Sudamérica en disputa

Por Lautaro Garcia Lucchesi

Todo comenzó con un levantamiento popular contra el gobierno ecuatoriano de Lenín Moreno y el FMI. Luego, vinieron los levantamientos en Chile contra el gobierno de Sebastián Piñera y contra la continuidad del neoliberalismo en ese país.


A esto le siguió la derrota de Mauricio Macri en las elecciones generales argentinas. Y, por si fuera poco, se le añadió la revocación de la prisión preventiva a Lula da Silva. Parecía que un aire nuevo soplaba en el subcontinente sudamericano. Un aire de libertad.


Pero la esperanza se esfumó rápidamente. El golpe en Bolivia contra Evo Morales del último domingo, sumado a la continuidad de Piñera y de Lenín Moreno en sus cargos, gracias al apoyo de las Fuerzas Armadas, reconfiguraron el escenario regional.


La explicación a esto se encuentra, desde una visión sistémica, en el declinante hegemón norteamericano. Este se encuentra en una disputa por la hegemonía global con el gigante chino, cristalizada en la guerra comercial (la guerra fría del siglo XXI). Mientras el conflicto con la Unión Soviética tuvo su batalla más mediática en la carrera espacial o “guerra de las galaxias”, la disputa actual por el control del sistema internacional se canaliza, principalmente, en la disputa científico- tecnológica.


Durante la fase de dominio norteamericano absoluto de la globalización, numerosas empresas de ese país emigraron parte de su cadena productiva al gigante asiático, buscando reducir los costos laborales y el precio de sus productos; al mismo tiempo, mantenían las etapas productivas de mayor valor agregado, las fases de I+D, en los Estados Unidos.


Sin embargo, el crecimiento económico astronómico del Estado chino, sumada a una virtuosa política de redistribución de recursos hacia la investigación y hacia las universidades, provocaron el surgimiento de una clase profesional formada y capaz de realizar las mismas tareas que los trabajadores norteamericanos a menor salario. El éxodo masivo de todas las fases del proceso productivo a China generaron un aumento del desempleo en EE.UU., y el comienzo de su declive como potencia hegemónica.


Actualmente, con la introducción de la red 5G de Huawei, China parece ponerse a la cabeza de la innovación tecnológica mundial. Pero, como toda potencia en retroceso, EE.UU. no va a caer sin dar pelea. Y, en esa pelea, va a intentar arrastrar consigo a América Latina, su autoproclamado patio trasero desde 1823.


Los acontecimientos de los últimos tiempos en nuestro continente no pueden ser analizados correctamente sin hacer referencia a esta disputa. La decisión de EE.UU. de instalar gobiernos afines es una decisión de carácter estratégico. Cuando un actor se encuentra disputando poder en el escenario global, no puede preocuparse o estar pendiente de los acontecimientos que suceden en su zona de influencia regional. Por eso, Trump opta por instalar gobiernos de derecha en la región, que respondan a sus intereses y cuyo soporte son las Fuerzas Armadas

que, nuevamente, traicionan al pueblo, vendiéndose al mejor postor.


El apoyo de Trump al reciente golpe de Camacho y sus esbirros, y las declaraciones de Luis Almagro, personaje nefasto subordinado a los intereses norteamericanos que, históricamente, ha representado la organización que este olvidable personaje preside, la OEA, se sustentan en esa estrategia. El bloqueo económico a Venezuela y el restablecimiento de la misma medida, que había sido derogada por la administración Obama, contra la isla de Cuba también forma parte de los planes norteamericanos. Los “halcones” no están dispuestas a dejar nada librado al azar, y cualquier intento de despegarse de la doctrina por ellos dictada, será castigada.


Poniéndonos en el lugar del gobierno que asumirá el 10 de diciembre en la Argentina, las posibilidades de desarrollar una política exterior soberana empiezan a verse acotadas. El escenario con el que se va a encontrar Alberto Fernández (si no se modifica bruscamente el escenario en los 23 días que faltan para la asunción) tiene similitudes con el que enfrentó Perón en su tercer gobierno. Para cuando Perón asumió, había gobiernos militares de facto, pro-norteamericanos, en Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Luego, en el ‘75, sería el turno de Perú.


Comprendo que los gobiernos actuales de Brasil, Chile y Paraguay han sido elegidos democráticamente y que el candidato opositor en Uruguay, que se perfila para ganar el ballotage, también lo sería. Sin embargo, sería ingenuo de mi parte pensar que estos movimientos de derecha no estarían dispuestos, frente a la encrucijada, a devenir en autoritarismos apoyados en las Fuerzas Armadas, con el aval de EE.UU.; además, como decía la fórmula jesuita, cuando el gobernante deja de gobernar para los intereses del pueblo, este último puede cometer tiranicidio.


A esto hay que sumarle los condicionantes que tendrá el presidente electo Fernández en materia económica, teniendo que afrontar una renegociación con el FMI que no será para nada fácil. En ella, es probable que este organismo de crédito quiera imponer condiciones muy duras; típicamente, exigen reformas laborales y previsionales y un superávit primario de alrededor del 3,5% , cuando no también algunas privatizaciones. El objetivo será mantener controlado al nuevo gobierno, pues EE.UU. tiene bien claro que, históricamente, nuestro país se ha caracterizado por su rebeldía frente a sus intentos de subyugarnos.


El acercamiento al competidor norteamericano, China, como fuente alternativa de obtención de recursos, parece complicarse en este contexto, pues la correlación de fuerzas no está a nuestro favor. Y no hay margen para maniobras arriesgadas.


Sin embargo, no todo es negativo. Las poblaciones del Altiplano han descendido a las ciudades bolivianas para dar la pelea, exigiendo el regreso de su líder; en Chile, la población sigue movilizada, a pesar de la impune y perversa represión de los carabineros y de la Armada chilena; en Brasil, la salida de Lula ya ha movilizado a una parte del colectivo social, rechazando las políticas de Bolsonaro. Esto significa que las conquistas de los últimos años han calado hondo en los colectivos populares, pues han comprendido que estas conquistas son derechos que deben ser defendidos, e incluso están dispuestos a dejar su vida en pos de esta defensa.


Esto brinda esperanza y, en cierta medida, también reconforta el espíritu. Darse cuenta de que el arduo trabajo de los proyectos populares no ha sido en vano y que las comunidades empiezan a comprender su rol en la política, significa que los pueblos ya no están dispuestos a ser pisoteados por el imperialismo de turno y que están listos para dar la pelea.


Por último, una pequeña referencia hacia futuro. Cuando el Mercosur fue creado, su objetivo original no era algo meramente mercantil, sino que era el instrumento, creado por Argentina y Brasil, para consolidar y garantizar la continuidad de las recientemente recuperadas democracias en esos dos países. Hoy, ese organismo de integración, así como también la actuación individual de los gobiernos de las dos potencias sudamericanas, ha sido indignante. Sólo el Parlasur rechazó el golpe en Bolivia, pero de ninguna manera se ha discutido entre los países miembros aplicar la cláusula democrática al gobierno usurpador boliviano; cuando el país en cuestión era Venezuela, la aplicación de ese instrumento, por parte de los gobiernos de

derecha, fue casi automática. Debemos entonces avanzar en la creación o recuperación de instrumentos regionales -como UNASUR o CELAC- que vengan a cumplir ese papel de garantes de nuestras tan costosas democracias.


Cuando recuperamos nuestras democracias la última vez, la consigna era “Nunca más”. Parece que esta consigna no incluía a las élites latinoamericanas. Habrá que hacérselos comprender.

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