Perspectivas a futuro desde las elecciones de Estados Unidos

Por Matías Slodky

Durante las últimas semanas, los medios de comunicación rebalsaron de información y discusiones acerca de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, en parte, tal vez, por la incidencia del resultado electoral en la tensión globalización-desglobalización, en un contexto de crisis neoliberal.

No obstante, es de vital importancia remarcar la situación, tanto histórica como internacional, que emplean de contexto, para entender el trasfondo de la coyuntura del sistema internacional y la propia situación política en Estados Unidos, proceso que se encuentra de lleno en una gran crisis política, de la cual Trump es una expresión absoluta, siendo un outsider del sistema partidario estadounidense.

En este sentido, siguiendo el escenario global, podemos auspiciar nuevos rumbos y tendencias que corresponden a un proceso que lleva años desarrollándose, como lo es la gestación y crisis del orden del modelo neoliberal, del cual podemos identificar su consolidación y hegemonía, a nivel internacional, durante el consenso de Washington, en 1992; mas no así el surgimiento en el ámbito económico y su proceso de acumulación de capital, originado a inicios de la década del ‘70, con la caída del acuerdo de posguerra - Bretton Woods -, donde uno de los instrumentos para la transición de un modelo de acumulación al nuevo modelo neoliberal fue, precisamente, el reciclaje de los petrodólares - recordando la crisis del petróleo para esos años - depositados en los grandes bancos globales, para utilizarlos vía préstamos a los países del tercer mundo, con el consiguiente incremento de la tasa de ganancia, al mismo tiempo que se produce un cambio de paradigma tecnológico.

Este proceso no solo consolidó un plan o recomendación económica como al principio se estimaba, sino que representó y encarnó una estructura u orden internacional, sustentado y validado por el tipo de Estado Neoliberal, dentro del marco de las democracias liberales de baja intensidad. A su vez, reforzó un orden financiero, a través de la globalización, que permitió generar un modelo de acumulación matriculado en las finanzas y la deslocalización productiva, fiel a una minoría global, prodigando a su paso un gran daño en los distintos sectores de la sociedad y en las identidades colectivas, generando respuestas de diversa índole, que permiten diagramar un periodo de desglobalización, en conjunto con un cuestionamiento de este modelo.

Ahora bien, la hegemonía de Estados Unidos, mandamás del orden neoliberal, ha entrado en una inexorable erosión. En este contexto, paradójicamente, las ganancias obtenidas por el establishment financiero norteamericano han tenido una llamativa contracara: el ascenso de China, el país más beneficiado por la globalización. China ha utilizado su mano de obra barata, a comparación de Occidente, para convertirse rápidamente en la fábrica del mundo, impulsando cada vez más sectores estratégicos, como la industria pesada, la tecnología y la ciencia; elementos que Occidente y, en particular, Estados Unidos ha perdido de forma acelerada en los últimos años.

China se ha convertido en baluarte del desarrollo económico y tecnológico - desplazando a EEUU con 58.990 pedidos de patentes, según datos del 2019 - y en la exportación de industria compleja - en los últimos dos años-; solo teniendo en cuenta su participación en el PBI global, este pasó del 2% durante la década del ‘90, a casi un 20% al día de la fecha, con crecimiento a tasas sorprendentes, mientras que Estados Unidos se ha mantenido estancado, incluso teniendo que enfrentar crisis sistémicas por la aplicación de su propio modelo, como la del 2000, y la más profunda - quitando la actual por el Covid-19 -, la crisis financiera del 2008.

Sin dudas, la conducción estatal centralizada por parte de China le ha otorgado una gran ventaja frente a la inestabilidad de las democracias liberales; dicha ventaja es la capacidad de planificar a largo plazo. Ejemplos de ello han sido la innovación, el desarrollo y la consolidación de alianzas estratégicas, que le han permitido el avance material y el salto competitivo recién narrado. Por si fuera poco, China ha desplazado a la hegemonía norteamericana en Asia, a través del programa, lanzado en 2013, de la Ruta de la seda, aplicando también un gran desarrollo militar que no para de crecer - multiplicando su presupuesto militar por 10 en la última década -; en pocas palabras, ha desplazado a los Estados Unidos en dos de los ejes que constituían los fundamentos del poderío norteamericano.

Aún queda el tercero, que es la hegemonía del dólar, proceso que China está dispuesto a disputar con el lanzamiento del Petroyuan, su propia moneda virtual, buscando hacer del Yuan una moneda de reserva de valor a nivel global, donde ya juega su rol de gran acreedor mundial, combinado con sus trillonarias reservas, de las cuales más de un billón son en bonos del Tesoro americano; finalmente, también ha promocionado jugosos swaps con países en vías de desarrollo.

En el caso particular de Estados Unidos, fiel representación del mundo occidental en general, la globalización ha disipado una pérdida de poder que han sufrido los trabajadores frente al mundo financiero, tanto en materia de derechos laborales - como sus representaciones sindicales -, salarios y estabilidad laboral, como en la implementación tecnológica, reemplazando la mano de obra por la robotización del proceso productivo, lo que explica que sean el sector que más ha sufrido la globalización dentro de los Estados Unidos - mientras una minoría global se beneficiaba -, verificable en enorme cantidad de industrias que han cerrado sus puertas en el famoso Cinturón del “Óxido” estadounidense y en el retroceso de la famosa clase media norteamericana en las últimas décadas.

Estos acontecimientos, producto del orden neoliberal, han desatado una crisis en la democracia liberal dentro de Estados Unidos; una crisis de legitimidad y representación, producto de la destrucción y debilitamiento del Estado a lo largo de las distintas administraciones que han impulsado este orden global.

Sin ánimos de divagar más, este ha sido la principal variable de la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2016, representando, en su electorado, a los sectores medios y trabajadores americanos, principalmente del interior del país, los cuales personifican los grandes perdedores del modelo neoliberal ya descrito. Por lo tanto, no es casual su llegada al poder, su discursiva a la hora de hacer política, ni sus decisiones en el ámbito político y económico.

Trump ha incursionado de forma notoria en la vida política estadounidense, siendo un fiel arquetipo del americano individualista, nacionalista y excluyente. Por esto, su discurso ha incluido lemas como “América First” o “Make America Great Again”, y ha culpado a la globalización de los problemas de Estados Unidos y del ascenso de China, así como también ha atacado el multilateralismo, sustentado en el libre comercio; en esta lógica, sus primeras decisiones han sido sacar a Estados Unidos de los acuerdos de libre comercio, como el Transatlántico, el Transpacífico y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Por otra parte, Trump ha cuestionado los tratados militares y energéticos firmados hasta la fecha, como también a las organizaciones defensoras de la globalización, como el Tratado de París, la OMC, o incluso la OMS. Esto deja traslucir, de forma clara, la disputa brindada por Trump, recetando una política sumamente aislacionista, que cumpla la función de rechazar tanto a la globalización como a sus beneficiarios, optando por un modelo industrial y excluyente hacia todo aquel que no sea americano, en contra del modelo financiero de Wall Street.

A este plano ha llevado la confrontación entre su país y China, en todos los terrenos y niveles - el comercial, el tecnológico, el diplomático -; es decir, en la justificación del orden hasta la fecha, con el fin de subsanar los perjuicios generados en las últimas décadas a EEUU. Este proceso ostentó signos de recuperación económica para el país, empujando a China a maniobras de defensa y de ralentización de su crecimiento. Sin embargo, la crisis del COVID muestra un cambio de rumbo en el intento norteamericano, ya que China promete seguir creciendo económicamente, mientras EEUU ha entrado en una crisis muy profunda. Esto saca a relucir la capacidad estratégica a largo plazo de China para aguardar y adaptarse a la realidad.

Pese a esto, las elecciones de Estados Unidos han puesto en el centro de la escena el escenario internacional, ya que la posible derrota de Trump ha arrojado algunas certezas muy notorias, como ha sido el desentendimiento del establishment norteamericano en su conjunto (financiero y productivo) hacia su figura,así como también los medios de comunicación en su conjunto, censurando su discurso y dando como ganador al candidato demócrata Joseph Biden.

Biden es el claro ejemplo de los ganadores del sistema de la globalización neoliberal, habiéndose enriquecido, tanto él como su familia, con los negocios financieros y empresariales con el gigante asiático, siendo uno de los artífices de la continuidad en el tiempo de este orden, cuando ocupó el rol de vicepresidente de la administración Obama. No es casual su postura absolutamente contraria a la política tomada por Trump, como también el modelo de hombre estadounidense que lo ha votado, habitante de las costas americanas con una perspectiva liberal progresista, permeable a la globalización.

Lo cierto es que la crisis política actual ha arrojado una clara división dentro del sistema político americano, enhebrada, entre otras cosas, por el discurso trumpista, que profundiza las identidades y clivajes dentro de la sociedad americana, fiel a la discursiva de un nacionalismo o populismo, que enaltece la polarización y la identificación de un enemigo para posicionarse. A su vez, los dos modelos de país en pugna prometen entorpecer el camino de un gobierno de “unidad” propuesto por Biden.

Finalmente, con relación a nuestra región, el escenario internacional aislacionista de Trump promete una continuidad en el tiempo, dando la posibilidad de una regionalización de Estados Unidos para resguardar su influencia en la zona latinoamericana, evitando así la disputa del escenario internacional; recordando que, desde 1823, EEUU, a través de la doctrina Monroe, ha considerado a nuestra región como su área natural de influencia, proceso que ha descuidado a la hora de disputar el escenario internacional en la anterior década. En otras palabras, ante la pérdida de espacios a nivel global, Estados Unidos ejerció una presión e intervención más fuerte en nuestra región, como se ha visto desde la crisis del 2008 hacia la fecha, proceso que seguirá teniendo continuidad.

Las cartas aún no están echadas definitivamente. Se intuye una vuelta al orden globalizador impulsado por el gobierno demócrata, pero en un contexto de enorme ebullición del sistema político norteamericano. Finalmente, es de vital importancia entender que Trump no es un extraterrestre del Área 51 ajeno a la sociedad americana. Por lo que seguirán apareciendo otros “Trumps”, como reacción a las distintas identidades que la globalización neoliberal daña.

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