Alem, Mitre y la Revolución del 90. El Golpe de los acuerdos

Por Jorge Osvaldo Furman

El siguiente artículo fue revisado y editado por nuestro director, a partir del texto completo del Prólogo al libro de Jorge Osvaldo Furman, Luis Brajterman, Néstor Legnani, Hugo Pomposo y Daniel Osvaldo Rossano. La República Representativa, la Legitimidad y el Sistema Democrático. Biblioteca Política Argentina, Centro Editor de América Latina (CEAL); Buenos Aires, Argentina; 1993.

Los meses comprendidos entre el 1 de septiembre de 1889 – proclamación de la Unión Cívica de la Juventud – y el 7 de agosto de 1890 – reemplazo del Presidente Juárez Celman por el Vicepresidente Carlos Pellegrini –, aproximadamente un año, mostrarían la aparición de un bloque complejo al rojo vivo de hechos, expresión de la vulnerabilidad económica y la precaria articulación política del Régimen.

La superproducción de oro en Sudáfrica era el emergente del desarrollo de una crisis cíclica en la Europa Occidental. Inmediatamente se manifiesta en el centro de la economía mundial, un proceso de inversión, acumulación, reinversión y obtención de altos beneficios; que, al poco tiempo, produjo una burbuja especulativa y sus naturales secuelas de descenso del consumo y quiebra de empresas. Ello iba a traer serias consecuencias para los países de la periferia, entre los cuales se hallaba la Argentina.

Ella ya no es la primitiva y ubérrima pampa pastoril, que exportaba ciertos productos – cueros, lanas, sebo, tasajo -, la modernización ha complicado el circuito de producción y comercialización, haciendo al país cada vez más dependiente de los flujos externos de capitales e inmigración.

La crisis internacional cortará esos vínculos – que se creían eternos –, lo que iba a derivar en un estrangulamiento financiero, un recorte del gasto público – sobre todo en infraestructura – y una creciente emisión monetaria. En octubre de 1889, ante los síntomas de la tormenta que se avecinaba, el Ministro de Hacienda enviaba al Congreso un proyecto de restricción monetaria, explicando que:

“(…) los cientos de miles de inmigrantes, alteran el mercado de consumo antes de producir (…) los ferrocarriles, los puertos, como los de Buenos Aires, La Plata y Rosario, los instrumentos de agricultura, la construcción de obras públicas (…) representan cantidades considerables de capital, inmovilizadas e improductivas por el momento; debiendo añadirse aún la suba artificial de los valores de la propiedad urbana y rural; mientras el juego y el agio distraen estérilmente capitales importantes, la emisión excesiva y frecuente de cédulas hipotecarias, generan juntas, un escenario complejo y difícil para el futuro de la República”.

Con la depreciación del peso, iba a subir el valor del oro, síntoma de la quiebra cercana de las finanzas públicas. Frente a ello, el Presidente no había dejado de cometer errores, obnubilado por su ideología “dogmáticamente liberal”, y una inexplicable torpeza política, en un hombre de la experiencia y los talentos de Juárez. Un aluvión de críticas comenzaron a lloverle desde los más variados sectores, incluyendo dos personalidades supuestamente afines a su Gobierno: Julio Argentino Roca y Carlos Pellegrini.

Sumido el oficialismo en estas dificultades y divisiones, el 13 de abril de 1890, los grupos opositores realizaban un gigantesco acto en el predio del “Frontón Buenos Aires”, en la Capital Federal; oportunidad en la que, luego de los discursos de rigor, daría nacimiento la Unión Cívica, agrupamiento político en el que confluían los autonomistas, con Leandro Alem y Aristóbulo del Valle a la cabeza, enojados por la Federalización del Puerto y la Aduana de Buenos Aires; los católicos, opuestos a las leyes laicas de Registro Civil y Educación Pública, como Pedro Goyena, José Manuel Estrada y Miguel Navarro Viola; y los amigos del General Bartolomé Mitre.

En altisonantes palabras, éste último afirmaba categóricamente:

“Aquí están todos los que no abdican incondicionalmente su conciencia de hombres libres y levantan los principios conservadores que salvan a los pueblos y consolidan a los buenos gobiernos, para asumir decididamente una actitud de protesta y resistencia contra los que abusan del poder y contra la corrupción política que ha falseado las instituciones. La misión encomendada a la nueva generación, es la de normalizar la vida pública, encaminar al país por las vías constitucionales y conciliar con ello la realidad con el derecho, fundando el Gobierno de todos y para todos”.

Por su parte, Leandro Alem, en su calidad de Presidente de la Junta Directiva de la nueva organización, después de recurrir al fuerte tono emocional que le era característico, con su voz tonante y su tono apocalíptico decía:

“Es inútil: no nos salvaremos con proyectos ni con cambios de ministros; y lo expresaré en una frase vulgar. Esto no tiene vueltas. No hay, no puede haber buenas finanzas, donde no hay buena política. Buena política quiere decir, protección a las industrias lícitas, respeto a los derechos, aplicación recta y correcta de las rentas públicas, rechazo de la especulación, para que no ganen los parásitos del poder; buena política, quiere decir, exclusión de los favoritos y de emisiones clandestinas”.


Y terminando su discurso, que orillaba el anuncio de una revolución – un golpe cívico militar – describía los años pasados como:


“una vergüenza, un oprobio, en los que todas nuestras glorias se ven eclipsadas; nuestras nobles tradiciones olvidadas; pero este acto significa un augurio de que vamos a reconquistar nuestras libertades y a ser dignos hijos de quienes fundaron las Provincias Unidas del Río de la Plata”.

Por otro lado, Mitre iba a puntualizar, claramente, los fines y objetivos de la Unión Cívica. Colocando un pie dentro del Régimen y otro en la oposición, apostaba a un cambio inmediato; dirigido por los “notables” e impulsado por la presión popular. O sea, una ruptura violenta de la institucionalización – endeble, es cierto, pero institucionalización al fin – y a la implantación de un gobierno de emergencia, que controlara la sucesión dentro el PAN, en contra del Presidente, pero no del sistema en su conjunto.

El General Mitre tenía elementos con los que motorizar tal política. Su basamento no se agotaba – como algunos autores que nunca le fueron afectos han afirmado – en los comerciantes de la capital. Las clases medias ilustradas nutrían su clientela electoral, junto a capas de aluviones inmigratorios asimilados, sobre todo de origen italiano, gracias al parecido del ex mandatario con el caudillo del Risorgimento Giuseppe Garibaldi, algo que a aquel le alagaba en exceso. Mientras que, en la campaña bonaerense, los medianos y pequeños productores de ganado ovino, y los agricultores, le eran afines. Entre sus socios, encontramos además, a grandes y reconocidos afiliados a la Sociedad Rural Argentina.

Así, el conglomerado que constituye el andamiaje político del mitrismo era algo más que una simple representación del gran comercio de importación pro británico. Era, por el contrario, diverso y complejo; el producto de una trayectoria sinuosa, ambigua, conservadora y moderada; que rechaza el Unicato y la preeminencia de Julio A Roca en el escenario nacional; mientras teme desbordes, tumultos y el retorno a la anarquía anterior a 1880.

Mientras que Leandro Alem era, en medio de esa Argentina aún en gestación, un heredero de las viejas tradiciones caudillistas, asociadas por entonces con la mítica figura de su mentor, Adolfo Alsina. Pero también ideario político y cultural de Domingo Faustino Sarmiento, y la cosmovisión moralista y ortodoxo de las corrientes católicas en las que había sido formado, en un hogar y un ambiente de tradición Rosista.

Su palabra sencilla, directa, llena de luces y de sombras, conmovía a las muchedumbres. En su verbo grandilocuente, la vieja programática “republicana” avanzaba, se nacionalizaba, sembrando las semillas de un cambio en la esfera de la representación. No escatimaba críticas al Régimen, al que aborrece por su desvirtuación sistemática del sufragio y su entrega del patrimonio nacional a la voracidad de los extranjeros.

Alem, en su léxico revolucionario, otorgaba espacio a las apetencias del peón rural, del trabajador de la barraca y del puerto, del carretero y del obrero ferroviario, del inmigrante y del humilde habitante del conventillo, del criollo refugiado en el arrabal y excluido el centro por el auge demográfico. Pero también expresaba el sentir de una parte de la burguesía bonaerense, repentinamente patriótica y siempre localista, ante la invasión de unos advenedizos provincianos, que acompañaban desde el ochenta al Roquismo.

En mayo de 1890, Mitre decidía partir en un viaje a Europa; por lo que, en los papeles, no estaría presente en el país para frenar un hipotético alzamiento de las fuerzas militares, ya trabajadas por sus amigos y colegas del Ejército y la Marina. No se encontraba, sin embargo, sólo en ésta operación clandestina, ya que algunos mandos de renombre – como el General Julio Campos – estaban ya trabajando a favor de un golpe violento contra el Presidente Juárez Celman.

Siguiendo su instinto, y en una maniobra envolvente que hubiese deslumbrado a Maquiavelo, en dos actos, Mitre consuma la operación de cerco sobre Juárez con enorme eficiencia. En la separación del primero, de acuerdo con Roca y con Pellegrini, impulsaba la ruptura del Ejecutivo con los jefes del PAN. Su composición de lugar lo lleva a poner el foco más en las personas que en las instituciones, y a recalcar que el Presidente es el único responsable de la crisis, no así el Régimen. Aprovechando la miopía del primer magistrado, hace que los militares velen armas, bajo la conducción del Ministro de Guerra Nicolás Levalle, un amigo incondicional de Don Julio Argentino.

El segundo, implicaba el desencadenamiento de un “golpe cívico militar” – una Revolución – acaudillada por Alem y sostenida entre bambalinas por él mismo, hecho que lograría el fin esperado – la salida de Juárez – y el compromiso irreversible del tribuno de Balvanera, con sus objetivos de largo plazo. Su viaje al exterior serviría como tapadera de éstas maniobras y, eventualmente, como coartada en el caso de un fracaso ostensible o inocultable.

Los enfrentamientos en las calles de la Capital y el derramamiento de sangre subsiguiente, pusieron al Presidente de la Nación en manos de las Fuerzas Armadas; y éstas – divididas entre roquistas, mitristas y alemnistas – recomendaron su renuncia. Entre el 26 de Julio y el 28, la situación fue decantando, hasta que finalmente fue firmado un alto el fuego. Sólo, entre sorprendido y moralmente afectado, Juárez Celman, tras consultar su situación con Roca y Levalle, capitulaba y enviaba al Congreso una carta con su renuncia indeclinable al cargo.

Finalmente, el 7 de agosto de 1890, el Vicepresidente Pellegrini asumía la Primera Magistratura de la República, en medio de una crisis económica grave y un estado de conmoción muy profundo. Éste escribirá, unos días después, una extensa carta a su amigo Miguel Cané, donde podía leerse lo siguiente:


“La Revolución más grande por sus elementos que jamás se haya organizado, fue materialmente vendida y triunfó moralmente, dando éste resultado: el triunfo de la autoridad y la opinión al mismo tiempo. Y nos deja un gobierno que no es hijo de la fuerza, sino de los acuerdos”.


Una confesión que todo lo decía, sin necesidad de ulteriores aclaraciones.

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