Pablo del Cerro

Por Paris Goyeneche

Pablo del Cerro es el seudónimo de Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick, compositora, pianista y letrista francesa.


Nació en la isla de San Pedro y Miquelón, territorio francés de ultramar ubicado en la costa atlántica de Canadá. Su padre, Emmanuel Pepín, era francés, y su madre, Henriette Fitzpatrick, era canadiense de origen irlandés. Desde pequeña, su familia la llamó cariñosamente Nenette (diminutivo de Antonietta).


En su infancia, y durante la Primera Guerra Mundial, se mudó a Francia con sus padres y su hermana mayor, Jeanne Henriette. En 1926, Jeanne terminó sus estudios secundarios, y se embarcó junto a una compañía de danza rumbo a Buenos Aires, y se quedó a vivir en Argentina. Dos años después, Antonietta terminó la escuela secundaria, y Jeanne la invitó a ella y a su padre a instalarse también en Argentina. ​Viajaron en 1928 y se instalaron en el barrio de Villa Ballester. Prosiguió sus estudios de piano, ya avanzados, en el Conservatorio Nacional de Música, siendo sus profesores en composición y armonía Juan José Castro y Pascual de Rogatis. Estudió también con la investigadora folclórica Isabel Aretz. Antonieta viajaba frecuentemente a ciudades importantes del interior del país para presentarse como concertista de piano de música clásica. En 1942, llegó a Tucumán, donde después de un concierto fue llevada por los organizadores a escuchar música folklórica del norte argentino.


Así conoció a Atahualpa Yupanqui, con quien mantuvo un vínculo amistoso por correspondencia, y cuatro años después empezaron a vivir juntos. ​Ese mismo año tuvieron su primer y único hijo, Roberto Koya Chavero. ​Nenette abandonó su carrera de pianista y se puso al servicio de la obra de su marido. En tiempo de las persecuciones a las que fue sometido Yupanqui, Nenette se dedicó a su hijo Roberto, y sobre todo a componer canciones junto a Yupanqui, siendo autora de gran parte del cancionero de Yupanqui, que dada la tradición machista de la época, debieron ser publicados bajo el seudónimo de Pablo del Cerro. Lo eligió en función de su segundo nombre (Paule) y por su lugar amado, Cerro Colorado (en la provincia de Córdoba).


De su mano ​nacieron las canciones “Luna tucumana”, “El arriero”, “El alazán”, “Indiecito dormido”, “Chacarera de las piedras”, “Vidalita tucumana”, “Zamba del otoño” y tantas otras que hoy son famosas en el mundo. ​


En 1961 regresó a Francia con su hijo Roberto. Luego, cuando Yupanqui empezó a viajar con frecuencia al exterior, lo acompañaba hasta París y allí lo aguardaba en un departamento pequeño que habían alquilado.


​Falleció en Buenos Aires, el 14 de noviembre de 1990. Pidió que sus cenizas fueran echadas al mar, en las costas de su tierra natal, San Pedro y Miquelón, en el Atlántico norte.


Hay que valorar el amor que mucha gente extranjera ha profesado por nuestra querida Argentina, y que hayan contribuido a embellecer el paisaje con su talento. Sumado al hecho de que, por su género, ha tenido que firmar con el nombre de otro. Sin embargo, y a diferencia de Don Atahualpa, eligió morir en su tierra adoptiva.


Hemos rasgado impíamente la guitarra con sus canciones. Muchos se han vestido de paisano para entonar estos himnos sagrados del imaginario folclórico popular. Ya no le pertenecen a la Argentina. Hoy son de la humanidad.


Rindamos homenaje a esta heroína silenciosa con el producto de su alma misma, sus canciones. Y cantemos. Así se mantiene viva la memoria de los que hicieron patria y ahora duermen…

Bon Appetit.

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