Ni Chacareros, ni Campesinos: Especuladores y Rentistas.

Por Silvano Pascuzzo

El Sector Agro Financiero como Obstáculo para el Desarrollo Nacional. Es sabido que el sector agropecuario es, desde hace mucho, un enemigo irreductible de los gobiernos populares. Nadie puede negar que, políticamente ha blando, dirigencias y organizaciones ruralistas conciben a su sector como la quintaesencia de la nacionalidad y como el motor de la economía; a pesar de no ser, en los hechos, ni lo uno ni lo otro. Hay en las declaraciones públicas y en los gestos, una clara manifestación del espíritu sectario, elitista y clasista, que inspira a los sectores agrarios, vinculados a la exportación de cereales en la Argentina.


Y también se repite acríticamente un mito: el de la existencia de una porción de productores, integrables a un Proyecto Nacional, opuestos en sus intereses y percepciones, a los “grandes pooles de siembra”. Lo cierto es que, todos, absolutamente todos, chicos y grandes, pertenecen a la misma estructura de acumulación, al mismo sistema de expoliación del suelo y concentración de la ganancia; y que, sin distinciones, apuntan a la inclusión de sus unidades productivas en el mercado global, en asociación con el sistema financiero y las grandes corporaciones. No hay granjeros, ni campesinos, ni arrendatarios; hay especuladores y rentistas, que “tercerizan” su actividad en manos de técnicos especializados.


Al mismo tiempo, es falsa la idea de que puede haber conciliación entre desarrollo y agro, con la actual disposición de los actores existentes. Los excedentes producidos por el negocio, que se perciben afuera en moneda extranjera, compiten desde hace décadas con un adecuado abastecimiento interno, ya sea para el consumo como para la industria. Las actividades que, desde el campo, pudieran servir al propósito de industrializar la producción primaria, no son las hegemónicas en el campo argentino. Su suerte ha sido adversa en los últimos 40 años, como podemos verlo en el sector pesquero, ganadero o fruti hortícola; mientras el complejo sojero se expande y avanza cada vez más.


Además, sin una transformación de las reglas de juego de la comercialización de los productos primarios, el desarrollo de la economía del país será, por largo tiempo, una quimera. Nadie entre las patronales agrarias quiere agregar valor; nadie desea servir a un apalancamiento de la redistribución de divisas a favor del fortalecimiento de la moneda nacional; nadie de entre estos rentistas desea propender a la lucha contra la desigualdad y el hambre. Hay una incompatibilidad manifiesta entre los intereses de éstos tipos y los del resto de los argentinos. Problema que se hace cada vez más evidente y peligroso para la estabilidad institucional; pues dicho sea de paso, no cree ésta “gauchocracia” en ninguno de los principios rectores de una Democracia Social.


Ideológicamente, preponderan los grupos, clasistas, reaccionarios y xenófobos. Y como siempre ocurre, transmiten su ejemplo al resto de la población que, por efecto contagio, termina votando proyectos políticos anti populares y derechistas. Las últimas elecciones han vuelto a poner de manifiesto que es en las provincias, donde el “campo” lleva la voz cantante en materia de lobby, donde mejores resultados ha obtenido el Macrismo; pese a los desastres que ha producido en cuatro años de gobierno. Hay una grieta que no podrá cerrarse en breve tiempo, en parte porque sus creadores, no desean hacerlo, y en parte porque ella ancla en las profundidades de la cultura y la estructura social argentina.


Por otro lado, cada día queda más claro que la inflación y la falta de divisas están vinculadas – aunque no de modo lineal y exclusivo – al modo de acumulación del complejo agro exportador en el país. Quebrar y trastocar ese sistema de lealtades y cosmovisiones opuesto al crecimiento y al desarrollo del resto de las actividades productivas, es la condición necesaria e ineludible para dejar atrás ambos problemas crónicos de la economía nacional. Bajando impuestos y manteniendo libre la comercialización de granos, los precios de la leche, el pan y la carne seguirán subiendo y el déficit externo se agudizará, vía acopio, especulación de precios internacionales, elusión de tributos y evasión de ganancias al exterior por caminos no legales.


Sostenemos, con convicción, que no se puede convencer a todos, ni satisfacer a todos, cuando uno ejerce el poder. Al menos no en el sistema capitalista. Y en base a ese principio, queda claro que los acuerdos deben ser con los que comparten un “modelo comunitario” que se base en el progreso colectivo y una considerable dosis de igualdad. Con los que creen que sólo cuentan sus intereses y que apuestan a la salvación individual o sectorial, sólo queda un camino posible: su aislamiento político, la desarticulación de los mecanismos que sostienen su existencia corporativa y su subordinación a la autoridad del Estado.


El resto, son palabras bellas.

En los países centrales, se generaron herramientas que han conseguido subordinar al lobby fisiocrático, a los intereses generales de la sociedad. Eso no fue posible sin conflicto. Y aquí ocurrirá lo mismo, cuando se decida avanzar en esa dirección. No hacerlo significará nuevas y constantes repeticiones de los viejos y remanidos problemas; y la frustración de millones, en favor de rentistas y parásitos usureros. Dilema que deberá saldar la Política y, en particular, el Movimiento Nacional y Popular. Perderse en intentos de conciliación con quienes están dispuestos a borrarlo del escenario social e institucional argentino, no parece una buena decisión.

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