Las Nuevas Derechas

Por Silvano Pascuzzo. Se acerca la hora de la verdad. El domingo 14 de noviembre, se celebrarán elecciones en nuestro país. Todos los grupos opositores; políticos, mediáticos y empresariales; apuestan a una derrota del oficialismo, con contadas excepciones. Queda muy claro, que el adversario a vencer, no es el Peronismo – un conglomerado de actores muy extenso y difuso – sino esencialmente, la figura de Cristina Fernández de Kirchner.


Con el resto del Frente de Todos, parecen oscilar entre el conflicto amedrentador y el acuerdo. Sólo quieren el fin del proyecto político nacido en 2003.


Por otro lado, esas Derechas, en Argentina y en el resto del Continente Americano, están transformándose de modo profundo y a una velocidad inusitada. Son una opción dogmática y autoritaria, que se identifica con las Teorías Libertarias de los pensadores Neo Liberales de las décadas de los 60 y 70, como: Ludwig Von Mises, Friedrich Hayek, Mancur Olson y Robert Nozik; pero también tributaria, de corrientes racistas, xenófobas e irracionalistas. Constituyen, sin dudas, una Internacional del odio y el egoísmo, un conglomerado de ignorantes, psicológicamente resentidos, que rechazan, con presuntuosa falta de decoro, a todo lo que no les agrada, calificándolo de demagógico, populista y colectivista. Tal la estrategia que hasta ahora les ha servido para conducir porciones importantes de la población, proclives a escuchar y dar crédito a eslóganes simplistas y perogrulladas absurdas, catalizadoras del odio y de la inconformidad con un sistema evidentemente obsoleto y agotado.


Y casualmente, en nuestro país, el Populismo está siendo identificado por la Nueva Derecha, como el culpable de los defectos de un régimen que, en otra ocasión, hemos catalogado de elitista y oligárquico. Tristemente, el Sueño propuesto por Néstor Kirchner en mayo de 2003, ha mutado en mero tácticismo electoralista y en una justificación del orden imperante, a través de la tan mentada “correlación de fuerzas adversas” o del axioma del “mal menor”, pálido reflejo del “cuento del pastorcito y el lobo”. Las inclinaciones rupturistas de los principales referentes del oficialismo, son sobredimensionadas con el fin de consolidar e institucionalizar hegemonías, apelando a todos los recursos de que disponen; que son, como sabemos, muchos.


La radicalización derechista, es entonces, funcional a los que lucran y especulan desde hace décadas con el país y con el Estado. Pero no hay que olvidar nunca, que existe una porción considerable de personas, portadora de principios y valores autoritarios. El Anti Populismo es un fenómeno de masas, además de un instrumento de las élites; gozando por ello, de respetabilidad dentro del marco institucional basado en las formalidades jurídicas del Derecho Liberal Democrático. Además, descansa sobre diagnósticos sesgados, muchas veces carentes de fundamento; y en un relativismo ético de raigambre post modernista; que en nombre del respeto a la “Diversidad”, tolera expresiones ideológicas que propenden a su negación fáctica. Una “paradoxa” aristotélica, surgida no de un laboratorio de ideas; sino de la misma evolución histórica de Occidente, en el último medio siglo.


El 14 de noviembre, entonces, se va a reconfigurar el escenario político, por la acción de dos procesos simétricos y convergentes: el debilitamiento – auto infringido – del Kirchnerismo; y la radicalización de las derechas conservadoras. Es probable que la hegemonía de los sectores dominantes, de forma a un bipartidismo inocuo, similar al que, en los años 80 y 90 del siglo pasado, dieron sustento a las políticas de ajuste y de destrucción del aparato productivo. Los poderosos sienten hoy, que son impunes y capaces de ejercer su primacía sin oposiciones relevantes; en el interior de una sociedad apática, fragmentada e inerme.


Quedan, no obstante, todavía dos años para que el actual gobierno intente una reconfiguración del campo popular, pensando en 2023. El avance indetenible de las derechas, no será frenado con insípidas apelaciones al consenso. Hace falta otra cosa. En primer lugar, un programa realizable de desarrollo económico, que termine con la especulación y fomente el trabajo y la producción. En segundo término, una movilización social activa, en torno a valores no individualistas, sino comunitarios, y una mirada de largo plazo, no coyuntural y episódica; que sea la contracara de la pueril y simplista “Teoría Libertaria”. Finalmente, un liderazgo que enamore y convenza, más allá del marcketing y los clishes vacíos, con los que el Poder Real, quiere confundirnos y domesticarnos.

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