Yo Soy el Que Soy

Por Elías de la Cera


“Memoria sois, Cordero soberano,

de la salida de otro Egipto fiero,

Pascua divina del linaje humano”.

-Lope de Vega Carpio.


Para que el milagro fuera perfecto, mientras Moisés apacentaba las ovejas de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, irrumpe la presencia del ángel de Jehová como una pincelada de azul en el gris. Sucede que, para esperar milagros, resulta indispensable sentarse en bancos de descreimiento, ya que la ansiedad de prodigios suele debilitar el rigor epistemológico.


El ángel era convidado y un poco imprudente: “Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás tierra santa es”, le decía a un Moisés atónito que miraba la zarza impoluta con inquisitiva curiosidad y al fuego que la cubría con interés ancestral.


Al acercarse, la zarza declara ser el Dios de su padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Probablemente, Moisés sintió terror de ver su fé corroborada (la fé es la sustancia de las cosas que se esperan) y, en sagrado reflejo, se cubrió el rostro por temor de estar ante el rostro de su Dios.


Sin preguntar ni por él, ni por la familia, ni por cómo va Atlanta en la tabla, Dios resuelve ir al grano, directamente al tema que le interesa; la situación de los hijos de Israel en Egipto. Dice haber oído el clamor del pueblo causado por los opresores y conocer las angustias de los hebreos por el brutal despotismo de los egipcios.


El único motivo por el cual Dios ha descendido en forma de zarza que el fuego ilumina y no consume, es la liberación de ese pueblo, condenado a la tiranía del Faraón. Moisés sería el encargado de sacar a los hijos de Israel de Egipto y llevarlos a una tierra ancha y buena, en la que fluye leche y miel; son los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo.


Moisés le pregunta a Dios: “¿Quién soy yo para que vaya ante el Faraón y saque de Egipto a los hijos de Israel?”. Dios le contesta que estará con él y que cuando saque al pueblo de Egipto, podrán servirle ahí mismo, en Horeb, el monte de Dios.



Dice Moisés: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros; si ellos me preguntan ¿Cuál es su nombre? ¿Qué les responderé?”. Y aquí es donde aparece la brillante respuesta que hace a la teología de vuelo gallináceo que se propone este artículo. Quizá Moisés esperaba un nombre, una revelación, una perfecta permutación en la que se fundieran la virtud, la belleza y la verdad. Pero en cambio se topa con una encrucijada metafísica: “Yo soy el que soy (le responde Dios) Así dirás a los hijos de Israel: Yo soy, me ha enviado”.


Esta frase tiene dos explicaciones posibles. Según los teólogos, esa frase quiere decir que (como decía Baruch Spinoza) Dios es lo único que realmente existe. Nosotros, los hombres, no seríamos otra cosa que sueños o atributos de Dios (el único que puede decir: “Soy el que soy”).


Pero puede haber otra explicación, y es la que da el filósofo austríaco Martin Buber, cuando dice que a esa frase corresponde analizarla desde la perspectiva del pensamiento primitivo, conforme al cual, si una persona da su verdadero nombre, se entrega al otro. Entonces, cuando Moisés le pregunta el nombre, Dios, para eludir la contestación dice: “Soy el que soy”.


Pero debo confesar que la frase me gusta menos por su implicación teológica o su devoción religiosa, que por su innegable valor estético. Dios, esa infinita sustancia hecha de infinitos atributos, le ha concedido al hombre la noción del tiempo (duración) y la del espacio (extensión), el resto de los infinitos atributos que conforman el infinito universo le fueron vedados.


¡Raza maldita, destinada a comprender su mala estrella! A pesar del ultraje de los años y de ver como nuestros más profundos sentimientos se disipan en ternuras inútiles, esa imperfecta y misteriosa cosa que somos, nos hace vivir.


© 2020 KOINON

Suscribite gratis y recibí información