egoísmo. Hay culpa colectiva, entonces, en los sectores que masivamente rompen el aislamiento y, por la vía del contagio, nos perjudican a todos, además de, naturalmente, a sí mismos.

En pocas palabras, ese Occidente que otrora se preciara de defender la Vida como el valor supremo, hoy se divide en nombre de una libertad anárquica y egoísta, permitiendo que millones de sus hijos destruyan, sin culpa, los últimos restos de un Humanismo y una Racionalidad que fueran su sello distintivo, en nombre del Dios Mercado. La Naturaleza nos azota con furia, y la muerte en masa retorna, invencible, en medio de los ecos absurdos del cacareo irresponsable de un grupo que dice amar la Libertad, mientras camina en medio de las tumbas; símbolos silenciosos de tanta necedad y tanto egoísmo.

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