Reflejos de Madre Patria

Por Elías de la Cera

Este ejército que ves

vago al yelo y al calor,

la república mejor

y más política es

del mundo, en que nadie espere

que ser preferido pueda

por la nobleza que hereda,

sino por la que adquiere;

porque aquí a la sangre excede

el lugar que uno se hace

y sin mirar como nace

se mira como procede”.

-Pedro Calderón de la Barca.


Sin demorarme en tendenciosas analogías, me limitaré a narrar una historia: La España de la larga aventura que descifró los mares y redujo crueles imperios, proclamaba su Segunda República el 14 de Abril de 1931. Razonablemente enfervorizado, el pueblo español festejaba, en las calles y en las plazas, la primera experiencia democráticamente auténtica.

Gobernado hasta entonces por una monarquía de notables, un clero privilegiado e intolerante, y una clase dominante militar opresora, el pueblo, como en un acto de buena fe, depositó en el auge de la nueva república sus postergados anhelos de modernidad y justicia social. Los jornaleros sin tierra del sur, auguraban una reforma agraria que redistribuiría tierras y mitigaría un poco la miseria. A los trabajadores de la industria y servicios, se les prometía mejoras salariales, derechos sindicales, mayor capacidad de negociación, etcétera.

Otros, creían que la República significaba una gran reforma social y cultural a gran escala, que otorgaría derechos a las minorías, reconocería las demandas de autonomía de las regiones históricas y daría educación y poder a todos los miembros del sabalaje. Los más fanáticos hablaban de un desplazamiento histórico del poder y la riqueza, para hacerlos pasar de una pequeña minoría a una amplia mayoría de la sociedad. Y los sectores radicales de la izquierda, visualizaban en la República el primer estadío de la revolución.

El Jardín del Edén era un bodrio comparado con la Segunda República, y así, el nuevo gobierno cargaba con un inmenso fardo de esperanzas. Pero, ni en la política, ni en el amor, es conveniente darse tanta manija. “Lo que ayer fue esperanza hoy es recuerdo” decía Atahualpa, pero eso es válido solo para la poesía. En la política, diremos que la esperanza que no se plasma en los hechos, se convierte en malestar, en desconcierto, en rencor.

El correr de los años, y las sucesivas frustraciones, obligan a la prudencia, a la cautela y al escepticismo. Hay una ecuación que todo sabio debe respetar: concreción del hecho, anuncio del hecho concretado. Lo que a la inversa sería: Anuncio de un hecho a concretar, hecho que no se concreta por ser boca de trapo.

El Gobierno Provisional de la Segunda República reunió a un amplio consenso de opinión política, que había observado el fin de la monarquía y del Estado de la Restauración. Entre ellos, había desde socialistas hasta republicanos de izquierda, como el intelectual liberal Manuel Azaña, y republicanos conservadores, como el primer Jefe de Gobierno, Niceto Alcalá Zamora. Los objetivos que se impusieron a sí mismos fueron: transformar un sistema político corrupto no representativo en una democracia pluralista, y llevar a cabo, desde arriba (a la manera liberal), un programa de reformas para modernizar la sociedad española.

Los objetivos de la República quedaron explicitados en la Constitución de Diciembre de 1931, cuando Azaña sucedió a Zamora como Presidente del Gobierno. La Constitución abolió el Senado, por considerarlo no representativo, y creó un Parlamento unicameral. Las leyes electorales se reformaron para garantizar el ejercicio de la democracia y se dio a las mujeres voz y voto en el Parlamento. Se promulgaron leyes civiles, la ley de divorcio por ejemplo, y el derecho a la propiedad privada de la tierra se supeditó al bien público.

Introdujeron la separación entre Estado e Iglesia, limitaron la riqueza de esta y le arrebataron su control sobre la educación. La Iglesia había dejado de ser una de las expresiones oficiales de la identidad de España, para convertirse en una mera asociación voluntaria. “España ha dejado de ser católica” decía un imprudente Manuel Azaña. La disolución de los jesuitas también dictada por el gobierno, formó parte de un esfuerzo decidido por hacer que todas las instituciones del país respondan al Estado, garantizando que el gobierno dispusiese de todas las herramientas necesarias para modernizar la sociedad. No cuesta adivinar la antipatía de la jerarquía eclesiástica frente a estas medidas secularizadoras.

Un problema subyacía: el Estado español tenía una escasa penetración en la sociedad. El proceso de modernización de España había sido muy desigual y se concentraba en el noreste, nordeste y el Levante, con el resultado evidente de que, en las zonas más atrasadas, las elites tradicionales seguían ejerciendo su dominio. El nuevo Estado republicano, erraba entre una amplia gama de fuerzas políticas y sociales, ninguna de las cuales dominaba en la Corte la correlación de fuerzas.

La base social de la república se hallaba completamente fragmentada. Las clases medias profesionales eran relativamente pocas y, tanto ellas como los jornaleros sin tierra, los trabajadores industriales, los aparceros rurales y los pequeños propietarios, representaban un abanico de intereses diferentes, a veces contrapuestos.

Si se quería enfrentar a los poderosas élites y efectuar el programa de reformas, era necesario que la República aunara y movilizara todos esos grupos sociales. Pero el gobierno ya tenía fragmentaciones partidarias, y había perdido la iniciativa. Aquí es donde se pone a prueba la teoría de la esperanza política.

Uno de los problemas principales, era de orden público. Las esperanzas suscitadas por la llegada de la República, reflejada en el aumento de las afiliaciones sindicales (cuenta el cronista: de un cuarto de millón a finales de 1930 a más de un millón en un año y medio), provocaron una oleada de huelgas y tomas de tierras (prometí evitar las analogías). Impacientes por el paso de velorio que trae la reforma, y espoleados por las desesperadas condiciones de los trabajadores del campo, los anarquistas promovieron levantamientos malogrados.

Al haber descuidado las reformas de las fuerzas de orden público, la República cargó con la responsabilidad de la represión sangrienta de aquellos levantamientos, por medio de una Guardia Civil entrenada para disparar contra los que protestaban. Un año después, la masacre de veintiún jornaleros y miembros de su familia, provocada por la Guardia Civil en un pueblo cercano a Cádiz, contribuiría a la caída del gobierno de Azaña.

La postergación de las reformas sociales y bloqueo de la legislación por parte de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), dirigido por José María Gil Robles, mediante tácticas de filibusterismo parlamentario, agudizaron las diferencias entre quienes apoyaban la República. También se profundizó la desconfianza hacia la democracia parlamentaria, por parte de la izquierda. Francisco Largo Caballero, Ministro de Trabajo y líder de la Unión Socialista, desengañado por la experiencia de cooperación con los reformistas burgueses, dijo: “Hoy estoy convencido de la imposibilidad de realizar los objetivos socialistas en una democracia burguesa”. Interesado por mantener el apoyo de sus filas, resolvió retirarle su apoyo al gobierno.

La creciente polarización en el país llevó al presidente Alcalá Zamora a retirar su apoyo a la coalición de Azaña entre socialistas y republicanos. Poniendo fin a dos años y medio de intentos reformistas por modernizar España.

El gobierno, que tantas esperanzas había suscitado, que tantas promesas había hecho, por incapacidad, desinterés y negligencia, condujo irresponsablemente a que el pueblo español viviera cuatro fatídicos años de violencia, en tráfico constante con la muerte. Y para que la tragedia sea completa, la respuesta institucional a esa situación de anomia fueron treinta y seis años de dictadura y totalitarismo de forma ininterrumpida.

No voy entorpecer el trabajo con parábolas baratas (gratuitas). Prefiero dejarle este clavel retinto al lector, destino concreto y abstracto de toda literatura.


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