Los Borbones Españoles y la Sociedad Rioplatense en el Siglo XVIII.

Por Jorge Osvaldo Furman

Nota editada por nuestro Director, Silvano Pascuzzo, en base a borradores y apuntes de clase, propiedad del Doctor Osvaldo Furman, hasta ahora inéditos.

En los años que transcurren entre 1665 y 1700, Carlos II, Rey de España y de las Indias, personifica la descomposición integral de la sociabilidad peninsular. En una mirada macro, el Monarca y su Corte se mueven con irresponsabilidad y sin plan alguno, en busca de un heredero que la figura enfermiza y atormentada del último de los Habsburgo no ha podido engendrar. Al llamarlo en las calles y en las plazas de Madrid, “El hechizado”, los majos y las majas definen a ésta personalidad gris, timorata e increíblemente ignorante, con un término que hace simultánea alusión a su impotencia en el lecho, como en la Política.

Como en un remate de quiniela, el Imperio Español en Europa es repartido entre sus enemigos con absoluto desparpajo. Holanda, Portugal, Austria, Francia e Inglaterra, se apoderan de trozos del mismo, amparados en argumentos militares, geopolíticos y dinásticos; que encubren las ambiciones de sus gobiernos y las tremendas debilidades del de su oponente. Sólo América permanece intocada, a pesar de que sus riquezas – Oro y Plata de México y del Perú – concurren a la formación de eso que Karl Marx llamara “la acumulación primitiva”, en manos de las burguesías de esas respectivas naciones, deseosas de hacer buenos negocios con la piratería, la evasión y el contrabando.

En lo socio cultural, la crisis del Reino se expresa por el estancamiento demográfico, la existencia de localismos acendrados, y un quietismo que se confunde a veces con holganza y pereza; sobre todo en la mirada de los extranjeros y en la de la élite culta de ideología ilustrada. Un país que ve agotarse su genio creativo, reducirse sus ambiciones geopolíticas y extenderse por doquier el hambre y la miseria, salpicados de islotes de opulencia y despilfarro.

La muerte de Carlos de Habsburgo terminará generando una crisis sucesoria, de enorme importancia para el equilibrio del Viejo Continente, y que derivará en la llamada: Guerra de Sucesión a la Corona de España; la que pondrá, frente a frente, a dos coaliciones poderosas, las que hasta 1715 se disputarán los despojos, sin vacilaciones ni tapujos. Este 1700 abrirá una centuria crucial para el Mundo y para América, lo que obliga a insertar al Río de la Plata en el contexto más arriba descripto.

Buenos Aires era, a principios del reinado de la Casa de Borbón, todavía un villorrio, y su campaña, un enorme y despoblado desierto; haciendo que sus habitantes, se dedicaran a actividades muy específicas; básicamente dos: las pecuarias – cuyo eje vertebrador eran las “vaquerías” o caza del ganado vacuno “cimarrón” o salvaje – y el comercio de exportación e importación – el contrabando – con las potencias marítimas de Europa.

La enorme estepa, llena de lagunas y cangrejales, contenía en su dilatada extensión, grandes cantidades de vacas y toros, traídos a la zona por las primeras huestes de conquistadores – las expediciones de Pedro de Mendoza y de Alvar Núñez – a mediados del siglo XVI. Estas cabezas de ganado eran la fuente primordial de riqueza nativa, y con autorización plena del Cabildo, grupos de peones contratados por capitalistas urbanos se dedicaban, de un modo primitivo, a la captura y comercialización de sebo, entrañas y cueros, para la industria extranjera; particularmente la británica. Una actividad que estaba en expansión, como antecedente de las estancias y saladeros que irían surgiendo, pocos años más tarde, en toda las zonas aledañas a la ciudad puerto.

Junto a la actividad pastoril y pecuaria, florecía el comercio; a caballo del famoso Tratado de 1715, que permitía por cupos el ingreso de negros esclavos, importados del África ecuatorial y occidental. Un comercio lucrativo, que llevaba anexo la autorización para extraer metálico de las Provincias interiores y el Alto Perú, de modo legal y, en gran medida, ilegalmente, a través de las factorías brasileñas y portuguesas.

Al carecer de oro y de plata, Buenos Aires se vio obligado a insertarse en el comercio global, por la puerta trasera del Potosí; ofreciendo al Capitalismo una factoría estratégica. Es comercial y es productiva a un tiempo; dando con ello origen a una burguesía agraria, con veleidades universalistas, cultura cosmopolita y ambiciones muy dilatadas en el tiempo y en el espacio. Junto con sectores populares acostumbrados a una enorme libertad de movimientos y de trabajo, activos en lo cultural y muy dinámicos en las formas diversas de su organización comunitaria, sobre todo en la campaña y los barrios periféricos de la Gran Aldea.

Es el Puerto una enorme grieta en el sistema monopólico de Sevilla y Cádiz; un enclave que, en alianza con sus mortales enemigos, viola las leyes de navegación y de comercio, y succiona recursos para financiar el desarrollo en países con abundante capital y recursos energéticos y monetarios ilimitados, en los albores de la Era del textil y de la aplicación del vapor a la producción de bienes de consumo.

Esos vínculos con el Mundo, hacen del Río de la Plata una joya extraña y peculiar, en los márgenes olvidados del Imperio; e infunden a sus clases dirigentes criollas, un espíritu abierto y alerta frente a los cambios y transformaciones del siglo. Cómo bien lo han señalado Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, se acostumbra a jugar un papel de díscolo en el conjunto institucional y político de las Indias Sudamericanas, más por necesidad que por dinámica propia. Los hijos de las familias acaudaladas marchan a estudiar a Europa, España y el Perú; donde aprenden las teorías económicas y sociales de la Ilustración, mediadas por los grupos más inquietos de la Iglesia – como franciscanos y jesuitas – en una adaptación tan vulgar como original.

En medio de un igualitarismo fundado en la pobreza espartana que generan los rigores del monopolio, los criollos – y los negros y mestizos – ven a España y al Rey como entidades no corpóreas, lejanas. No necesitan de su mediación para hacer fortuna, a pesar de que la misma no encuentra cauces para ser invertida con provecho y en favor del bienestar. Se gasta en abalorios y bienes suntuarios, o se reinvierte en juegos y, fundamentalmente, en el contrabando. No hay aristocracia de sangre, ni burguesía industrial, tampoco agricultores ni esclavos dedicados al cultivo de productos tropicales – como en Venezuela y Cuba, por ejemplo – sino ricos y pobres conviviendo con escasa distancia cultural y social, en una medianía que sorprende a los ocasionales viajeros que pisan el estuario del Plata; los que se manifiestan admirados de la vida pacífica y de cierta holgura de la que disfrutan los naturales, incluso los más pobres.

Ese escenario preparaba, de modo imperceptible, rupturas y conmociones futuras, a pesar de la aparente calma y el conformismo de vastos sectores, con un orden tradicional al que parecían acomodarse con grandes carencias y sacrificios. Los vientos huracanados del Mundo y de la Europa, junto la desarticulación de la Monarquía Hispánica, erosionada por múltiples factores internos, catalizados en una hora y momento precisos, por la chispa de un genio extraordinario, de fama militar y política sin igual en la Historia Contemporánea: Napoleón Bonaparte, Emperador de los Franceses.

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