Sarmiento y la Génesis del Partido Republicano

Por Jorge Osvaldo Furman

Primeros Esbozos de una Oposición a la Hegemonía Roquista

El contexto cultural que definieron la formación y consolidación del Unicato, como sistema político; muestra la primacía de una ideología que tenía un nombre y un apellido: el Liberalismo. Ella no era exclusiva de la Argentina, sino que, en nuestra Nación, había penetrado luego de que viviera su momento de Gloria en todo Occidente, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX.


Como resultado de lo antedicho, toda la clase dirigente, oficialista y opositora, basaba sus políticas y sus acciones, en ésta doctrina originaria de Europa; que, por ese tiempo, se internacionaliza y jerarquiza, sin encontrar en el plano intelectual, alternativas serias y posibles.


Pero referirse al Liberalismo, en nuestro caso, nos lleva a aludir a un término tan general y abarcativo, que puede llevar a grandes confusiones. Porque precisamente el Liberalismo se había traducido, en éstas tierras, vía la Generación de 1837, en no más que cuatro postulados a los que todos – sin excepción – dicen rendir pleitesía. Como punto de partida, podrá decirse que los documentos redactados desde la sexta década del XIX hasta el Centenario, reiteran una y otra vez, la contradicción principal que popularizara Domingo Faustino Sarmiento: Civilización o Barbarie.


Serán entonces los padres del Liberalismo los que establecerán el diagnóstico sobre la realidad nacional, que fuera predominante; a pesar de las duras controversias mantenidas entre ellos, sobre algún problema parcial.


Sarmiento, Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre serán, por senderos diferentes – en buena parte, incluso, contrapuestos –, los que, con sus escritos y acciones, iniciarán, entrando en su senectud, la crítica impiadosa del Unicato.


El autor de Facundo, agudizará en su peculiar estilo polémico, las críticas a la política encarnada por Julio Argentino Roca y por su sucesor, Miguel Juárez Celman. Sin reparo alguno, brutalmente, en su genial e inimitable manera, terminará por denunciar hasta el cansancio, lo que considera los errores, desviaciones y traiciones al ideario que sustentara toda su vida. Dice en correspondencia privada a un amigo: “Roca hace y hará todo lo que quiera, para eso tiene una República sin ciudadanos, corrompida en éstos últimos tiempos, por la gran masa de la inmigración, sin otro propósito que buscar dinero por todos los caminos, con preferencia a los peores, en el sentido de la honradez. ¡Qué chasco nos hemos dado con la inmigración extranjera! Estos gringos que hemos hecho venir, son aliados naturales de todos los gobiernos ladrones, por la buena comisión que cobran ayudándoles en empresas rapaces”.


El político sanjuanino ha visto, en el transcurrir del tiempo, el desdibujamiento de un proyecto, que ofrecía un paradigma más rico y complejo que el que ofrecía, por entonces, la realidad. Para Sarmiento, el Orden y el Progreso debían traducirse en una drástica transformación económica y social, como requisito previo al despliegue de la Civilización. Dividir la tierra, educar al ciudadano, construir una sociedad democrática; he allí la trilogía y el punto de arranque para alcanzar la “República Verdadera” enunciada por Alberdi. Don Domingo creía así, continuar y aplicar las enseñanzas de Esteban Echeverría, las conclusiones de Alexis de Tocqueville y sus propias intuiciones juveniles.


Es muy interesante ver cómo, a sus setenta y cinco años, en 1886, le decía Sarmiento a una multitud que había acudido a su casa a saludarlo: “En Caseros terminaron los tiempos heroicos de nuestra Patria. Lo que sigue es nuestra propia Historia, compuesta de muchas esperanzas realizadas, algunas aspiraciones sobrepasadas por el éxito y no pocas decepciones y desencantos; con cientos de millones sobre nuestra conciencia, nuestro honor y nuestras bolsas, con altos salarios pagados para servirnos mal, a guardianes que no guardan, sino que se guardan a ellos mismos. Podréis creerme si os digo, que éste es el peor pedazo de vida que he atravesado en tan largos tiempos y lugares tan varios, más triste con la degeneración de las ideas de Libertad y Patria, en que nos criamos entonces”.


Entronizado en el procerato nacional, convertido en una estatua viviente, pero excluido como la mayoría de los argentinos del quehacer público, Sarmiento va en camino a la muerte, angustiado y dubitativo. Cuando es consultado sobre la versión en inglés de su más famosa obra, pide se prescinda del famoso subtítulo, “Civilización y Barbarie”, “porque no siempre se puede por los hechos, saber dónde está la barbarie”.


Alrededor de su figura, bajo el influjo intelectual y político de su genio, una pléyade generacional de porteños realizaban sus primeras escaramuzas, en la arena política bonaerense. Leandro N Alem y Aristóbulo del Valle serían la vanguardia dirigente que, desde las entrañas del “autonomismo”, describirían en términos partidarios, el imaginario de Sarmiento.


Desde la fundación del “Club Igualdad” – en 1868 – y tiempo después del “Club 25 de Mayo”, Alem y Del Valle, vertebrarán, en 1877, el primer partido programático que registra nuestra crónica histórica: el Partido Republicano. Son los años de la presidencia de Nicolás Avellaneda, en donde el intento de plasmar una gran fuerza de alcance nacional, se vería desnaturalizado, deformado, por el accionar de Roca desde el Ministerio de Guerra, y por la conformación de la Liga de Gobernadores, cuyo principal articulador, era el mandatario cordobés, Del Viso, y su Ministro de Gobierno, Miguel Juárez Celman, cerebro del Partido Autonomista Nacional (PAN).


En la década de 1880, los hijos pródigos del autonomismo se encontraban, sin embargo, aislados, hostilizados, expulsados del marco político; gracias a la acción sistemática de la maquinaria estatal, que iba a culminar en el Unicato. Pero si bien, en la lucha por el Poder, serían derrotados, suministrarían la simiente programática que serviría de inspiración a los “cívicos” de 1890. Programa que, desplegado desde el “Club Igualdad”, se condensaría en la siguiente frase de su proclama fundadora:


“Debemos propender a afianzar la paz, el orden, la tranquilidad de la República, sosteniendo con cultura y dignidad, todo lo que la Constitución Argentina sostiene y proclama. ¿Cuál es el primer y más importante derecho que la misma acuerda al ciudadano? El Derecho Electoral (…), y sólo existirán la Patria y la confianza en la Paz, a cuya sombra progresaremos, cuando los que nos dirijan sean elegidos por el Pueblo y no por los círculos pequeños, que realizan sus ambiciones bastardas, por la intriga y el maquiavelismo”.


Estas ideas, coincidían con antecedentes un poco más lejanos. Por ejemplo, con la campaña periodística lanzada por José Hernández, desde la páginas de la Revista del Río de la Plata, a favor de los derechos sociales de los habitantes de la campaña, y llevada al plano literario en el Martín Fierro. O también, con el Programa del Partido Republicano, dado a conocer en las páginas de El Nacional, en diciembre de 1877.


Como alternativa política, la oposición al Roquismo tenía ya un camino recorrido. En 1872, con motivo de las elecciones legislativas, al proponer una lista que integraban, entre otros: Mariano Acosta, Bernardo de Yrigoyen y Vicente Fidel López; José Manuel Estrada, Pedro Goyena y Aristóbulo Del Valle; un experimento que, aunque derrotado en las urnas, iba a sentar un precedente muy valioso de cara al futuro.


De esta manera, puede afirmarse que la Revolución de 1890 respondería, en lo inmediato, a la crisis económica del Capitalismo Global que, al sufrir serios ajustes en su centro, haría que el Reino Unido descargase su enorme costo sobre la periferia, en la que, naturalmente, se hallaba incluida la Argentina. Pero en lo mediato, cabe hacerse hincapié en los procesos políticos ideológicos de índole local que la acompañaron; como el enfrentamiento de dos cosmovisiones sobre la realidad, igualmente ancladas en el pasado argentino. Una, sostenida por los personeros del Unicato; la otra, por los tribunos de la Constitución y la Ley. Conflicto que estaría en los fundamentos – aún desconocidos – de la Nueva República Representativa, nacida en 1912.

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