Un Homenaje y un Recuerdo a los Caídos el Día que Fusilaron a la Patria

Por Silvano Pascuzzo

Hace unos cuantos años, en una conversación casual con un viejo militante de la Resistencia, perteneciente al Ejército Argentino; salió a relucir el asunto, tan trillado dentro del Peronismo, de la “infiltración izquierdista”; que tantos mitos aparejara y que tantas desgracias trajera, a partir de la década de 1970. Mi amigo – un oficial del entorno del Ministro de Guerra Franklin Lucero – nunca había podido aceptar, y entender, el impacto que, sobre la doctrina y la composición social del Peronismo, habían tenido los años transcurridos entre la caída y el retorno. Seguía anclado en los orígenes, como portador de un “fundamentalismo” irrevocable.

Lo curioso del asunto, fue su interpretación de los sucesos ocurridos el 22 de agosto de 1972, en la Base Aeronaval de Trelew; cuando oficiales de la Marina asesinaron, en un acto criminal, a prisioneros desarmados y rendidos, pocas horas antes. Mi “milico preferido”, que fue casi un segundo abuelo para mí, decía – muy suelto de cuerpo – que ese acto deleznable, no podía ser justificado jamás por un miembro decente de las Fuerzas Armadas; y calificaba a sus víctimas de “patriotas mal encausados”; toda una definición.


Tal la importancia del acontecimiento, en la medida en que motivó – en muchas personas dentro y fuera del país – un sentimiento similar al del oficial en cuestión. Trelew fue un mojón en la Lucha del Pueblo Argentino contra la Dictadura inaugurada en 1966; y el punto más alto del prestigio y del respaldo para las organizaciones guerrilleras. El velatorio en la sede del PJ en Avenida La Plata y la represión de los agentes de la guardia de infantería de la Federal, son recordados aún, como uno de los acontecimientos más emblemáticos de la época.

No pretendemos aquí agotar un tema enormemente complejo y difícil, como es el del análisis de aquellos años decisivos; pero sí podemos afirmar con contundencia – y con mucha convicción – que la derecha gorila, expresada entonces por las cúpulas de las Fuerzas Armadas; inició un camino hacia la brutalidad y la violencia, que explotaría con furia entre 1975 y 1979. Los fusilamientos de la Base Almirante Zar dieron inicio al “genocidio” planificado, contra la parte más activa y dinámica del campo popular: la Juventud.

El General Perón y su delegado en Argentina, el Doctor Héctor J. Cámpora, supieron entender el suceso con hondura y brillantez, apoyando a los familiares y a los compañeros de los caídos, con inocultables gestos de solidaridad. En parte por cálculo, y en parte por convicción. Y el Pueblo – el conjunto de los sectores populares – estuvo entristecido y acongojado, compartiendo y acompañando las decisiones de sus líderes. Por eso, cuando Francisco Paco Urondo dio a conocer, un año más tarde, su entrevista a los sobrevivientes – “La Patria Fusilada” –, una mayoría de personas activas y comprometidas la leyeron embroncadas.

Hubo que esperar más de treinta años para que se hiciera justicia, gracias a la decisión de Néstor Kirchner de poner en marcha una revisión integral del Pasado, y un esfuerzo tendiente a juzgar, en un Tribunal de la Democracia, a los autores penalmente responsables. Hubo sentencia, y hubo condenas. Y se hizo realidad – al fin – la consigna aquella que decía, de modo claro y estentóreo: “La Sangre derramada, no será negociada”. Los muertos pudieron, desde entonces, descansar en paz, porque la sociedad que intentaron cambiar no se había olvidado de ellos. Un punto enormemente importante.

Aquellas caras jóvenes, que podemos ver en filmaciones de los noticieros y en fotos emblemáticas, hoy serían héroes venerados, transitando sus años de senectud o dirigentes de consulta para las altas esferas de la política y la militancia. Pero apenas son – entre miles – ausencias, ausencias tremendamente importantes. Los pibes de hoy, siendo tan distintos a aquellos de los setenta, tienen por éstos últimos una gran reverencia y un sacramental respeto. Creo que intuyen lo modélico y lo pasional de esas figuras heroicas, casi sublimes, que los interpelan desde la lucha y el compromiso por las mismas cosas y las mismas ideas.

Los que vivimos y sufrimos los años aquellos – de mucha y hasta demencial violencia – tenemos que tratar de contarles lo esencial de una experiencia que fue derrotada en los enfrentamientos de su tiempo; pero que está viva – quizás victoriosa – en la actualidad, cada 24 de marzo, en la Plaza de Mayo, repleta de muchachos y chicas, que recogen el guante e intentan – por otros medios y por otros caminos – completar la tarea que aquellos otros dejaron inconclusa. Hay que seguir acompañando esa lucha y ese esfuerzo, porque es necesario, porque es indispensable.

Como militante político, quería, deseaba, hacerle un reconocimiento, humilde pero emocionado, a los “combatientes” asesinados esa madrugada por los esbirros de la Dictadura, por los criminales uniformados de la Marina de Guerra, cuyo bautismo de fuego en el siglo XX, fue un bombardeo de un espacio público y una matanza a escondidas, en un rincón olvidado de la Patria. No se me escapa que una parte de la posibilidad de estar hoy aquí, vivo y anhelante de justicia, se la debo a ellos, a su abnegación y a su sacrificio.

Gloria pues, a los “Héroes de Trelew”, y a los tres compañeros que sobrevivieron esa noche, para morir años después, en manos del Terrorismo de Estado. Fueron, sin dudas, la mejor parte de una Nación que intentó liberarse y reformarse tras décadas de arbitrariedad, injusticia y represión. Había que recordarlos, había que evocarlos, y habrá que tenerlos presentes cada día, para ser mejores, para ser dignos, donde quiera que estén, de su orgullo y reconocimiento.

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