¿Por dónde se prende la economía?

Por Daniel Barbagelatta

"Macri apagó la economía", decía el candidato a presidente que finalmente fue electo, mientras completaba con la propuesta de "encenderla". Bien, pero ¿cómo hacerlo?. El objetivo de este texto es indicar que lo que separa a la teoría económica ortodoxa (monetarista, neoliberal, etc.) de la heterodoxa (particularmente el keynesianismo) es precisamente dónde se encuentra el botón".


La respuesta ortodoxa: todo el poder a la oferta

A comienzos del siglo XIX, el economista francés Jean Baptiste Say formulaba el apotegma según el cual "toda oferta crea su propia demanda". Por su carácter sistémico, la retribución de los factores de producción generaría que las mercancías emanadas del proceso productivo fueran demandadas por el mercado. Para "la Ley de Say”, palabra santa del liberalismo económico, la rueda de la economía comienza a girar por el lado de la oferta, por lo que cualquier obstáculo en su camino (es decir, cualquier intervención, costo o regulación que "distorsione" las decisiones económicas de los que la generan, es decir, de los poseedores de los medios de producción) debe ser removido a cualquier costa.


Hacia fines de ese mismo siglo, los economistas marginalistas afinaron el lápiz y centraron aún más el estudio de la oferta, pero desde una escala estrictamente microeconómica. Ya no se trata de una ciencia social que estudia el funcionamiento sistémico de una formación social históricamente dada, sino un análisis contable de hasta qué unidad producir, la determinación del óptimo técnico, punto de maximización de beneficio y un coacheo académico para la toma de decisiones de cualquier buen empresario racional. Es el momento del pasaje de la Economía política a la Economía a secas.


Para los marginalistas, la Demanda es un dato y lo es siempre a nivel microeconómico. Para una determinada demanda, un empresario debe decidir qué magnitud de factores productivos meter en la coctelera del proceso productivo. Las decisiones de producción, aquello que depende del agente económico, se sitúan fronteras adentro de la empresa. A partir de esa visión micro y hasta solipsista, todo lo que, desde fuera, incida en lo de dentro debe ser eliminado: impuestos, regulaciones, negociaciones colectivas, cupos, etc.


Los que deciden sobre la oferta (y por lo tanto los que ponen en marcha la economía generando riqueza y empleo) necesitan seguridad jurídica, "reglas claras" para la inversión y un Estado tan eficiente como inexistente.


Los dos factores constitutivos de todo liberalismo son el concepto negativo de libertad ("libertad de", según Isaiah Berlin) y el Sujeto concebido como individuo. El primer elemento queda claro en el párrafo anterior: nada de obstaculizar el libre movimiento de los agentes económicos, no deben ser constreñidos por instancias exteriores que limiten su poder de acción.


El segundo elemento implica la sustancia subjetiva, los "agentes económicos" son siempre individuos: personas y empresas (y todos igualitos: tienen el mismo poder de mercado, la misma información, no hay grandes y chicos). Un agrupamiento por comunidad de intereses es, por lo tanto, una distorsión que debe evitarse. Las negociaciones entre agentes no deben ser colectivas sino individuales; una firma debe tener por interlocutor a una persona (no un sindicato) que, a veces, es su trabajador y, a veces, es su consumidor.


El Estado mismo sería un mal a evitar si no fuera necesario un mínimo de seguridad para desenvolverse (la justificación hobbesiana para salir del estado de naturaleza). Cómo a pesar de todo suele existir, su intervención en el ciclo económico debe ser tendiente a cero. Si hay políticas públicas referidas a la materia, deben tener por objetivo sencillamente no molestar el funcionamiento libre de los tomadores de decisión de la oferta, proveer reglas claras para ese menester y hace todo lo posible por que la microeconomía sea lo más eficiente y racional posible. ¿Pero quién compra? Bueno, toda oferta crea su propia demanda. El Dios mercado proveerá.


La respuesta heterodoxa: si no hay demanda, todo costo es alto

El Dios mercado tiene una curiosa forma de proveer y no hizo falta esperar a la Teoría General de Keynes para apreciar que la máquina así no se prendía. Las recurrentes crisis de sobreproducción (o subconsumo), las situaciones recesivas en las que sobran tanto factores de producción como mercancías, reaccionaban como el fuego cuando se lo quiere apagar con los baldazos de nafta que representaban políticas que buscaban profundizar la libertad de los

agentes, a través de la retracción de la intervención pública.


Contra el canon de la ortodoxia teórica, y de modo intuitivo, muchos estadistas que debían afrontar las consecuencias sociales y políticas de las depresiones recurrían a un keynesianismo avant la lettre a través de una estimulación activa de la demanda.


Tanto la experiencia histórica como los nuevos desarrollos teóricos evidenciaron cada vez más claramente que el botón de "ON" no estaba del lado de la oferta y mucho menos en una perspectiva microeconómica.


Tanto desde el centro como desde la periferia geográfica de la ortodoxia económica, comenzaron a surgir elaboraciones que entendían de otro modo el funcionamiento de la máquina capitalista. John Maynard Keynes en Inglaterra y el poco recordado Michal Kalecki desde una Polonia sin mucha tradición de pensamiento económico, cada uno desde un marco conceptual y con unas herramientas y lenguajes diferentes, casi al mismo tiempo realizaron el giro copernicano de afirmar que la Demanda no es un dato y que, mucho menos, tiene que interpretarse desde un prisma de agentes económicos individuales de comportamientos racionales, cuestionando los cimientos de todo liberalismo económico.


Entender la máquina como un sistema, algo que había pasado de moda desde los marginalistas y los que obliteraron la dimensión social de la ciencia económica, implicó, en esta renovadora oleada teórica, crear la macroeconomía y las "cuentas nacionales".


La riqueza no se genera a través de decisiones microeconómicas de oferentes que deciden cuánto producir, sino por la interacción de los agregados económicos en su conjunto. Lo que es plenamente racional desde la óptica microeconómica, puede ser (es) virtualmente suicida desde el conjunto.


Para recortar gastos, cada agente deja de demandar y la máquina baja varios cambios. No parecía tan difícil notar que, lo que para A es una reducción de costo, para B es una caída de la demanda. Pero los axiomas del liberalismo lo enturbiaron por mucho tiempo.


Lo que está en cuestión es, precisamente, una de las principios sociales y filosóficos de liberalismo tanto en su vertiente económica como política: que la búsqueda del bien individual (sea felicidad, sea maximización de ganancias) redunda en un aumento del bien colectivo.

La concepción de esta armonía es algo relativamente novedoso en el pensamiento político. Desde el origen de la reflexión sobre la comunidad fue patente que algo era necesario para controlar, regular u orientar las búsquedas individuales para evitar los efectos negativos para el conjunto.


Ese algo, en la esfera de la creación de riqueza y asignación de recursos, es la acción de un agente que, a diferencia de los individuos, tenga y practique una visión sistémica y se proponga el bien del conjunto, aún cuando ello implique "obstáculos" y cercenamientos a la infinita libertad del individuo.


Los economistas heterodoxos, al postular que el "ON" de la economía está en en el tablero de la Demanda Agregada y que para estimularla es necesaria la intervención de un agente que represente al conjunto, proponiéndoselo o no, atacaron el cimiento antropológico que sustenta el edificio del liberalismo.

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