El Otro revolucionario

Por Juan Ignacio Maccarone

¿Por qué todos los líderes se dirigen gritando y repletos de respuestas y certezas a las masas? ¿Tolerarían los pueblos un gobernante con más preguntas que respuestas? ¿Aceptarían a un presidente que dude? ¿Qué acuerdo tácito hay entre ambos (entre el líder y los liderados)?


El concepto psicoanalítico del Otro (con mayúscula) tal vez pueda ayudarnos a pensar algunas cuestiones. Jacques Lacan considera al Otro como un lugar en el cual se constituye la palabra. Recién en un segundo momento alguien puede encarnar ese lugar para un sujeto. Por ejemplo, cuando recurrimos a un doctor ubicamos a dicha persona en un lugar de saber. Su palabra (la del Otro, lugar en el cual se constituye la palabra) nos determina, le atribuimos un saber, creemos en lo que dice, nos calma. De allí lo terrorífico que nos genera el médico del cuento de Julio Cortázar cuando termina de examinar al paciente: “Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando, alza la cabeza y sonríe, alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer” (J. Cortázar. Historias de cronopios y de famas).


¿Soportaríamos a un presidente que se dirija a una plaza, repleta de gente, vestido de payaso? (recordemos al científico de “El principito”, cuando expone una rigurosa teoría científica y se lo toma en broma sólo por la forma en que viste). Tenemos entonces una masa que busca respuestas (un ser humano que busca respuestas, un niño que le pregunta a su gran Otro padre: “¿Papá qué es esto?” y toma su respuesta como verdad incuestionable – lo que a nosotros nos han dicho que se llama “silla”, a un niño inglés le dijeron que es “chair” -). Se me dirá que esa búsqueda de respuestas es necesaria para cualquier intento de cambiar algo (difícilmente la Revolución francesa hubiera acontecido con un pueblo no determinado y dubitativo). Lo acepto. Se necesita estar convencido para intentar cambiar algo pero, si una vez logrado el objetivo, no se tiene claro que esa fuerza y ese convencimiento sólo eran la excusa para movilizarse, y el nuevo paradigma se dogmatiza, nada habrá cambiado.


Desgraciadamente, las revoluciones parecen conllevar una tendencia a la estratificación (o quitinosidad, para seguir con la imagen). En sus formas iniciales, esas revoluciones adoptaron formas dinámicas, formas lúdicas, formas en las que el paso adelante, el salto adelante, esa inversión de todos los valores que implica una revolución, se operaba en un campo moviente, fluido y abierto a la imaginación, a la invención y a sus productos connaturales; la poesía, el teatro, el cine y la literatura. Pero con una frecuencia bastante abrumadora, después de esa primera etapa, las revoluciones se institucionalizan, empiezan a llenarse de quintita. Van pasando a la condición de coleópteros. Bueno, yo trato de luchar contra eso, ése es mi compromiso con las revoluciones. Trato de luchar por todos los medios y, sobre todo, con medios lúdicos, contra lo quitinoso”. El libro de Manuel fue una tentativa de desquitinizar esos proemios revolucionarios que vagamente asomaban en Argentina y que no llegaban a cuajar. Ese libro fue escrito cuando los grupos guerrilleros estaban en plena acción. Yo había conocido personalmente a algunos de sus protagonistas aquí en París, y me había quedado aterrado por su sentido dogmático, trágico, de su acción, en donde no había el menor resquicio para que entrara ni siquiera una sonrisa, y mucho menos un rayo de sol. Me di cuenta de que esa gente, con todos sus méritos, con todo su coraje y con toda la razón que tenían de llevar adelante su acción , si llegaban a cumplirla, si llegaban al final, la revolución que de ellos iba a salir no iba a ser mi Revolución. Iba a ser una revolución quitinizada y estratificada desde el comienzo” (Omar Prego y Julio Cortázar. “La fascinación de las palabras”).


¿Podremos alguna vez tener un líder que le aclare a la masa que todas las verdades que sostenga su gobierno lo serán sólo como excusa para llevar adelante un determinado plan, pero que el trasfondo más importante sea el enseñarle al pueblo a dudar? ¿Aceptaría eso la multitud? ¿Cómo enseñar a dudar sin que el que enseña sea divinizado? ¿Se imaginan un pueblo que entienda que todo lo escrito en este texto, como todo, es una gran mentira?

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