Reforma o sometimiento

Por Matías Slodky

El Rodrigazo y la Dictadura La desregulación del sistema financiero en nuestro país es historia de larga data, la cual ha dejado implicancias catastróficas, a causa de continuar y aplicar de forma cíclica dogmas pertenecientes al modelo neoliberal y a los intereses económicos de los grandes grupos económicos y financieros. El primer acercamiento al mencionado paradigma se dio en 1975, durante la gestión de Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn como Ministro y Viceministro de Economía, aplicando un modelo de ajuste y devaluación feroz - el Rodrigazo -, el cual marcó un antes y después en la economía argentina. En un contexto internacional donde el neoliberalismo se impuso como único modelo posible.

Con la llegada del golpe cívico-militar en 1976, la situación económica, social y política argentina entró en declives nunca antes vistos. La combinación del terrorismo de Estado - desaparecidos, torturas y asesinatos -, el sobreendeudamiento insaciable por parte del Estado en moneda “dura”, que sólo ha beneficiado a los grandes sectores económicos, los cuales se han enriquecido sistemáticamente vía el proceso de bicicleta financiera, sumado a la destrucción de la matriz productiva argentina, lo cual se trasladó a niveles exorbitantes de pobreza, desempleo y desigualdad social al final del régimen cívico militar. Ahora sí, el neoliberalismo y la economía ortodoxa, basada en las recomendaciones de la escuela de Chicago, pasaron a controlar la política económica de nuestro país.

El hecho emblemático de lo descrito fue la sanción, en 1977, de dos leyes que cambiaron profundamente el sistema financiero argentino; la primera denominada “descentralización de los depósitos bancarios” y la más importante, de “régimen para las entidades financieras”. La nueva ley se hizo a medida de los intereses de los banqueros y el sector financiero, quitando todos los controles y limitaciones que habían existido hasta entonces. Se desregularon totalmente las tasas de interés; a partir de ese momento, los bancos las podrían fijar a voluntad. También se redujeron al mínimo los requisitos para abrir entidades financieras. Prácticamente sin control, se habilitó a cualquier ente financista local o extranjero a tener su banco y la cantidad de sucursales que quisiera, donde podría realizar sin restricciones cualquier operación “financiera” dentro o fuera del país.


A su vez, se crearon montones de bancos y financieras, muchos de ellos de dudoso origen. En apenas dos años, hubo casi 1.200 sucursales bancarias nuevas. Rápidamente florecieron todo tipo de “bicicletas financieras”. Mientras se hacían fortunas “jugando” con el dólar y tasas de interés astronómicas, los préstamos se tornaron carísimos y prácticamente prohibitivos para el trabajador o el pequeño comerciante, destruyendo de a poco la matriz productiva. La recuperación de la democracia hasta el abismo (83´- 01) Tras la vuelta de la democracia, el gobierno de Raúl Alfonsín evitó tocar el tema sobre el nuevo tipo de sistema financiero que se encarnó en la Argentina. La “tiranía” del mercado fue cada vez más profunda, lo cual se acompañó del reconocimiento en su totalidad de la deuda externa, la cual aumentó exponencialmente en casi siete veces a su valor previo a la dictadura.

La deuda absorbida con una intencionalidad destructiva, sin balances y transacciones serias; aún peor, desconociendo a fin de cuentas donde se evaporó el dinero prestado, condicionaron la macroeconomía y al gobierno de Alfonsín, ya que cada vez existía más presión para abonar los intereses usurarios de la deuda, en una moneda que Argentina no produce, a menos que sea por exportaciones vía ingreso de divisas.

La situación se volvió más hostil, cuando los intereses de grupos financieros como el Citigroup, respaldado por los pedidos de ajuste por parte del FMI, terminaron en un plan de pagos con tasas prohibitivas y el recordado Plan Austral (1985), el cual reconvirtió la moneda argentina, buscando un efecto “shock” para controlar los precios y bajar la inflación a medida que devaluaba el peso, para hacer un traspaso “ordenado” al austral.

Esta medida controló la alta inflación, pero la emisión sin control de la nueva moneda, sumado a los altos intereses de la deuda externa, ocasionaron grandes déficits fiscales que se solucionaron vía la receta ortodoxa tradicional; para 1988, el Ministro de Economía Juan Vital Sourrouille anunció el Plan Primavera, produciendo ajustes fiscales hacia los sectores populares y emisión de títulos/bonos de deuda pública a altas tasas de interés que incentivaron la renta financiera, a medida que destruían el sector productivo. Los pequeños aumentos y quita de paritarias llevaron a grandes movilizaciones y paros generales. Para el año siguiente, el plan ortodoxo desembocó en una hiperinflación nunca antes vista y en una grave crisis de legitimidad hacia el gobierno radical, provocando el adelantamiento de las elecciones y la victoria del peronismo, encabezado por Carlos Menem.

El menemismo utilizó una “nueva” herramienta en el sistema financiero argentino, casi como un experimento de políticas ortodoxas en nuestro país. Luego del plan “BB”, que terminó en una hiperinflación, se implementó el Plan Bonex, proceso que conllevó al canje compulsivo de plazos fijos en australes por bonos de deuda externa, sin garantías reales de preservar los fondos. El objetivo fue absorber parte de la base monetaria y la liquidez, generando una fuerte recesión para contener la inflación aunque, en los hechos, la mayoría de los ahorristas perdieron sus ahorros por la confiscación para comprar “Bonex 89” y la reconversión desfavorable hacia el peso.


Posteriormente, no hay misterio: la convertibilidad, sancionada en marzo de 1991, culminó con la inflación, pasando a ser el santo grial del menemismo y su máquina de popularidad; el nuevo sueño argentino “del consumo neoliberal”. Pero las causas que sostuvieron este plan fueron desastrosas y generaron un corsé a nuestra economía, hasta el momento que voló por los cielos. Las razones principales: amplificó la inestabilidad macroeconómica, los efectos contractivos y la salida de capitales, las cuales acrecentaron el déficit en la balanza de pagos, y la única manera de enfrentarlo era a través de un ajuste feroz ,un endeudamiento explosivo, privatizaciones públicas, o todas las variables juntas, debido a que la convertibilidad mutiló la mano derecha de cualquier país; es decir, la emisión monetaria y la posibilidad de devaluar su moneda según crea correspondiente. Más aún, la convertibilidad servía de justificación a la profundización de las reformas neoliberales, en conjunto con los defensores “intelectuales”, que defendieron con uñas y dientes este modelo.


La victoria de Fernando de la Rúa continúo dicho modelo; por más que se intentara salvarlo, el corsé explotó, la deuda externa se hizo insostenible, los déficits reclamaron más ajustes (vía el FMI) que los sectores populares no pudieron soportar, el default – como sucedió en la región años anteriores - fue inminente, el experimento neoliberal demostró ser un gran fracaso. La salida del Abismo hasta el nuevo experimento neoliberal

La devaluación del peso permitió utilizar nuevos instrumentos en materia financiera, como fueron las Lebacs (Letras del Banco Central) a partir de 2002; en resumen, bonos (títulos de deuda pública) del Banco Central a corto plazo, con una determinada tasa de interés que permitía absorber la liquidez de la base monetaria cuando fuese necesario. El proceso alimentó una bola de nieve, que exigía continuamente más emisión (sin respaldo en moneda dura) para hacer frente a los pagos prohibitivos de intereses que ofrecía, para ofrecer un título atractivo; a su vez, acrecentaba la base monetaria (por la mencionada emisión), lo que llevaba a incrementar las tasas de interés y posteriormente volver a emitir para pagarlas. Esto produjo que el Banco Central ofreciera tasas de hasta el 140% de interés, condicionando posibles corridas cambiarias. Este instrumento salió de circulación finalmente.

Con el nuevo gobierno peronista en 2003, el proceso de reestructuración de deuda volvió a dar que hablar. Luego de cancelar la deuda con el FMI en 2005, el gobierno de Néstor Kirchner logró reestructurar la deuda exigible, que se hallaba en default (unos 88 mil millones de dólares), con aceptación del 76% de los acreedores, con quitas nominales de hasta el 67%, presentado en 3 tipos de bonos; “Par”, “Descuento”, “Cuasi-Par”, en 4 monedas diferentes, con 4 legislaciones distintas, lo que equivalió a un total de 11 nuevos bonos.


El proceso exitoso de deuda se confirmó en 2010, cuando los acreedores que no habían acordado en 2005, se sumaron a la oferta presentada por el gobierno, llegando a una aceptación del 92,5%. Finalmente, la deuda externa se volvió sustentable, llevando la relación deuda/PBI a un 38%, de los cuales aproximadamente el 18% se encontraba en moneda dura. La desidia macrista el nuevo ciclo neoliberal

El primer acto del macrismo en 2015, fue el pago a los fondos buitres, aquellos que representaban el 7,5 % que no habían acordado la reestructuración de la deuda. El gobierno de Macri decidió depositar 9.300 millones de dólares ante las exigencias de los grandes jugadores del sistema financiero global. Sus medidas siguientes condicionaron el sistema financiero local, la economía y los vastos sectores populares.

En su primer año de mandato, el macrismo emitió un bono en moneda extranjera a 100 años, a una tasa prohibitiva del casi 9%, pactando intereses con fechas de pago muy próximas; fue así como la complicidad y la irresponsabilidad de la derecha argentina absorbió más del 60% de la deuda privada internacional en 2016, a través de distintos bonos (siempre en moneda extranjera), conservando siempre el mismo dilema de la Argentina durante los ciclos neoliberales: se endeuda en una moneda que no produce, a menos que sea vía exportación, a tasas de interés sumamente altas, a pesar de ser bonos extremadamente largos. El macrismo promulgó un endeudamiento voraz, que se combinaba con endeudamiento en títulos públicos; la causa principal revivió: volvieron las Lebacs.

Federico Sturzenegger, autor del megacanje en conjunto con su fiel amigo Domingo Cavallo en 2001, promulgó estos títulos por la causa antes descripta, absorber liquidez, pero prometiendo “apagar la maquinita”; una definición que representó un extremo ajuste fiscal ya que, para pagar las tasas diabólicas que ofrecían estos títulos, se debían sacar recursos de otros lados ante la imposibilidad de emitir, ya que, según el dogma neoliberal, la emisión es la causante de la inflación. Los costos del ajuste fueron trasladados a los grandes grupos económicos, que accedieron a estos títulos de deuda e incrementaron el juego financiero (la bicicleta financiera), ya que ingresaban capitales golondrinas dirigidos a la compra de Lebacs y luego compraban nuevamente dólares que fugaban al exterior.

Para 2018, la nueva bola de nieve se hizo monstruosa; la deuda en dólares que se había tomado, se había utilizado para evitar corridas cambiarias, ante la fuga de dólares, proceso que finalmente ocurrió, producto de las fuertes devaluaciones que experimentó nuestra moneda. El crédito externo se acabó, aquí fue donde volvió a ingresar el “nuevo” FMI, el cual, por así decirlo, rescato a la Argentina de un posible default en ese año. El FMI volvió a exigir prebendas y condiciones, que generaron costos sociales muy altos.

Los dólares prestados por el FMI tuvieron el mismo fin, aunque con distinto instrumento; ahora fueron las Leliqs las que entraron en escena. Las llamadas Letras del Tesoro crearon otra bola de nieve, con tasas que llegaron hasta el 86% anual, con vencimientos semanales; fueron la peor bomba de tiempo posible. El gobierno debía garantizar su renovación para hacer posible su funcionamiento, por ende, éstas subían constantemente la tasa ofrecida para ser un instrumento atractivo. Con un nuevo componente: las Leliqs podrían ser sólo adquiridas por bancos y fondos de inversión, tanto en dólares o pesos; en otras palabras, el dinero del FMI tuvo que ser utilizado para pagar los intereses bestiales de estos títulos, lo cual se tradujo en incentivar la fuga de capitales y la especulación financiera. Fue tal la carga de estos títulos que llegó a representar casi 2 billones de pesos, de los cuales el Estado tenía que hacerse cargo.

Finalmente, el último Ministro de Economía del macrismo, decidió “re perfilar” estos pagos, debido a la imposibilidad de hacerle frente. El nuevo ciclo neoliberal había defaulteado su propia deuda, en un transcurso de cuatro años.

¿El fin de los ciclos de sobreendeudamiento? El pasado domingo, el Ministro de Economía, Martín Guzmán, fue entrevistado por Horacio Verbitsky en el sitio “El cohete a la luna”, donde expresó los lineamientos para volver a un camino sustentable de deuda externa. El eje principal fue la reestructuración de la deuda externa contraída por el macrismo, la cual representa más del 90% de nuestro PBI y que, a su vez, se encuentra en su mayoría en moneda extranjera.

La intención del gobierno será prolongar los plazos de vencimiento de la deuda que vencía en los próximos 3 años, disminuyendo en conjunto el 62% de los intereses de la deuda, que han sido lo más dañino de la deuda adquirida por el macrismo, ya que tienen intereses altos con vencimientos próximos. Por lo tanto, se propondrán 10 bonos, cinco en euros y cinco en dólares, con intereses promedio de 2,3% y extensión de plazos hasta el 2047; a su vez, se pedirá una quita del stock total del 5,5%. Una oferta que no es presentada de forma agresiva, a pesar de lo titulado por muchos medios de comunicación, atravesados por intereses particulares a raíz de que ellos mismos han hecho negocios en el endeudamiento. Uno de los bonistas con más concentración de bonos y poder en la negociación es el fondo de inversión estadounidense Blackrock, el cual maneja un poder a nivel internacional abismal; en los últimos días, ha sido designado por el gobierno de Donald Trump, para administrar 750 mil millones de dólares del programa “Care”, con el fin de otorgar liquidez al sistema financiero de EE.UU. que se encuentra con caídas astronómicas debido a la pandemia del COVID-19. Un sistema financiero que volvió a demostrar su fragilidad ante la incertidumbre y su falta de regulación, sólo que, a diferencia de la crisis financiera del 2008, la deuda que ha crecido es corporativa, donde las instituciones no bancarias manejan grandes sumas que ahora están comprometidas. El programa “Care” buscará nuevamente comprar títulos basura, a cambio de inyectar liquidez en el sistema financiero.

En este contexto internacional, se sitúa la oferta argentina. La intención que expreso Guzmán será, de una vez por todas, poner fin a los ciclos de sobreendeudamiento en moneda extranjera. Para eso, las instituciones financieras argentinas deben crear instrumentos que permitan un endeudamiento sano en moneda local pero, a su vez, estos instrumentos deben dirigirse hacia el circuito productivo; no es viable que los bancos sigan usando sus reservas y ahorros para comprar títulos de deuda pública al Banco Central o al Tesoro de la Nación, incentivando la “timba financiera”. Ese dinero debe ser destinado al crecimiento de la actividad productiva nacional, vía préstamos e inversiones. No es casual que los países más comprometidos con sus obligaciones en materia de deuda, sea porque han absorbido la misma en moneda extranjera.

La reforma estructural de nuestro sistema financiero y de los procesos o ciclos de deuda es imperante; quizás es la única forma de mantener un crecimiento sostenido en el tiempo, que haga posible que el sometimiento financiero deje de ser un instrumento de sojuzgamiento de los grandes grupos concentrados hacia los pueblos.

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