Nuestro inconsciente colectivo

Por Gonzalez Melany

“La comunidad organizada debe conformarse a través de una conducción centralizada en el nivel superior del gobierno, donde nadie discute otro derecho que el de sacrificarse por el pueblo; una ejecución descentralizada y un pueblo libremente organizado en la forma que resulte más conveniente a los fines perseguidos” (J.D.Perón,1974).


Con la llegada del COVID-19 a nuestro país, la crisis social y económica que tuvo su génesis en el gobierno de Mauricio Macri se profundizó, acelerando el nivel de conflictividad, traduciéndose en una suba en los índices de desigualdad y pobreza, aventando a miles de argentinos y argentinas al borde de un abismo. Al instante, el gobierno tomó medidas a fin de alivianar los efectos de la pandemia que, sin embargo, no lograron dar una solución de raíz.


Con la puesta en marcha del aislamiento social, el nivel de actividad se retrotajo y, con ello, se pusieron blancos sobre negros respecto a aquellos valores que el ex Presidente Gral Perón sintetizó en “La Comunidad Organizada”, teniendo como valor supremo la organización libre entre los individuos, poniendo el acento en la refundación de un nuevo sistema de valores, que de paso a que los individuos de la comunidad se solidaricen unos con otros, entendiendo que nadie se salva solo, y que la respuesta a esta inminente crisis - polifacética - solo surgiría a partir de la solidaridad de unos con otros, asignándole al Estado un rol de suma preponderancia; regular la sociedad, en clave popular, respondiendo a las demandas de las bases.


Cabe contextualizar que la presidencia de Alberto Fernandez llevaba apenas meses cuando se declara como pandemia al Coronavirus, y la actividad económica, que venía en un estado de retroceso y estancamiento, fue la primera en parar. Los primeros sectores que sintieron este freno fueron los más postergados, viéndose en una situación de extrema vulnerabilidad, necesitando, de manera urgente, la ayuda estatal, que debemos decir que se encontraba limitada. Los programas vigentes hasta el momento sólo alcanzaban a un sector de la sociedad, los cuales, a partir de la AUH, podían ser fácilmente identificados. Empero, con el parate repentino de la economía del día a día, se dispararon los casos en donde el único ingreso generado por trabajos esporádicos - producto de la economía en negro o terciarizada - se vio disminuido y luego anulado. Más allá de las políticas subsidiarias del gobierno, el desajuste social era de tal magnitud, que precisaba intensificar la articulación con otros actores de la sociedad, a fin de poder llegar a todos.


A partir de allí es donde en los barrios populares, ubicados en las periferias de los distritos, se organizaron y comenzaron a gestionar ollas populares, a fin de que los vecinos - autogestionados - se ayuden unos a otros. Estas acciones se realizaron por fuera de las estructuras orgánicas de partidos políticos o de alguna política local emprendida, reivindicando beligerantemente la tesis fundacional de “La Comunidad Organizada”, conforme la cual: ningún individuo se realiza en deterioramiento de la comunidad que habita. Es así como muchos ciudadanos se reunieron, cumpliendo con los cuidados pertinentes, con el único propósito de acercar un plato de comida, una palabra de aliento, un abrigo, un calzado, tejiendo redes con otras organizaciones de la sociedad civil, con la única finalidad de generar redes de contención, haciendo carne la frase de “la patria es el otro”, ejercitando aquellos valores que la sociedad de consumo masivo, en la que estamos insertos, ha precipitado al olvido, para revalorizar el apotegma fundante de toda sociedad competitiva, el hombre es el lobo del hombre (homo homini lupus).


Es así como un mal nos vino a desempolvar, en nuestro inconsciente colectivo, viejas prácticas de socialización que daban paso a procesos de retroalimentación mutuos, estableciendo vínculos más cercanos y bondadosos.


Convirtiéndose la comunidad en el seno de la reproducción de valores que dan la batalla cultural, a fin de contrarrestar el avance de la cultura del descarte. Muchas de estas acciones aisladas, apartidarias y autogestivas son muestra viviente de la cultura peronista que nos deja 75 años de justicialismo, demostrando que el sujeto político de la Revolución Justicialista es el pueblo organizado autónomamente y no el individuo egoísta (liberal) o el Estado colectivista (comunista).


Combatiendo la idea meritocrática divulgada en los últimos años, solidificando la idea de justicia social desde las bases, fortaleciendo esta premisa donde el individuo se somete al colectivo, basado en relaciones de hermandad, amistad y fraternidad, tendiendo puentes con la necesidad de superar aquellas barreras culturales, prejuicios y diferencias políticas, a fin de concretar la unidad de la sociedad, como elemento fundante de una nación digna de sí.


Resulta relevante poner en valor estas acciones donde se fortalecen los vínculos societarios, se restablecen acciones comunitarias cimentadas en el compromiso colectivo, emprendidos por el amor hacia el prójimo, apuntando directamente a alivianar las políticas públicas generadas por el Ejecutivo que, hasta hoy en día, presentan dificultades en sus alcances. Dicho esto, es fundamental concluir con tres puntos:


1. El estado necesita de la comunidad para la concreción de medidas, a fin de contrarrestar los efectos negativos de la pandemia; en este sentido, aún hay un largo camino que recorrer, donde se necesita establecer vínculos más estrechos entre organizaciones civiles, juntas vecinales, ONGs y el gobierno, con el objetivo de, en primera instancia, obtener un mapeo territorial que tenga en cuenta los diferentes indicadores en alerta y, en segunda instancia, que, a partir de este diagnóstico, se formulen mayores medidas concretas y eficaces, las cuales contribuyan al trabajo comunitario de estos actores.

2. Asimismo, es imperioso enlazar estas acciones comunitarias a fin de que aporte a la centralidad del Estado, generando una suerte de feedback, agilizando la administración pública y ostentando resultados prácticos en la resolución de problemas concretos.

3. Necesitamos volver a poner en práctica valores éticos y morales - desde la militancia hasta el propio Estado - que incorporen la sensibilidad y que humanicen las medidas ejecutadas, abandonando miradas escépticas.

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