El Pan y la Política

Por Daniel Barbagelatta


Componentes estructurales e ideológicos del precio de la comida


Desequilibrada, desbalanceada como la proporción entre la ciclópea cabeza de Goliat y el enjuto cuerpito de David, la estructura económica argentina padece rasgos que acentúan las consecuencias de una inserción dependiente en "el mundo".


Al papel de florero de baile que comparte con sus hermanos latinoamericanos, y que mucho tiene que ver con la hipertrofia del sector vinculado a la económica mundial en detrimento del resto del aparato productivo, nuestro país sufre de un serio agravante: nos comemos lo que exportamos (o exportamos lo que comemos).


En lenguaje técnico: del universo de los bienes transables, los que tienen un amplio diferencial de competitividad son aquellos que cualquier ser humano debe asimilar a su cuerpo para reproducir su existencia biológica, rasgo que le hace tener una incidencia fundamental no solo en el equilibrio macroeconómico sino en el nivel de bienestar colectivo y de conflictividad social.

La desgracia cósmica de la tierra fértil pone a nuestro trigo y nuestra carne en las mesas del mundo. Y el mundo paga en dólares. Pero el churrasco los nativos lo compran en pesos. Por lo que si no se inventa algo en el medio, vamos a poder sentirnos en París al momento de comer un bife.


No es diferente de lo que estructuralmente ocurre, por ejemplo, con el azúcar en Brasil. Con la sutil diferencia de que nuestros hermanos brasileños pueden tranquilamente tolerar una alteración de precios que les quite de la segunda cucharadita en el pocillo, mientras que privar a millones de argentinos de pan, leche y carne es un poco más problemático.


Quien los produce sin duda será más fuertemente seducido por la idea de vender al exterior si por cada dólar que recibe como contraprestación puede comprar más pesos. Si el chino le compra a 10 dólares y por cada dólar le dan 60 pesos, ninguna lógica capitalista le hará vender a un compatriota por menos de 600 pesos. Bienvenidos al mundo.


No es, sin embargo, el Destino; es la Política. No hay fatalidad ni tragedia ática que nos obligue a pagar precios internacionales por la comida que se genera en nuestro humus. Es tan solo un dispositivo ideológico que, como triunfante, se ha inyectado bajo la piel de muchas subjetividades bajo la forma de sentido común y que pone del lado del Mal los instrumentos, nada novedosos por cierto, que existen para que lo naturalizado sea puesto donde corresponde: en el lugar de la contingencia.


Los mecanismos para desacoplar el precio del cuadril en la carnicería de Villa Pueyrredón y del de la boucherie del Quartier Latin existen, no son complejos, pero han caído en el catálogo de sacrilegios del bienpensante liberal que de núcleo ideológico del bloque de poder ha hecho metástasis en los estratos medios y populares a través de la magnificación de células cancerígenas de la construcción intencionada de sentido.


No es seductor para el gran productor agropecuario ser obligado a vender en la Patria por menos de lo que se vende al Mundo. Esas políticas económicas desacoplantes, por tanto y de acuerdo a la cantinela liberal, sólo serán adoptadas por gobiernos invasivos de la propiedad privada, que frenan el natural desarrollo de las fuerzas productivas e impiden la natural inserción de nuestro país en el concierto de los países pujantes.


Ahora ya no es estructura, es política. Y si es política es batalla por lo simbólico. Que los argentinos coman o no depende de quién y con qué fuerza logre imponer su interpretación de lo real.


Como en toda pugna, hay vectores enfurruñados, cada uno de ellos con una determinada magnitud. Y su proporción es el Gramsci de la correlación de fuerzas. Sobre el suelo y las condiciones de posibilidad de una estructura económica de competitividad desequilibrada, la lid entre los actores sociales por la repartija de la riqueza, incluso de ese pedacito que se necesita para comprar el pan.


Pero tan asimétrica como la cabeza de Goliat sobre el cuerpito de David es la proporción entre el arsenal de las partes en pugna por la torta, parte del cual será empleado para disfrazarla de una lucha entre el Bien y el Mal.


Sí, el más potente de esos actores apuesta siempre por la despolitización: intentar aprehender (e imponer esa lectura) el fenómeno político, el antagonismo, desde esferas ajenas a lo político: desde la Moral y desde el economicismo.


No, no hay buenos y malos; habemos ellos y nosotros. En el medio, la Diferencia, el hiato que preexiste a los polos que se diferencian y que forma la grilla de inteligibilidad del conflicto. Precisamente la falla que "ellos" quieren suturar imaginariamente con construcciones fantasmáticas (ideológicas en el más profundo de los sentidos - eso que no sabemos que sabemos); el velo del "tiremos para el mismo lado" que se posa, con un nivel de éxito proporcional al de, precisamente, la correlación de fuerzas, sobre el fenómeno político.


No hay Todos; están los que quieren vender harina a precio dólar (y dólar bien caro) y quienes pretenden garantizar el pan en la mesa de los argentinos. Que no sean los primeros los que, gracias a una fuerza de imposición de sentido, fuerza política si las hay, establezcan el paradigma de lo que debe ser para "todos", depende de la politización de las mayorías que subvierta la madriguera del liberalismo, el sentido común.


Notas:

1Las actas de la Sociedad Rural denuncian por “comunista” la medida del gobierno de Onganía (¡Onganía!) que, luego de devaluar la moneda, imponía derechos de exportación a los granos.


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