¿Qué está pasando en Medio Oriente?

Por Lautaro Garcia Lucchesi

Mientras Donald Trump celebra, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, los acuerdos de normalización de las relaciones entre Bahrein, Emiratos Árabes Unidos e Israel, el precario equilibrio en Medio Oriente cruje.

Para el presidente norteamericano, “estos acuerdos en su conjunto servirán de cimientos para una paz comprensible en toda la región, algo que nadie creyó posible, ciertamente no en esta era”. Sin embargo, esta paz parece tener una máscara israelí.

Esta parcialidad hacia Israel no es una novedad. Ya el año pasado, Trump había decidido trasladar la embajada norteamericana de Tel-Aviv hacia Jerusalén, reconociéndola como la capital del Estado de Israel. A esto se le suma el apoyo de Trump al plan de anexión de Benjamin Netanyahu de una parte importante del territorio de Cisjordania; plan que fue rechazado por la ONU, la UE, Egipto y Jordania, entre otros. Ambas acciones estaban previstas dentro del “plan de paz” que Trump había presentado a comienzos de este año y que las autoridades palestinas ya habían rechazado. En teoría, según las palabras del propio Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, para que este plan funcionase, tanto Israel como Palestina debían aceptar el plan; pero, en la práctica, las autoridades norteamericanas no mostraron mucho interés por la opinión del pueblo palestino.

Mientras tanto, al interior de la Liga Árabe, las autoridades palestinas decidieron renunciar a presidir el Consejo de dicha organización, como forma de protesta ante el avance de estos dos acuerdos, luego de no haber logrado que los miembros de la Liga promulgaran una condena a los acuerdos en cuestión. La solidaridad entre los países árabes parece estar atravesando un momento complicado. Mientras Palestina y Turquía rechazan una normalización de las relaciones de los países árabes con Israel, surgida de una fuerte presión por parte de los Estados Unidos; otros, como el editor del periódico saudí Al-Jazirah, Khalid bin Hamad Al-Malik, afirman que estos acuerdos son positivos para la región. Según Al-Malik:

A los árabes no les queda otra opción que normalizar sus relaciones y establecer lazos diplomáticos plenos con Israel. Estos intentaron la guerra y fueron derrotados; intentaron ser hostiles hacia Israel y no ganaron nada con ello; trataron de reconciliarse con Israel en sus propios términos y fracasaron”.

Por otra parte, ya ha surgido la primera discusión respecto al acuerdo de normalización entre los EAU e Israel. Mientras los primeros buscan, antes del fin de este año, cerrar con los Estados Unidos un acuerdo para la compra de aviones de combate F-35; el Ministro de Defensa israelí, Benny Gantz, fue recibido por su homónimo norteamericano, quién le prometió que Estados Unidos seguiría apoyando la ventaja militar cualitativa de Israel en la región, ya que es política de los EEUU mantener la seguridad de este país. Se ha dicho que Estados Unidos está estudiando cómo hacer que los F-35 sean más visibles para los sistemas de radares israelíes, pero aún no hay nada confirmado al respecto.

Pero no es este el único conflicto en la región. Por un lado, tenemos el conflicto en el Mediterráneo oriental entre Grecia y Turquía. El conflicto surgió cuando Recep Tayyip Erdogan envió un barco de prospección sísmica, acompañado de barcos de guerra, a aguas ubicadas entre los territorios de Grecia y Chipre, una región con abundantes reservas de gas y petróleo. El objetivo era realizar un peritaje sísmico, una de las operaciones previas a la exploración de hidrocarburos.

Grecia instó al gobierno turco a abandonar inmediatamente esas aguas, movilizó sus fuerzas navales y advirtió que cualquier examen sísmico en la zona implicaba cruzar “una línea roja”. También la UE condenó el accionar turco; de hecho, Emmanuel Macron envió barcos de guerra franceses en apoyo de Atenas, mientras urgía a Turquía a que “se abstenga de cualquier nueva acción unilateral que pueda provocar tensiones y se involucre sin ambigüedad en la construcción de un área de paz y cooperación en el Mediterráneo”.

En medio de la disputa entre ambos países, se encuentran Chipre y Libia. La isla de Chipre se encuentra, desde 1974, dividida en dos, ya que Turquía ocupó el norte de la isla; es sobre el mar del norte de Chipre donde el gobierno turco comenzó con pruebas de perforación. El conflicto por la ocupación del norte de la isla está congelado desde hace años. En el mar sur de la isla, las empresas petroleras europeas se dividen el botín, mientras las autoridades chipriotas, con el apoyo europeo, denuncian la explotación turca en el norte de la isla. En cuanto a Libia, a finales del año pasado, las autoridades del gobierno libio reconocido por las Naciones Unidas firmaron un Memorando de Entendimiento con Turquía. En este memorando, se establece una nueva división de la Zona Económica Exclusiva en el Mediterráneo Oriental, otorgándole al gobierno de Erdogan “derechos sobre los tesoros naturales en el suelo marino desde Creta hasta un territorio marítimo al este de Rodos”. Grecia y Chipre rechazaron el memorando, apoyados por la UE, ya que dos países no pueden firmar un tratado que ponga en desventaja a otros Estados sin un acuerdo internacional.

También en este conflicto aparece Israel. En enero, Grecia, Chipre e Israel firmaron un acuerdo para la construcción de un gasoducto submarino que permitiría transportar gas hacia Europa, sin tener que atravesar el territorio turco. Junto con esto, se conformó el Foro de Gas para el Mediterráneo Oriental, que cuenta con el apoyo de Estados Unidos, y que está conformado por Egipto, Israel, Grecia, Chipre, Italia y Jordania, dejando afuera a Turquía; para este último, el foro compone una organización anti-Ankara.

La tensión en el Mediterráneo Oriental ha descendido en las últimas semanas, ya que se esperaba que el tema fuera tratado en la cumbre europea que debía celebrarse los días 24 y 25 del corriente mes, pero que fue aplazada para inicios del próximo mes.

Por otro lado, tenemos el conflicto con la República Islámica de Irán. Estados Unidos decidió aplicar nuevas sanciones contra Irán por su programa nuclear, que se aplicarán también a cualquiera que viole el embargo. Según Mike Pompeo,

la administración Trump siempre ha entendido que la mayor amenaza para la paz en Medio Oriente es la República Islámica de Irán (...) Los Estados Unidos tomaron esta acción decisiva porque, además de que Irán no cumplió el Plan de Acción Integral Conjunto, el Consejo de Seguridad no extendió el embargo de armamentos sobre Irán”.

Estas sanciones alcanzan a 27 individuos y entidades, incluyendo oficiales del Ministerio de Defensa iraní, científicos nucleares y a la Organización de Energía Atómica de Irán.

El comunicado emitido por la Secretaría de Estado norteamericana es bastante interesante, ya que sostiene que la negativa del Consejo de Seguridad de extender el embargo le hubiera permitido a Irán adquirir cualquier tipo de armamento convencional. Pero “afortunadamente para el mundo, los Estados Unidos llevaron a cabo una acción responsable para evitar que esto ocurriera”.

Sin embargo, este discurso de la administración Trump es falso. En el Consejo de Seguridad, Francia, Alemania, Rusia y Reino Unido rechazaron que los Estados Unidos tuvieran la potestad de extender el embargo, ya que Trump se retiró del Acuerdo Nuclear con Irán, de forma voluntaria, en mayo de 2018. Por eso, las nuevas sanciones carecerían de valor jurídico. Las autoridades norteamericanas argumentaron que siguen siendo parte del acuerdo, aún a pesar de haberse retirado, y por eso se basa en el dispositivo de “snapback”, incluido en el acuerdo, para reimponer las sanciones. Además, las sanciones que introdujo Trump correrían por cuenta de la ONU, aún a pesar de que el organismo multinacional afirmó que la decisión no depende de los Estados Unidos. Una clara decisión unilateral. También busca comprometer a sus aliados europeos a garantizar el cumplimiento de las sanciones.

Para las autoridades de Irán, Trump está buscando subir el perfil de la crisis con su país con motivos electorales, pero hay aspectos que no están claros; por ejemplo, si lo que busca con las medidas es un conflicto directo con el país árabe o qué tan lejos está dispuesto a ir en la confrontación con sus aliados europeos.

Más allá de las características específicas de cada situación, pareciera que Medio Oriente se vuelve a sumir en un escenario de incertidumbre. Todavía no queda claro cómo estos conflictos modificarán el equilibrio de poder en la región. Lo que sí queda claro es que habrá una modificación de las coaliciones, especialmente al interior de la Liga Árabe. Por otro lado, también se sabe que la decisión de Trump de basar toda su política exterior en el principio de coacción, ya que el poder blando norteamericano se ha hecho polvo, podrá traer resultados en el corto y/o mediano plazo, algo que le sirve para sus aspiraciones electorales; pero esto no es sustentable a largo plazo, ya que la constante amenaza hacia sus aliados y/o terceros países, para que éstos se plieguen a sus decisiones, predispone a éstos a buscar alternativas en la construcción de su propia política exterior.

En las acciones que nombramos a lo largo del artículo, esto queda claro. Todo esto no contribuye a restablecer esa imagen de Estados Unidos como el benefactor del mundo, sino todo lo contrario; se parece más a un gigante que ejerce bullying sobre sus aliados. En parte, esto explica el acercamiento de muchos países a China. En el caso de Medio Oriente, que todo su accionar se base en beneficiar a Israel, sólo profundiza el resquemor de muchos de los países árabes hacia el Estado israelí. Por esto, no es de extrañar que muchos de estos países se vuelquen hacia Rusia o China, como forma de poner un freno al avance de Estados Unidos e Israel. Y tenemos en Siria un ejemplo de qué puede pasar cuando varias potencias se encuentran pujando por dominar en la región en cuestión.

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