Otra vez, en búsqueda de una alternativa

Por Matías Slodky

Desde la insurrección neoliberal a nivel global durante la década del ‘70, el capitalismo ha demostrado su verdadero rostro, y el mismo ha demostrado no ser un rostro “humano”. Los artífices más reconocidos de la escalada y propaganda neoliberal, han sido los gobiernos de Ronald Reagan y la “Dama de Hierro” Margaret Thatcher, la última galardonó la célebre frase “There is no alternative” (No hay alternativa), quizás la epopeya simbólica y discursiva del neoliberalismo.


Durante casi tres décadas, el discurso neoliberal ha hegemonizado la vida política y económica del sistema internacional, y con este, se ha desvanecido la idea del capitalismo industrial/productivo, basado en la inversión, generación de empleo, ganancias y reinversión, dando lugar ahora a una versión ostentosa, con ganancias o pérdidas en el acto, asentado en la especulación, el sometimiento monetario, las tasas de interés, la fluctuación de divisas, la privatizaciones, el ajuste fiscal y social para garantizar las obligaciones de deuda, con recetas “científicas” promulgadas por el Fondo Monetario Internacional.


El Neoliberalismo, a su vez, vino acompañado de un dogma filosófico muy poderoso que le ha permitido subsistir e instaurar un tipo de capitalismo financiero, un dogma fundado en el individualismo, en el “salvase quien pueda”, el cual se ha expandido en la sociedad, la cultura y la educación como un germen. La expansión del neoliberalismo o, lo que Mark Fisher denominó “Realismo Capitalista”, posibilitó la idea o “verso” que no hay otra alternativa a este modelo. La idea falaz que hay una única vía al desarrollo y progreso, un solo modelo económico posible, en un contexto de crisis de la Unión Soviética y posterior caída – a fines de los ‘80 - del muro de Berlín.


Esta única salida ha llevado a autores a preguntarse si este es “el fin de la Historia”, como es el caso de Francis Fukuyama. En nuestra país, las cosas no han sido muy diferentes; la instauración del modelo neoliberal en 1975, durante la gestión de Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn (Rodrigazo), ocasionaron – con la confirmación de este modelo durante la dictadura asesina del ‘76 y la política neoliberal de José Alfredo Martínez de Hoz – el declive total de nuestra economía y de todos los indicadores sociales, a costa de la ganancia de los sectores más concentrados, que constantemente se enriquecieron con la absorción indiscriminada de deuda externa y su fuga, el ajuste social para transferir dinero a sus bolsillos y el saqueo a través de las privatizaciones.


Durante la presidencia de Carlos Menem, otra vez el neoliberalismo pasó a ser la única alternativa posible. La implementación de un plan íntegramente ortodoxo, basado en el consenso de Washington, se hizo presente en esos 10 años. Medidas como el plan de convertibilidad pasaron a ser un objetivo en sí mismo; primero, porque se le atribuyó la recuperación económica entre 1991 y 1994, y luego por el anunciado cataclismo económico, por economistas ultraliberales, que sobrevendría si se devaluara. Cualquier crítica de fondo a este modelo neoliberal era inmediatamente descalificada por las autoridades y su cohorte de gurúes y opinadores. En el caso de la mencionada convertibilidad, este amplificó la inestabilidad macroeconómica, los efectos contractivos y la salida de capitales acrecentaron el déficit en la balanza de pagos, y la única manera de enfrentarlo era a través de un ajuste feroz o un endeudamiento explosivo, o ambos. Más aún, la convertibilidad servía de justificación a la profundización de las reformas neoliberales; conforme a esto, el “Realismo Capitalista” pasó a ser una causa nacional.


Esta “única vía posible” se replicó en la región latinoamericana. Los gobiernos como el de Chile, que hoy en día sufren las problemáticas del modelo liberal profundizado por más de 40 años, el gobierno de Ecuador que, a fines de los ‘90, dolarizó su economía como “única alternativa” al crecimiento. O mismo los gobiernos de Venezuela, Brasil, México, Colombia y Bolivia, que no escaparon de este auge neoliberal durante los ‘80 y ‘90. El auge que llevó a la región a ser la zona más desigual del mundo, incrementando masivamente su pobreza, la indigencia, el desempleo, el endeudamiento en todas sus capas – desde el estatal al familiar –, la caída real del salario; en fin, los grandes problemas que economistas y políticos conservadores llaman “estructurales”, cuando la razón del mismo es la aplicación de este modelo excluyente.


El Realismo capitalista, según Fisher, posibilitó su auge con el hecho importante de lo que Thatcher expreso como: “la finalidad es cambiar el corazón y el alma”; es decir, la instauración de las medidas neoliberales como placenteras, necesarias y novedosas, con el fin de dividir a la clase popular para obtener sus votos. Fisher nos dice que la mimetización del neoliberalismo en las clases populares fue el gran golpe del cual la izquierda no pudo reponerse. El neoliberalismo ha instaurado, en parte del sector popular, que la estabilidad laboral y la permanencia en un mismo trabajo impide el progreso humano, justificando tras de esto, la precarización y flexibilización laboral. A su vez, ha instaurado que todo organismo, incluso el estatal, debe ser gobernado como una empresa, por lo tanto, la puesta de CEOs y gerentes en organismo estatales, le dará eficiencia al Estado. En esta lógica, quizás el gran labor del “Realismo Capitalista” ha sido la promulgación falaz de que todo gasto social o lucha contra la pobreza y el hambre, es financiamiento a “vagos” que solo aspiran a vivir del Estado, dividiendo vorazmente a las mismas clases populares, ya que el trabajador y obrero comenzó a creer que todos sus impuestos estaban destinados a mantener esos “vagos”, que luego, con la llegada de los gobiernos neoliberales, el mismo trabajador perdía o sufría la precarización de su empleo.


Ahora bien, durante el cambio de milenio, la lógica del único camino posible y la imposibilidad de otra alternativa parecía desvanecerse en nuestra región. El avance de gobierno populares o de izquierda latinoamericanos, propulsó con fuerza una disyuntiva a la lógica neoliberal. Estos gobiernos desafiaron, no sólo en la idea económica – sacando a flote a las economías, con crecimiento, inversión, caída de la pobreza, indigencia, desempleo y con subas de salarios, escolarizados, familias con su propia casa y vehículo, entre otras cosas –, sino que también desafío al “Realismo Capitalista” en el terreno en el cual había perdido la izquierda en los ‘80 y ‘90, que fue en el terreno de la cultura y la ideología. Estos gobiernos legitimaron nuevamente la

política como algo social y colectivo, lejos del egoísmo, el individualismo y la meritocracia neoliberal. De esta manera, las masas populares volvieron a insertarse en la política, como también lo hizo una gran parte de trabajadores y jóvenes.


Por ende, a la visión del fin de la historia, Latinoamérica pareció darle ruedo otra vez, para que esta se ponga en movimiento. Esta experiencia latinoamericana profundizó transformaciones importantes y otras han quedado peligrosamente inconclusas en más de 10 años de gobiernos desarrollados casi en simultáneo. A esto se le profundizó un gran problema, el cual fue la continuidad en el resto de Occidente del modelo liberal, que llevó a la peor crisis financiera desde 1929, en 2008, con la caída del Lehman Brothers, y la explosión de las burbujas de crédito en Estados Unidos, producto de una desregulación descontrolada del sistema financiero internacional, lo que ocasionó el llamado “Salvataje” que hizo el gobierno de Obama a varias entidades financieras y bancos, con dinero estatal, intercambiando liquidez por títulos incobrables. Este fenómeno se expandió rápidamente a la zona de Europa en 2009, con el gran ejemplo de Grecia, cuyas reformas neoliberales apoyadas por el FMI, produjeron, con la mencionada crisis financiera, un estallido abominable en el país, con caos social y default. A esta le siguió la crisis financiera en Portugal en 2010, o la española también en esos años.


Lamentablemente, nuestra región no escapó del arrastre de esta crisis; la recesión mundial impactó a través de la dependencia de nuestra región de las exportaciones y el comercio internacional. Algo que en nuestro país, para el 2012, produjo la caída de divisas internacionales y la implementación del cepo cambiario.


Los demás países de la región, para estos años, también experimentaron dificultades, algo que los grandes grupos opositores, como la oligarquía nacional, los grandes medios de comunicación y los fuertes grupos bancarios y financieros, que gobernaron la región desde los ‘80, utilizaron para dar su contraofensiva.


No es casual que, a partir de 2014, los gobiernos populares han comenzado a perder poder frente a esta nueva oleada conservadora y neoliberal, que azota nuestra región. Primero fue nuestro país con Macri, luego Ecuador con Lenín Moreno, Brasil con Bolsonaro, Bolivia con el golpe de Estado a Evo Morales – a pesar de ser el gobierno más exitoso de la región – y, últimamente, el triunfo de la derecha en Uruguay.


Esta nueva oleada del “Realismo Capitalista” y su gran blindaje por parte de los grandes grupos antes mencionado, han restaurado el discurso del único camino posible, y de que no existe tal alternativa a su propuesta económica. En el caso argentino, el mismo fue el logo de gestión por parte de Mauricio Macri; entre tantas palabras, aparecen cuestiones como la necesidad de hacer el ajuste a toda costa, que el capital y la inversión extranjera lo resuelve todo, la necesidad imperante de “insertarnos al mundo”, que primero hay que crecer para luego distribuir, entre otras cosas que ocuparían varios renglones. Este viejo discurso o “verso” neoliberal ha querido instaurar, una vez más en nuestra historia, además de un saqueo por parte de la clase dominante, un tipo de pensamiento que es el único posible, ya que algo diferente a este modelo, sería “populismo, demagogia o alguna especie de oscurantismo”.


Hace algunos meses, publiqué un artículo donde formule que sacar a Macri no alcanzaba, sino que era la primera parte de un largo proceso de construcción, reformas económicas y estructurales para realizar un tipo de economía y país sustentable, industrial, sin sobreendeudamiento. Algo que nuestro país y región ya supo hacer y, a la vista de la victoria de un gobierno popular y peronista en este intenso 2019, es más que necesario volver hacer, con gran inteligencia, estas construcciones, en condiciones regionales muy difíciles, en un contexto local y económico muy desmotivador producto del “virtual default”, la imposibilidad de emisión monetaria y acceso al crédito internacional, indicadores sociales alarmantes – realizados por la gestión neoliberal de Macri –, intereses de deuda en dólares muy próximos a abonar, economía y consumo en caída libre y, por último, una oposición que no parece ceder, que está dispuesta a atacar, a través de su instrumento de percusión mediática, desvirtuando cualquier medida que pueda ayudar a salir de esta grave crisis económica.


Otra vez, nuestro país se encuentra con la obligación de reformular una alternativa a la lógica neoliberal desarrollada por Macri en estos últimos 4 años; una alternativa colectiva por sobre el egoísmo liberal promulgado en estos años es necesaria. Ya que, partiendo de esta situación sobre la cual pareciera que nada pueda cambiarse, todo es posible nuevamente, como ya se hizo anteriormente.


Referencias:

Calcagno, Eric Alfredo y Calcagno, Fernando Alfredo (2005) “El universo Neoliberal,

recuento de sus lugares comunes”, Buenos Aires, Argentina, Siglo XXI.

Fisher, Mark (2016) “Realismo Capitalista”, Buenos Aires, Argentina, Caja Negra.


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