La Minoría Intensa de Odiadores Seriales

Por Silvano Pascuzzo

El gobierno popular se inicia con un conjunto de medidas que podríamos denominar reparadoras. Y es interesante ver cómo los grupos privilegiados y los voceros periodísticos y políticos de esos grupos, reaccionan ante ellas. No es falta de claridad, tampoco la manifestación intempestiva de sus más profundas convicciones, como la miserable expresión de su mala conciencia. Son brutales en su odio a todo lo que parezca “populista”. Razonan como lo hacen los odiadores, con el diafragma contraído, el ceño fruncido y una indecorosa indecencia, revestida de imprecaciones moralistas.


El Presidente está intentando cumplir su promesa, al realizar un gobierno moderado, racional. Alberto no engañó a nadie, pues éstos primeros días se ha comportado de modo auténtico, como es él. Los reproches no caben, pues todos sabemos que es un apasionado del “consensualismo”, como siempre lo han sido todos los exponentes – que fueron muchos – del ala “Liberal” de nuestro Movimiento; se lo nota convencido, activo, claro. Parece saber a dónde quiere ir.


Toma decisiones, se mueve mucho y avanza con soluciones efectivas a los problemas heredados. Eso es bueno; perdón, muy bueno. Ahora bien: ¿Alcanza? La pregunta inquieta y juramos no es de ningún modo, capciosa; sentimos que es necesario formularla, porque el éxito de nuestro proyecto, es un peligroso antecedente, para la coalición derechista que hoy gobierna en la Región, apoyada por la ultraderecha yanqui y los sectores hegemónicos del Capitalismo Financiero Global. Argentina, con su tradicional costumbre de patear el hormiguero cada tres lustros, puede ser la niña mala del barrio, díscola, rebelde. Pero está sola, o casi sola.


Ya ha quedado claro – creemos – que una parte importante del “establishment” - no todo – está en pie de guerra. Junto a los tipos que no tienen nada que perder: políticos gorilas, servicios, periodistas e intelectuales organizados del cipayismo académico. Son – sin dudas – un coro de sibaritas escandalosas y mediocres; pero expresan a una parte importante de la sociedad, que es – en esencia – su espejo, su calco. Esa parte de la población que escucha y mira programas de una inocultable parcialidad maliciosa, y lee las páginas de Clarín y Nación. A ésta altura, dos pasquines miserables.


Poner el acento – una vez más – en la “masa de odiadores” que forman parte de la clientela electoral del Macrismo, no nos parece ni un acto a destiempo, ni una manifestación de temor absurda. Es mucha gente la que está dispuesta a oponer – donde fuera – una feroz resistencia al Proyecto Popular. Esa es la condición – inapelable – de la identidad gorila, desde los tiempos de “Mordisquito”. Ser opositor y ser oficialista, de la única causa que, para éstos energúmenos premiados con su condición de ciudadanos argentinos, vale la pena: el antipopulismo.


Los peronistas – o mejor los populistas – no odiamos. Tenemos una “Identidad Positiva”. Cuando hemos sido violentos – y muchas veces lo fuimos – actuamos bajo la presión exógena de persecuciones despiadadas o gracias a la costumbre endogámica del faccionalismo internista. En el poder, somos – parafraseando a Juan Domingo Perón – “leones herbívoros”. Ellos no. Cuando matan, matan; cuando explotan, explotan. No tienen ni han tenido piedad. Son fundamentalistas del odio. ¿Todos? Sí, todos: los dirigentes y sus bases. Todos.


Las condiciones internas – además de las externas – son complicadas. Este no es el contexto de 2001 y 2002. Hay una construcción conservadora que tiene poder institucional. Maneja jueces, legisladores, gobernadores, intendentes, sindicalistas, curas y pastores evangélicos, policías y servicios de inteligencia – y se ha retirado del Gobierno con un 40 % de los votos. Mucha gente, una minoría intensa, algo que la derecha no había construido a fines de los ‘90, confiada en la capacidad de Menem para cooptar al Movimiento Peronista, como aliado estratégico permanente. El Kirchnerismo cambió reglas de juego y ahora, existe una fuerza gorila de masas, con sufragios y con mucho apoyo externo. No es poco.


Es por eso que tenemos que ser realistas. Gobernar es “organizar” a los propios, para afianzar las conquistas ya conseguidas y avanzar por nuevas aspiraciones, convirtiéndolas en derechos; mirar a la sociedad como escenario estable y tranquilo, es una puerilidad y un error. Se gobierna para todos, pero fundamentalmente para los que han acompañado – con su cuerpo y con su Fe – la idea de un país más justo y solidario. Es absurdo pensar que, con tres medidas simbólicas y discursos concordancistas, la “grieta” va a cerrarse. Está abierta, y más abierta que nunca. Aquí y en todas partes. Entre los pueblos y las élites; entre los excluidos y los privilegiados.


Hay que estar listos entonces para enfrentar una enorme resistencia a la construcción de una Nación soberana y justa. Resistencia exógena y endógena, superestructural y de masas. Hay que poner el Estado al servicio de la organización y la conciencia populares. Se puede decir lo que se quiera, pero algo es claro: el enemigo existe, nos odia y va por todo, una vez más. Nosotros, al

menos, lo tenemos asumido; esperemos que la Conducción también.

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