¿Por qué hemos vuelto a caer en un escenario de crisis de deuda soberana?

Por Lautaro Garcia Lucchesi


En este escenario de crisis sanitaria y económica, múltiples son los interrogantes que se nos presentan. Uno de ellos es la reiterada problemática de la deuda externa. Financial Times tituló esta semana que Argentina se encaminaba a su noveno default, pues los acreedores no aceptarían la oferta realizada por el gobierno argentino. En tiempos donde lo que se necesita es una fuerte inyección de dinero por parte del gobierno, saber que los dólares que se poseen van a poder ser utilizados para paliar esta situación excepcional, y no tener que destinarlos al pago de deuda, puede ser un alivio para el gobierno. La compra de respiradores, de barbijos y de geles sanitizantes, la adquisición de los reactivos necesarios para poder realizar las pruebas de Covid-19; el otorgamiento de créditos a tasas inferiores a la inflación a las Pymes, para evitar que éstas se vean obligadas a despedir, el pago de un Ingreso Familiar de Emergencia y de un bono a jubilados, para que sus beneficiarios puedan llegar a fin de mes, son una mejor utilización del dinero disponible que su dilapidación en el pago de deuda externa.

Pero este dilema que se le presenta hoy la Argentina, no es exclusivo de ella. El diario inglés The Guardian presentó datos de una investigación que revelan que existen al menos 64 países (Angola, Sri Lanka, Ghana, Líbano o Pakistán, por nombrar algunos) que destinan una mayor parte de su presupuesto al pago de deuda que al sistema de salud.

Frente a la pandemia que enfrenta el globo, y al estado de situación que muestra el párrafo anterior, no es de extrañar que el FMI y el Banco Mundial, en una declaración conjunta al G-20, hayan solicitado la suspensión de los pagos de deuda de los países menos desarrollados. El Centro Latinoamericano de Geopolítica, y también el Papa Francisco, fueron un paso más allá, al solicitar la condonación de la deuda externa de los mismo países, para que puedan volcar todo sus recursos a enfrentar los daños económicos y, principalmente, de salubridad que produjo este virus.

Sin embargo, como ya hemos expuesto en otras ediciones de Koinón, el Covid-19 no es, de ninguna manera, el causante de todos los males. Es sólo la gota que rebalsó el vaso. A finales del año pasado, la relación deuda global-PBI alcanzó el récord histórico del 322%, unos U$S 253 billones. La persistencia de tasas de interés bajas en EE.UU. y la UE generaron que, a partir del 2016, los inversionistas desviaran parte de su cartera hacia los países emergentes, que ofrecían perspectivas de mejores rendimientos. Sin embargo, este flujo sólo duró hasta el año 2018, cuando la mayor volatilidad financiera y una menor predisposición, por parte de los inversores, a enfrentar los “riesgos” que suponen los mercados financieros emergentes, provocaron una salida de estos mercados hacia activos en dólares, lo que provocó una devaluación de las monedas de éstos países frente al dólar y un aumento de lo que conocemos como “riesgo país”.

Es decir, los mercados emergentes ya se encaminaban a otra crisis de deuda. Otros, como la Argentina, ya estaban sumidos en ella. Y de aquí surge el propósito de este artículo: ¿Por qué volvemos, otra vez, a caer en un escenario de crisis de deuda en los países emergentes? En este artículo, vamos a intentar abordar una de las causas estructurales de este recurrente problema, la arquitectura del sistema monetario internacional, cuyos problemas ya había advertido John Maynard Keynes en las discusiones previas a la Conferencia de Bretton Woods. Keynes tenía en claro algo fundamental, previo al encuentro con quien sería su par estadounidense en la negociación por el orden monetario internacional de posguerra, Harry "Dexter" White: los desequilibrios en los flujos de comercio internacionales no eran culpa exclusiva del deudor, a quien los partidarios de la ortodoxia económica acusaban y obligaban a ajustar; por el contrario, existía una corresponsabilidad entre deudor y acreedor. Era la persistencia de estos desequilibrios lo que impactaba negativamente a la economía internacional.


Harry White creía que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos enfrentarían tres problemas ineludibles: prevenir la disrupción de los tipos de cambio y el colapso del sistema monetario y de crédito; restaurar el comercio internacional; y proveer al mundo la cantidad de dinero que fuese necesaria para la reconstrucción, el alivio y la recuperación económica. Para enfrentar estos problemas, el funcionario del Tesoro proponía crear dos agencias: un Fondo de Estabilización de las Naciones Unidas y Asociadas y un Banco para la Reconstrucción y el Desarrollo de las Naciones Unidas y Asociadas. Estas instituciones se cristalizarían en la Conferencia de Bretton Woods con los nombres de Fondo Monetario Internacional y Banco de Reconstrucción y Fomento. Entre ambas instituciones, el FMI era la más geopolítica, porque su tarea era hacer efectiva una obsesión que tenía White respecto al mundo de posguerra: transformar al dólar en la única moneda que pudiese ser subrogada por el oro; es decir, que el dólar fuese la única moneda convertible al oro, lo que implicaba transformarla en la moneda de reserva internacional. Esto permitiría que la política monetaria norteamericana no se viese afectada por los cambios en los flujos de entrada y salida de oro.

Keynes también quería un sistema que apoyara el libre comercio y que, a su vez, evitara el surgimiento de desequilibrios de pagos globales o que, si estos surgiesen, pudieran ser solucionados rápidamente y con el menor sufrimiento económico posible. Pero Lord Keynes, a diferencia de White, rechazaba cualquier sistema atado al oro, porque dentro de éste "el proceso de ajuste es obligatorio para el deudor y voluntario para el acreedor, ya que las reservas de un país no pueden caer por debajo de cero, mientras que no existe un techo que determine un límite superior". Este economista inglés insistía en un sistema que otorgara mayor autonomía y discreción a los gobiernos nacionales, para que éstos pudiesen establecer controles más rigurosos sobre las presiones deflacionarias y las salidas de capitales, lo que les permitiría sostener tasas de interés lo suficientemente bajas como para permitir el pleno empleo.

Partiendo de estos principios, Keynes proponía la creación de un Banco Internacional de Compensaciones (BCI), al interior del cual las operaciones se ejecutarían en Bancor, una nueva moneda propuesta por Keynes. El Bancor tendría una paridad fija con el oro y con todas las monedas del mundo, pero no sería convertible al oro. Cada artículo que un país miembro exportara sumaría bancors a su cuenta en el ICB, y cada artículo que un país importara provocaría la operación contraria. Existiría un límite tanto a la cantidad de deuda en bancors que podía poseerse como a la cantidad que podría acumularse, lo cual permitiría evitar que se acumulasen déficits o superávits excesivos.

Sin embargo, Estados Unidos no estuvo dispuesto a dejar pasar la oportunidad que significaba ser el único país desarrollado en pie tras la guerra e imponer al dólar como la única moneda de reserva internacional; y menos en favor de una nueva moneda ficticia que pondría un límite a su capacidad de acumular superávits. El sistema de White terminó por fracasar en los '60 porque ponía a los Estados Unidos en una situación contradictoria: debía imprimir tantos dólares como fueran necesarios para abastecer la demanda del resto de los países del mundo e imprimir tan poco como se pudiese para evitar la salida de grandes cantidades de sus reservas de oro. En el ‘68, para intentar solucionar este problema, se aprobó la creación de los Derechos Especiales de Giro del FMI, volviendo a la idea del Bancor de Keynes. Mas para cuando este sistema entró en vigor, el problema de una potencial falta de liquidez internacional ya había sido resuelto y el problema que surgía era el opuesto: frente a una abundancia de dólares, ¿era creíble mantener un tipo de cambio fijo con respecto al oro?

Llegado 1971, Alemania ya no pudo sostener la presión frente al dólar y decidió reevaluar su moneda. El director del FMI sugirió al Secretario del Tesoro norteamericano que elevara las tasas de interés o devaluara el dólar. La administración Nixon decidió otra cosa: el 15 de agosto de 1971, el dólar dejó de ser convertible al oro. El sistema monetario gestado en la conferencia de Bretton Woods había llegado a su fin.

La eliminación de la convertibilidad del dólar al oro, a su vez, marcó el nacimiento de lo que Yanis Varoufakis denominó como el “Minotauro Global”; Estados Unidos dejó de ser el principal acreedor para pasar a ser el principal país deudor del mundo. Ahora, el mundo es el encargado de financiar sus déficits gemelos (déficit de balanza de pagos y de cuenta corriente). Esto también marcó el cambio del capitalismo industrial al capitalismo financiero. Wall Street se transformó en el encargado de transformar los flujos de capital que recibía del resto del mundo en “inversiones directas, acciones, nuevos instrumentos financieros, viejas y nuevas formas de préstamos y, por último pero no menos importante, en bonos para sí mismos”.

En este rol, Wall Street ha cumplido una tarea fenomenal o desastrosa, dependiendo desde que lugar nos paremos. Si nos paramos desde los Estados- nación, éste fue el causante de las crisis de deuda que se produjeron en los ‘80, en los ‘90, a principios de los 2000 y a partir del 2010. Grandes flujos de capitales golondrina que aprovechan tasas de interés superiores para obtener su tajada y que, cuando las cosas se complican, huyen de vuelta a sus países de origen; mientras tanto, son los Estados los que terminan cayendo en mayor endeudamiento para enfrentar obligaciones de corto plazo, ciclo que se repite hasta que se llega a la insustentabilidad y se cae en default. Además, se presenta un agravante: a medida que esta dinámica se repite en el tiempo, los montos de endeudamiento han sido cada vez mayores. Esta vez, hemos vuelto a romper el récord histórico.

La aparición del Covid-19 fue un evento sorpresivo en este escenario. Frente al clima de inestabilidad financiera, los acreedores no están dispuestos a embarcarse en un proceso de renegociación de las deudas soberanas y muchos países no van a tener otra posibilidad más que declararse en default, en un momento en que necesitan de la mayor cantidad de recursos disponibles para enfrentar al virus. Cuando hablamos del dilema economía o salud, también nos referimos a estas actitudes oportunistas que buscan lucrar aún con la vida humana.


No es casual que el FMI y el Banco Mundial quieran suspender pagos de deuda momentáneamente y patear la renegociación para más adelante; un escenario de defaults generalizados puede ser mucho peor.

Para finalizar, y como forma de bajar este problema macro a la realidad cotidiana, y poder así comprender la situación que atraviesa la Argentina y otros países emergentes, hagamos un pequeño ejercicio de imaginación, con la economía de todos los días. Imaginemos un padre, dueño de una PyMe. La empresa familiar, iniciada por su abuelo y continuada por su padre, hace meses que no arranca.

Apenas sí llega a fin de mes. Por la cuarentena, la PyMe está cerrada. El padre debe elegir entre pagar la tarjeta de crédito o la obra social de sus hijos. Sabe que la obra social es fundamental frente a problema sanitario que enfrentamos. Pero también sabe que, si no paga la tarjeta, su historial crediticio no le va a permitir acceder a un crédito para poner de vuelta en marcha su empresa, una vez que termine la cuarentena. El padre entiende cuál es la urgencia, pero también sabe el costo que esa urgencia le va a implicar a futuro. Esta es la situación que atraviesa la Argentina y muchos países emergentes hoy.


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