Mujeres Sindicalistas. Hacia una equidad de género Sindical?

El propósito principal de esta nota es analizar la evolución de la inclusión de una perspectiva de género en las organizaciones sindicales. ¿Qué avances se están consolidando respecto de esta inclusión? Y ¿Cuáles son los aspectos pendientes para alcanzar la equidad de género?



Las actividades sindicales en general se encuentran altamente feminizadas. Alrededor del 60% de los trabajadores son mujeres, que tiene una gran relevancia en términos de empleo femenino en todo el país. En estos sectores existe una profunda inequidad en términos de género, evidenciada en el accesodiferencial a cargos jerárquicos y en la segmentación por sexo en términos de calificación, especialización y categoría ocupacional.


Más concretamente, la finalidad de éste análisis es trazar los principales lineamientos de abordaje para un análisis que determine la necesidad de incorporar de la perspectiva de género en las asociaciones gremiales en Argentina, tanto en la organización como en las acciones dirigidas a los trabajadores y trabajadoras.


Para ello, identificamos 3 niveles o dimensiones en las que vamos a indagar:


  1. La existencia de participación igualitaria de hombres y mujeres en todos los niveles de la vida sindical, teniendo en cuenta el impacto de la Ley de Cupo Sindical Nº 25.674 en la composición de las comisiones y los cargos electivos de las asociaciones, no sólo en términos de cantidad de cargos ocupados por varones y mujeres sino de las funciones y relevancia de los mismos dentro de la organización.

  2. La incorporación de la perspectiva de género en las actividades de la organización (existencia de comisiones específicas y/o transversalización de la perspectiva de género, inclusión de cláusulas en los estatutos), la cual implica la consideración de cómo los distintos temas tratados en la organización pueden afectar a varones y mujeres.

  3. El desarrollo de acciones en pos de generar equidad en el ámbito laboral de influencia, ya sea, por medio de la inclusión de contenidos de género en los convenios colectivos de trabajo, en los reclamos impulsados en los conflictos o en actividades de capacitación dirigidas a los trabajadores/as representados/as).



¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE GÉNERO?

Como punto de partida se consideran tres definiciones clásicas de género que han sido ampliamente utilizadas. La definición que elabora Joan Scott (1990), la cual tiene dos proposiciones interrelacionadas: por un lado, plantea que el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos; y por el otro, que el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder. Esta definición de género enumera, además, cuatro elementos que lo constituyen: el primero, los símbolos culturales que evocan múltiples representaciones; el segundo, los conceptos normativos expresados en doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales o políticas; el tercero, los ámbitos, instituciones o sistemas en los que se construyen las nociones de género, tales como el sistema de parentesco, la familia o la escuela; y el cuarto elemento es la identidad subjetiva.


En esta misma línea, Reyna Pastor (1994) define el género como una construcción social y cultural que se articula a partir de definiciones normativas, de lo masculino y de lo femenino, las que crean identidades subjetivas y relaciones de poder, tanto entre varones y mujeres como en la sociedad en su conjunto. Para complementar las definiciones anteriores, tomamos la idea de relaciones sociales de sexo o sexo social, que desarrollan Helena Hirata y Daniele Kergoat (1997) para marcar la existencia de contradicción, lucha y antagonismo en una relación social que implica en sí misma cierto dinamismo y, por lo tanto, una posibilidad de modificación y de cambio.


Al hablar de relaciones sociales de sexo rompen con explicaciones basadas en la biología y con los supuestos universales acerca de lo masculino y lo femenino; asimismo, esta perspectiva afirma que hay jerarquías entre los sexos y que se trata de una relación de poder.


Siguiendo estas nociones, entonces, tomamos la noción de género como una forma de referirse a la organización sociocultural de las relaciones entre los sexos; pero también como una categoría analítica que sirve para pensar la realidad teniendo en cuenta la dimensión de las relaciones sociales entre los sexos. La utilización de la categoría analítica de género se presenta como un medio válido para deconstruir y desnaturalizar las relaciones entre los sexos y de estos con la naturaleza y la cultura y, en consecuencia romper con la asignación estanca de roles sociales a uno u otro sexo. Las representaciones y los discursos institucionalizados (dos elementos de la definición de Scott) acerca de las características que poseen varones o mujeres por pertenecer a uno u otro sexo, juegan un rol fundamental en la construcción de identidades de género y de roles sociales sexuados.


Algunas teóricas (Rubin, 1999; Hirata, 2002) señalan que esos discursos se sostienen en una idea de naturaleza de los sexos, de biología, que es necesario romper. Siguiendo este razonamiento, Ostronoff (2007) en un estudio sobre poder, género e identidades en el movimiento sindical brasilero, propone desde la teoría de Foucault de construir los preconceptos sobre las mujeres que sostienen, entre otras cuestiones, que por su naturaleza no tienen aptitudes para la vida política y, por lo tanto, para la vida sindical. La perspectiva foucaultiana plantea que las relaciones de poder y los distintos roles ocupados por cada uno en la sociedad no son únicos ni universales, sino que son históricamente constituidos a través de practicas sociales y de múltiples mecanismos de poder que penetran en los sujetos desde todos los ámbitos de la vida (microfísica de poder).


Desde esta línea de pensamiento, analizar las relaciones de poder entre los sexos implica algo más complejo que la división entre dominantes y dominados, ya que torna necesario un análisis exhaustivo de todos los mecanismo y prácticas que contribuyen a reproducir la dominación, comenzando por las instituciones y organizaciones sociales y políticas. Inequidades de género en el ámbito laboral. La división sexual del trabajo.


La asignación histórica de roles diferentes a varones y mujeres en el ámbito laboral fue dando lugar a distintas formas de división sexual del trabajo y de segregación laboral, que surgen de las concepciones de género instaladas socialmente y naturalizadas. Guzmán y Todaro (1994) sostienen que el significado que se le da al trabajo de las mujeres es producto de un proceso complejo en el que intervienen comportamientos, representaciones, prácticas e imágenes, factores concretos y elementos simbólicos, de acuerdo a combinaciones que funcionan en todos los ámbitos de la vida social.


Las desigualdades resultantes de la división sexual del trabajo, así como las diversas formas de segregación por género existentes en el mercado laboral, están ligadas a normas sociales y pautas culturales que relacionan a las mujeres con las tareas históricamente consideradas femeninas, como las relativas a los servicios y a la asistencia y cuidado de personas. Wainerman (1996) señala la existencia de tres tipos de segregación por género en el mercado laboral: horizontal, vertical y salarial.


  1. La segregación horizontal se refiere a la distribución desigual por sexo entre sectores de actividad y la concentración de mujeres en algunas ocupaciones, principalmente las de servicios.

  2. La segregación vertical es aquella que se da al interior de un mismo sector de actividad por la concentración de mujeres en los niveles inferiores de la escala y de los varones en los niveles de mayor jerarquía y calificación.

  3. Y, finalmente, la segregación salarial se encuentra en el hecho que a igual tarea las mujeres frecuentemente reciben un salario menor que los varones.


Existe evidencia empírica que demuestra la existencia en nuestro país de estos tres tipos de segregación por género y otras inequidades de género. Diversos estudios (Novick et al 2008; Actis Di Pasquale y Lanari, 2010) dan cuenta que en Argentina las mujeres se ven sobre representadas en el mercado laboral en indicadores como el desempleo, el subempleo, el trabajo informal y las actividades asociadas a los “saberes femeninos” como el trabajo doméstico y las tareas de cuidado.


En esta misma línea, varias autoras (Beechy,1994; Rodríguez Enríquez, 2005; Esquivel, 2009; Lupica, 2010; entre otras) sostienen que para comprender la división sexual del trabajo que se da en el trabajo productivo y remunerado del mercado laboral, es necesario analizarla en conjunto con la división de tareas al interior de los hogares. Para ello, proponen estudiar el género desde un enfoque amplio que incluya la problemática de la división sexual del trabajo al interior de las esferas de la producción (trabajo remunerado) y de la reproducción (trabajo no remunerado) y así ver cómo intervienen las relaciones de género para la asignación de distintos tipos de tareas para varones y mujeres en ambas esferas.


En la perspectiva de los estudios de la distribución de tiempos entre trabajo remunerado y no remunerado, Valeria Esquivel (2009) señala que el trabajo para el mercado, ya sea en actividades independientes o dependientes, es una sola parte del trabajo productivo, ya que existe otra parte que es el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, que se realiza en los hogares, para proveer servicios a los miembros de la familia y la comunidad que recae principalmente en las mujeres.


Siguiendo este análisis Rodríguez Enríquez (2005), desde la economía feminista, señala que existe una creencia generalizada que sostiene que las mujeres están naturalmente mejor dotadas para llevar adelante las tareas de cuidado, especialización que se observa tanto al interior del hogar como fuera de los hogares. Para el estudio de la economía del cuidado es imprescindible conocer la distribución de roles y responsabilidades de cuidado entre el Estado, el mercado, la familia y la comunidad y generar políticas en función de la re distribución más equitativa de esas tareas entre los sexos.



Fuente: Eliana Aspiazu. Dra. en Ciencias Sociales y Humanidades

Artículo: Género y Sindicalismo.

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