Los intereses de China en el Atlántico Sur

Por Lautaro Garcia Lucchesi

Artículo elaborado en base a un trabajo presentado en el Seminario de Atlántico Sur, Malvinas y Antártida de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa).


El descubrimiento de reservas de petróleo de alta calidad al norte de las islas Malvinas por una cantidad estimada de no menos de 200 millones de barriles representa un hallazgo que completa la transformación del Atlántico Sur en un “mar lleno”, donde se multiplican intereses y protagonistas, en una densa trama transnacional. Este descubrimiento se da en un contexto internacional en donde se estima que la demanda energética crecerá no menos del 50 por ciento en los próximos veinte años. Esto nos presenta una situación de “plétora geopolítica”, en contraposición a lo que sucedía con esta región antes de 1982, cuando se entendía al Atlántico Sur como un “mar vacío” atravesado únicamente por la disputa de soberanía entre la República Argentina y la Gran Bretaña.

Esto genera una situación de “plétora geopolítica”, donde es probable que se dé una multiplicación de los actores presentes en la región. Esto trae costos positivos, como es el encarecimiento de la ocupación británica en las Islas Malvinas, por la necesidad de permanentemente custodiar sus aguas, pero también trae costos negativos, pues implica una depredación de recursos que legítimamente le pertenecen a la República Argentina.

Uno de los países que se presenta como un potencial actor a involucrarse es la República Popular China, debido no sólo a su creciente peso en el sistema internacional sino, principalmente, debido a las elevadas tasas de crecimiento económico que viene experimentando en los últimos años, las cuales obligan a ese país a salir en la búsqueda de recursos naturales para poder mantener dichos niveles de expansión económica. China ya ha expresado que “el siglo XXI será la era del océano”, no sólo por la creciente influencia de la política oceánica en su economía y en sus intereses estratégicos, sino también porque las naciones más importantes consideran sus intereses marítimos como cruciales, desarrollando nuevas políticas económicas hacia el mar y realizando los ajustes estratégicos necesarios. Es un proceso del que China no puede ni quiere quedar ajena, porque la historia prueba que el surgimiento de las grandes potencias es inseparable del aumento de su marina.

Asumiendo los objetivos de una estrategia geopolítica china en torno a la diversificación de mercados, la erosión del poder blando americano – y europeo – y la carrera por los recursos estratégicos, intentaremos descifrar cuáles son los objetivos e intereses que podrían acelerar la incursión, en el Atlántico Sur, de la República Popular China.

El interés de China en el Atlántico Sur comenzó a cambiar luego de las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping a partir de 1978, las cuales permitieron una nueva apertura en la política exterior china. Aunque esta tendencia sufrió un revés luego de los incidentes de Tiananmen, China redobló los esfuerzos y, en 1999, lanzó su política de “salir afuera”, para alentar a las empresas chinas a invertir en el extranjero. Con el cambio de milenio, las tasas de crecimiento de dos dígitos de China y su creciente demanda de recursos naturales llevaron a que este país comenzara a prestarle una mayor atención a los países de África y Latinoamérica. China no sólo desarrolló políticas regionales para ambos continentes, sino que también fortaleció las relaciones con los actores políticos claves alrededor del Atlántico Sur. Sólo en Latinoamérica, China abrió oficinas comerciales y firmó acuerdos comerciales con docenas de países.

Desde ese momento, tres factores interrelacionados han contribuido a la importancia geoestratégica del Atlántico Sur para China: los recursos naturales oceánicos, las islas Malvinas y la Antártida.

Respecto al primer factor, los descubrimientos de reservas de petróleo y gas en las costas de África y América Latina son la principal causa que ha elevado la importancia estratégica de esta parte del océano Atlántico para la República Popular China, debido a que su estructura productiva y su matriz energética es, en exceso, dependiente de la importación de recursos naturales.

Con respecto a las islas Malvinas, a pesar de que China mantuvo una postura ambigua frente a la guerra de 1982, recientemente China comenzó a pronunciarse en favor de la defensa de la soberanía argentina sobre las islas, debido a que China presenta un conflicto similar en el océano Pacífico, en especial con Taiwán.

Por último, la Antártida se transformó en una cuestión importante para China cuando definió, como un objetivo explícito de su política exterior, asumir un rol de liderazgo en los asuntos antárticos.

Estos tres factores se tornaron en cuestiones más urgentes para China a partir del cambio de milenio, producto no sólo de la intensificación del rol de China en el Atlántico Sur, sino también de la diversificación de este rol a través de tres dimensiones: económica, política y de seguridad.

En lo que hace a la dimensión económica, la cuestión más acuciante para China es asegurar el acceso a los recursos naturales presentes en ambos márgenes del Atlántico Sur, para poder mantener las elevadas tasas de crecimiento del país. El petróleo es, particularmente, una preocupación importante por la rápida expansión de la demanda china del crudo. A partir del año 1993, China se convirtió en un país importador neto de petróleo y, poco después, se transformó en el segundo consumidor mundial de este producto. En el año 2009, año de la crisis internacional, el consumo de petróleo en China aumentó un 5,7 por ciento y se proyecta que, si China continúa manteniendo tasas de crecimiento similares a la de la última década, al finalizar la segunda década del siglo superará en consumo de petróleo a los Estados Unidos. Así, a pesar de que China aún depende principalmente del carbón para sus necesidades energéticas, la importación de petróleo es cada vez más fundamental para su seguridad energética. Es por esta razón que China ha invertido alrededor del mundo no sólo para maximizar sus importaciones actuales de crudo, sino también para garantizar suministros a largo plazo. Esta visión a largo plazo se refleja en el creciente papel de las empresas chinas en la exploración de yacimientos de petróleo y gas de ultramar.

Por estas razones, China ha intentado, con cierto éxito, diversificar sus fuentes de petróleo fuera del país; aunque sus importaciones provienen, en gran medida, de Arabia Saudita y sus países vecinos - el reciente acuerdo con Irán cambiaría esto -, el incierto acceso en esta zona por los conflictos que reinan en Medio Oriente han llevado a China a invertir en otros lugares, entre ellos, el Atlántico Sur, rico en petróleo tanto en sus costas de África y de América Latina como en alta mar. Venezuela es el país de Latinoamérica que ha recibido más inversiones china relacionadas a la mayor producción de petróleo, seguido por Brasil, que ha recibido inversiones relacionadas a la financiación de prospecciones y adquisiciones de acciones bursátiles de empresas vinculadas a la prospección de reservas de capas pre-salinas y, en tercer lugar, aparece Argentina, donde las empresas petroleras chinas han financiado fusiones y adquisiciones de empresas vinculadas al sector petrolero.

Esta estrategia de diversificación energética por parte de China suele implicar la aceptación de riesgos, por la incertidumbre económica y política, superiores a los niveles tradicionales. Para reducir o evitar algunos de estos riesgos, este país ha concertado una estrategia de colaboración entre el Estado chino, que utiliza la diplomacia para establecer acuerdos y abrir mercados, las grandes compañías de propiedad estatal (PetroChina Co. Ltd. y China Petroleum and Chemical Corporation), que realizan la mayoría de los acuerdos, y las empresas privadas y empresas conjuntas, que se encargan de llevar a cabo parte de las inversiones correspondientes y de transportar el petróleo a través del Atlántico Sur y a lo largo de las costas de África y América Latina.

Pero la cuestión petrolera no es el único interés de carácter económico que presenta China en el Atlántico Sur. La industria manufacturera china, no sólo para la exportación, sino también para consumo interno, requiere de vastas cantidades de minerales, algodón, madera, pescado e insumos agrícolas provenientes de ambos márgenes del Atlántico Sur. Para transportar estas materias primas a China, este país ha realizado importantes inversiones para mejorar la integración de infraestructuras y transporte en distintos nodos del Atlántico Sur, no sólo expandiendo la capacidad portuaria sino también fortaleciendo la integración logística con el objetivo de agilizar el flujo de mercaderías desde el interior de los países hasta los puertos. Estas inversiones resultan muy atractivas para muchos países de la región, que presentan graves déficits de infraestructura y logística, debido no sólo al rápido acceso a financiación de bajo costo, sino también por la ampliación de opciones, ya que actores externos compiten por el acceso y la influencia.

Otra cuestión de interés para China es la riqueza pesquera que presenta esta región del Atlántico. El Atlántico Sur es la mayor reserva pesquera del mundo actual y su valor estratégico reside no sólo en sus gigantescos recursos ictícolas, sino también en el hecho de que estos recursos han llegado ya a un nivel de agotamiento en el resto de los mares del mundo, como consecuencia de la sobreexplotación, principalmente en Asia-Pacífico, donde está el núcleo fundamental de la demanda mundial, con especial eje en China. Debemos recordar que el Atlántico Sur presenta las mayores concentraciones del mundo de krill, una especie de zooplancton con un papel fundamental como base de la cadena alimentaria marina, con posibilidades de utilización como fuente proteínica y de aplicación para acuicultura.

La República Popular China es el mayor consumidor y productor ictícola del mundo, con una población que consume un promedio de 28,4 kilogramos de productos pesqueros per cápita por año. Luego de casi agotar los recursos pesqueros de su mar en las décadas de 1970 y 1980, el gobierno chino impulsó a las compañías pesqueras a salir de la zona económica exclusiva china, promoviendo incluso que navegaran fuera de Asia. Desde el 2000 hasta el 2011, los barcos chinos operaron, de forma legal o ilegal, a lo largo de casi todo el perímetro del Atlántico Sur, tanto en las costas africanas como en las latinoamericanas. A pesar de que China tiene firmados acuerdos de pesca con varios países africanos (incluyendo Sudáfrica, Senegal, Sierra Leona, Guinea, Guinea Bissau y Mauritania) y con Argentina, el rápido crecimiento en la demanda china ha generado fricciones con estos países. China ha sido acusada de casi agotar las reservas de abulón de la costa sudafricana, una delicia de alto valor y objeto de las rutas de tráfico ilegal con destino en Hong Kong.

En las costas argentinas, se registraron numerosos enfrentamientos con barcos pesqueros ilegales de origen chino que ingresaban, sin autorización, a la zona económica exclusiva argentina, atraídos por la pesca del calamar. En diciembre de 2012, la guardia costera argentina detuvo a 2 barcos pesqueros chinos con grandes cantidades de calamar en la zona económica exclusiva argentina.

Por último. debemos destacar otros recursos naturales estratégicos presentes en el Atlánticos Sur, como son los nódulos de manganeso (con manganeso y cobalto), los nódulos polimetálicos (con presencia de manganeso, cobalto, níquel, hierro y cobre) y los sulfuros polimetálicos (ricos en hierro, zinc, cobre, plata y oro).

En lo que hace a la dimensión política, desde el cambio de milenio, el rol político de China en el Atlántico Sur creció como resultado de ciertos cambios claves en la política exterior china. Con la llegada de los 2000, los hacedores de la política exterior china comenzaron a promocionar el concepto de “desarrollo pacífico”, haciendo énfasis en el rol de China como líder responsable, la primacía de los asuntos domésticos y de los principios de beneficio mutuo y no injerencia. Con respecto a su política para África y América Latina, su discurso diplomático invoca una identidad común, en el plano histórico, como parte del Tercer Mundo y, más recientemente, como país socio en desarrollo.

Ocasionalmente, China utiliza esta identidad retórica para intentar diferenciarse de las potencias del Norte. Por ejemplo, en el año 2012, en una conferencia de prensa en el Foro de Davos, el Primer Ministro Wen Jiabao pronunció que: “los Estados Unidos son el mayor país desarrollado y China el mayor país en desarrollo del mundo”. Esta declaración refleja el esfuerzo de China por establecer vínculos de afinidad política, con el objetivo de no sólo abrir mercados en el Atlántico Sur, sino también de perseguir objetivos a más largo plazo, como presionar para reformar la gobernanza global y contrabalancear la influencia de las potencias del Norte.

Desde el punto de vista bilateral, China ha diversificado sus lazos a ambos lados del Atlántico Sur. Además de ampliar el número de relaciones formales (reflejada en el rápido crecimiento de las embajadas de China en África y América Latina), este país ha sumado alianzas estratégicas con los principales actores regionales: Brasil (1993), Argentina (2004), Angola (2010) y Sudáfrica (2010). Brasil, Nigeria y Sudáfrica han expresado su interés en ser miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y, por tanto, han prestado notable atención a sus relaciones con China, que ya lo es. Mientras tanto, China ha obtenido el reconocimiento como economía de mercado de parte de muchos países de la región, entre ellos Argentina, Brasil, Uruguay, Sierra Leona, Níger y Gabón. Esta situación implica que un número cada vez mayor de países de la región está dispuesto a reducir las barreras de protección frente a las empresas chinas, a fin de intensificar sus relaciones comerciales con la potencia asiática. Desde la perspectiva de China, ello permite una expansión cuantitativa de vínculos amistosos, de modo que se generan no solo oportunidades económicas, sino también beneficios políticos.

China también ha impulsado algunas iniciativas multilaterales importantes concernientes al Atlántico Sur. Además de impulsar el Foro de Cooperación China-África en el año 2000, China es también miembro no regional del Grupo Banco Africano de Desarrollo y del Banco Africano de Desarrollo. En el lado latinoamericano, China se convirtió en Estado observador en el seno de la Organización de Estados Americanos en el año 2004, y ha obtenido también la condición de observador en el Parlamento Latinoamericano, la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), así como de Estado miembro no prestatario del Banco de Desarrollo del Caribe. En 2008, después de la presión ejercida por el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Luis Alberto Moreno, y con el apoyo de Estados Unidos, China se convirtió en miembro contribuyente del BID, dando fin a la condición de Japón como único miembro asiático.

Tanto en sus estrategias bilaterales como multilaterales en el Atlántico Sur, China confía en el poder blando para intensificar los vínculos. Además de la apertura de decenas de Institutos Confucio en América Latina y África, ha puesto en marcha también intercambios académicos y acontecimientos culturales patrocinados. Los viajes frecuentes de delegaciones y el alojamiento de líderes de los gobiernos de la región también permiten que se mezclen las elites políticas chinas y locales. Estas iniciativas, consistentes en una ofensiva de seducción, permiten que China no solo coopere con los gobiernos de la región, sino también que conecte de modo más directo con la población en general.

Estas estrategias pueden interpretarse como parte de un esfuerzo más amplio, por parte de China, para hacer frente a la dominación occidental y promover la multipolaridad, al situarse del lado de los países en desarrollo y asumir una postura cada vez más activa en el seno de organizaciones oficiales, así como también en coaliciones más flexibles, que se esfuerzan por una reforma de la gobernanza global.

Dos hitos políticos que marcaron una sorpresiva señal de interés de China en el Atlántico Sur, y que representan también una especie de advertencia para los actores presentes en la región, son la visita de dos buques de guerra chinos al puerto de la ciudad sudafricana de Durban, la terminal portuaria más grande del continente africano, en noviembre de 2010, hecho que constituyó la primer incursión de China en el Atlántico Sur; y el amarre del destructor misilístico Lanzhou, la fragata Liuzhou y el barco de abastecimiento Boyanghu en el Puerto de Buenos Aires, el 30 de octubre de 2013, luego de haber cruzado el estrecho de Magallanes como una etapa en su gira alrededor del mundo. Estos dos hechos pueden interpretarse como un anuncio al mundo de que China tiene intereses en el Atlántico Sur.

Con respecto a la cuestión de las islas Malvinas, en el año 1994, durante una visita a Buenos Aires, el presidente del Congreso del Pueblo, Qiao Shi, manifestó su apoyo abierto a la reivindicación argentina sobre las islas y, desde entonces, lo ha hecho de forma reiterada. En la Jornada “Los intereses argentinos en el Atlántico Sur”, celebrada el 22 de noviembre de 2012 por la Cámara de Diputados de la Nación, Liu Yuqin, miembro del Grupo de Amistad de apoyo a Malvinas de China, expresó la simpatía con el pueblo argentino producto de que, a lo largo de la historia, China también fue víctima de la invasión y agresión del colonialismo y del imperialismo. Liu recordó que, en la década del ‘60, el gobierno chino expresó su firme apoyo a la Argentina en su justa lucha por defender la soberanía estatal, y a partir de abril de 1982, el Ministerio de Relaciones Exteriores de China ha afirmado en muchas ocasiones que la parte china comprende los sentimientos nacionales del pueblo argentino por recuperar y salvaguardar la soberanía estatal. La legítima demanda de la Argentina sobre las Malvinas debe ser respetada. Liu también recuerda, en su intervención, que la solución pacífica es la única salida aceptable y presenta la recuperación de Hong Kong como el ejemplo a seguir, negociaciones que comenzaron en los ‘80 y que recién finalizaron el 1° de julio de 1997, cuando Hong Kong fue finalmente devuelta por los británicos a la República Popular China, su legítimo soberano.

En lo que hace a la dimensión de la seguridad, los intereses de China en este campo en el Atlántico Sur están estrechamente relacionados con sus intereses en el comercio y la inversión, pero también van más allá de lo estrictamente comercial. A diferencia de las potencias occidentales, China no tiene una base permanente ni presencia militar en el Atlántico Sur. A pesar de que China ha expandido y modernizado sus Fuerzas Armadas, todavía carece de la capacidad de proyectar su poder militar más allá de su vecindad inmediata. Además, aunque sus preocupaciones en materia de seguridad en esta región del Atlántico han crecido y se han diversificado, estas no justifican todavía, económica y políticamente hablando, una presencia permanente en el área, especialmente una presencia que extendiera excesivamente el alcance de China. Finalmente, a pesar de las tensiones políticas ocasionales, China ha alcanzado un cierto grado de buena voluntad entre sus socios regionales y, por ahora, estos vínculos parecen ser suficientes para responder a las preocupaciones en materia de seguridad que tiene China respecto al Atlántico Sur.

Una de estas preocupaciones de seguridad es garantizar el uso seguro de las rutas marítimas, empleadas para el transporte de las exportaciones africanas a China, en especial teniendo en cuenta la inestabilidad en algunas zonas por la presencia de piratas y la creciente preocupación china con su seguridad alimentaria y energética.

La importancia geoestratégica del Atlántico Sur también ha cambiado debido al renovado interés en la Antártida. Varios actores clave en esta región, entre ellos Chile, Argentina y Gran Bretaña, tienen reivindicaciones territoriales que, en concordancia con el Tratado Antártico, se han comprometido a no ejercitar. Luego de haber sido excluida del Tratado original en 1959 por razones políticas, China adhirió al Tratado Antártico a mediados de la década de 1980. Casi de inmediato, estableció su presencia en ese continente con la construcción de dos bases, incluyendo la Estación Gran Muralla, ubicada a menos de mil kilómetros del Cabo de Hornos. Desde el año 2005, China ha perseguido un rol de mayor liderazgo en los asuntos antárticos. Además de modernizar sus bases, China construyó una tercera, la Base Kunlun, localizada a gran altura en el domo A, justo en el medio del territorio reclamado por Australia; y una cuarta base, la base Taishan, a 600 km de Kunlun y a 522 km de la base Zhongshan, actuando como punto medio entre ambas. No sólo Kunlun tiene vistas de todas las demás estaciones de investigación en el área, sino que también está idealmente localizada para recibir, enviar e interceptar señales satelitales. Pekín también ha establecido un instituto de estudios antárticos en Shanghai y ha reparado el rompehielos Xue Long, cuyas expediciones de investigación han sido sujeto de un esfuerzo propagandístico para mostrar el alcance global de China. Las expediciones de este rompehielos son publicitadas en la sociedad china y sus reportes suelen destacar los beneficios sociales y económicos de las investigaciones.

Estos beneficios económicos y sociales revelan los verdaderos intereses de China en la Antártida, más allá del énfasis científico que ha puesto este país en el continente blanco intentando, entre otras cosas, integrar equipos multinacionales de investigación, como el de la expedición del año 2012, que tenía integrantes de varias potencias centrales, entre ellas, de Estados Unidos, pero también de Taiwán, lo que le da a esta investigación una connotación política muy relevante. La política de la República Popular China hace énfasis en asegurar el exclusivo acceso a materias primas, y los yacimientos de gas, petróleo, carbón, hierro, uranio, oro, plata y cobre, entre otros recursos y minerales, resultan en exceso atractivos para China, aunque su explotación requeriría que el Tratado Antártico fuera reemplazado, por consenso de todos los miembros, por una convención que permitiese la minería, por eso este interés chino puede definirse como de largo plazo.

El interés más inmediato de China en la Antártida está relacionado con la pesca de merluza negra y krill y en asegurarse que las medidas de conservación no prohíban lo que China considera que es el uso racional de los recursos en el océano del Sur. La pesca de estos dos productos se controla siguiendo una aproximación sistémica a partir de la cual, para definir los límites de pesca sostenibles, se toma en consideración todo el ecosistema antártico, debido al rol clave que juega el krill en la alimentación de los pingüinos, focas, ballenas y otros mamíferos marinos presentes en la zona.

En síntesis, la República Popular China posee múltiples intereses, de distinta índole, que la impulsarían a incursionar en el Atlántico Sur y a transformarse en un actor de peso y con una presencia activa en esta región. La República Argentina debe aprovechar este interés de China para sumar un actor de peso que le dificulte el control de la zona a Gran Bretaña, ya que por sí misma no puede impedir la explotación pesquera y petrolera del archipiélago malvinense; aunque incentivar la llegada de China no debe implicar que la Argentina resigne soberanía ni permita la depredación de los recursos de sus mares a cambio, sino que el otorgamiento de licencias de pesca a China para fomentar la llegada de sus barcos debe estar acompañada de un estricto control. Ese control es fundamental si se quiere preservar la vida de las especies de la zona, pues es bien sabido que China tiene un apetito voraz e incontrolable por los recursos, que ha llevado a la depredación casi total de los recursos pesqueros presentes en sus mares en los ‘70 y ‘80. Se debe tener en cuenta que, lamentablemente, hoy, nuestro país no cuenta con la flota suficiente para llevar adelante esta tarea de controlar la zona económica exclusiva, pero es esta una inversión fundamental si se quiere desarrollar una política integral del Atlántico Sur.

También sería necesario que el gobierno de las islas Malvinas cesara el otorgamiento de licencias a barcos piratas con prontuarios de pesca ilegal que no cumplen con ninguna regulación laboral, ambiental ni de seguridad y que utilizan estas licencias otorgadas por el gobierno kelper para “blanquear” las capturas que comercializan en la Unión Europea y Asia. Sin embargo, no es de esperar que esto suceda, puesto que los ingresos por la renta pesquera representan el 34 por ciento del total de los ingresos de los 3200 habitantes que tienen las islas actualmente, los cuales presentan uno de los Productos Bruto Interno (PBI) más elevados del mundo.

Este incentivo a la llegada de nuevos actores debe necesariamente formar parte de una estrategia coordinada con las demás naciones suramericanas, con el objetivo imprescindible de elevar los costos de la ocupación británica y dificultar todas las actividades económicas que Gran Bretaña decida desarrollar en el archipiélago o en sus aguas adyacentes. En este punto, es fundamental involucrar a la República Oriental del Uruguay, cuyo puerto de Montevideo ofrece apoyo logístico a aquellos barcos que no tienen acceso a puertos de Argentina, Brasil o Chile, a partir de lo cual el Estado uruguayo obtiene ingresos al cobrarles por amarrar, por el blanqueo de la captura, por la carga de combustible y por brindarles el mantenimiento mínimo necesario para poder continuar con su actividad o para regresar a su país de origen.


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