Populismo, ¿amigo o enemigo de la Democracia?

Por Daniel Barbagelatta

El discurso público rebosa de un uso tan aberrante como peyorativo del término populismo. Sinónimo de demagogia, sería, para muchos comunicadores sociales y buena parte del arco político, una estrategia de los oportunistas para congraciarse con las masas haciéndole inmerecidas concesiones.


Pero resulta que, el concepto en cuestión, viene siendo elaborado teóricamente desde hace bastante más de medio siglo, y esa prosapia no solo le otorga una profundidad que escapa al uso vulgar, sino que lo transforman en una verdadera categoría del pensamiento político.


El objetivo de este texto no es hacer un recorrido de esas elaboraciones, sino más bien resumirlas a través de su relación con otro de los términos gastados como una moneda, de cuya acuñación solo quedan leves vestigios: el de Democracia.


¿Hablamos de lo mismo cuando debatimos sobre el carácter democrático o antidemocrático de un determinado acontecimiento? ¿Partimos del mismo concepto de Democracia? Evidentemente no.


De un modo esquemático, se puede afirmar que hay dos grandes formas de entender el concepto: una procedimental y otra sustantiva.


Para la primera, Democracia sería el conjunto de reglas por las cuales una determinada población elige sus representantes, los individuos que ocuparán la grilla institucional. Esta aproximación no se pregunta por el origen o la historia de esas reglas ni de esas instituciones, sino que simplemente organiza la competencia por los cargos públicos.


El fundamento antropológico de esta visión es sin duda el del individualismo que subyace a toda teoría liberal. La segunda forma de entenderla, consiste en hacer hincapié en su sustrato subjetivo, y no en su forma. Se trataría de un régimen concebido desde y para un Sujeto llamado Pueblo.


Sujeto e Identidad son dos categorías problemáticas desde inicios del siglo XX, pero aún así se puede pensar en un Sujeto-Pueblo no esencialista, un ensamble contingente a partir de un exterior constitutivo organizado en torno a un grupo coherente de demandas.


En cualquier caso, la Democracia sería la Voluntad de ese Sujeto-Pueblo, más allá de las reglas y las instituciones, sin las limitaciones “republicanas” que estarían por encima suyo.


Algo más que un insulto

A diferencia de ese concepto, del que sus dos vertientes visten similares ropas valorativas, el de Populismo tiene una serie de matices en la que el gradiente principal es cuánto se quiera insultar al sujeto del que se predica.


Para el discurso público, pero no solo para comunicadores pretendidamente ignorantes, sino también para actores políticos a los que eriza la piel cualquier atisbo de aluvión zoológico, el término es llanamente sinónimo de demagogia; un sistema que para congraciarse con la plebe le concede sin números privilegios como, principalmente, el de obtener bienes y servicios

sin trabajar.


No deja de ser chocante que incluso los “intelectuales” liberales hagan uso de esta acepción. En cualquier caso, y desde mucho antes de esta banalización, el concepto ha sido largamente trabajado por cientistas sociales de diferentes vertientes.


El punto en común de ese uso riguroso es el de una constelación social desigual, en que una fuerza política asume la representación de los desfavorecidos, “los de abajo”.


Para una ciencia política clásica, descendiente quizá de cierto liberalismo bienintencionado y que, por lo tanto, piensa la Democracia en un sentido formal, la irrupción de semejantes fuerzas no puede menos que significar para ella un peligro y hasta la negación.


En efecto, la subordinación de las reglas por las cuales una población elige sus representantes y ordena sus funciones a la voluntad de la masa de “los de abajo” se da de bruces con la idea procedimentalista.


Más aún, cuando esa voluntad está encarnada de un modo cualitativo (no necesariamente por lo cuantitativo de la aritmética de los votos) por un liderazgo carismático fundado en la empatía.


El fundamento antropológico, una vez más, de esa idea (como de toda la que abreva en una ontología liberal) es la de una yuxtaposición de individuos aislados, simétricos, sin mundo y sin vínculo entre ellos.


Lo que una vertiente sustantiva de la Democracia comparte precisamente con el populismo (en sentido estricto) es el Sujeto Pueblo como Todo comunitario que precede, desde una lógica política (no biológica), a todo individuo.


Si Democracia es, por lo tanto, el ordenamiento político a partir de la voluntad del sujeto Pueblo, el populismo no podrá ser jamás un obstáculo, sino más bien un coadyuvante y hasta un sinónimo.


Incluso en el nivel banal del término, se aprecia este parentesco: hasta entrado el siglo XIX, Democracia era – para el discurso público del momento – sinónimo de anarquía, caos vengativo de la turbamulta viciosa que nada respeta.


Que ese sujeto se identifique con “los de abajo” o deba considerarse el conjunto de una comunidad, por ejemplo, nacional, lleva a la discusión sobre cuál es efectivamente el coaligante de una comunidad, si se puede hablar de “la sociedad” y, en definitiva, cuál es el modo de constitución de esa identidad subjetiva y si solo se la puede entender de un modo sustancialista.

Sin entrar de lleno en el tema, la respuesta es claramente no. El Sujeto puede tener su identidad en un antagonismo (y por lo tanto un Otro) constitutivo, desde el componente común que, una serie de eslabones, tengan precisamente a partir de ese conflicto, que les haga poner en segundo plano sus particularidades.


Ese Sujeto “estructural”, no sustancialista, puede ser el epicentro de una concepción de Democracia que, más allá de procedimientos y atomismos, sea el régimen ordenado a partir de su Voluntad. De ese régimen no habrá mejor amigo que el Populismo.

© 2020 KOINON

Suscribite gratis y recibí información