Los actores del nuevo orden internacional

Por Matías Slodky

Teniendo en cuenta el escenario global, podemos auspiciar nuevos rumbos y tendencias que corresponden a un proceso que lleva años desarrollándose, como lo es la gestación y crisis del orden del modelo neoliberal, cuya consolidación y hegemonía a nivel internacional identificamos en el consenso de Washington, en 1992. Este proceso, no solo consolidó un plan o recomendación económica, como al principio parecía, sino que representó y encarnó un orden internacional neoliberal, sustentado y validado por un tipo de Estado Neoliberal en los países y un orden financiero a través de la globalización, que permitió generar un modelo de acumulación distinto, fiel a una minoría global, prodigando a su paso un gran daño en los distintos sectores de la sociedad y en las identidades colectivas (Fukuyama Francis, “Identidad”, 2018), generando respuestas de diversa índole, que demuestran un periodo de desglobalización, en conjunto con una vasta crisis de este modelo.

Por lo tanto, según el autor y economista chileno Carlos Matus1, podemos identificar un universo de posibilidades y probabilidades, entendiendo las posibilidades como un acontecimiento de ocurrencia plausible que pertenece a un conjunto de eventos igualmente plausibles, a la vez que requiere extraer información al universo de los acontecimientos que componen una situación.

Ahora bien, teniendo en cuenta estos conceptos, es central analizar el primer escenario, correspondiente al tendencial, definido a lo largo de la obra de Matus como el que trata de mostrar lo que sucederá si las cosas siguen como van. No obstante, no basta con pensar las tendencias que se pueden producir, se requiere explicar cuáles son los factores históricos, o nuevos, que influyen o contribuyen a que la tendencia esperada sea similar a la actual; es decir, se necesita precisar aquellos factores que hacen que la tendencia tienda a reforzarse.

En este sentido, si se denota la tendencia actual referida a la crisis del modelo neoliberal, a mi juicio representada, en gran parte, en la confrontación entre Estados Unidos y China, en todos los terrenos y niveles - el comercial, el tecnológico, el diplomático, el financiero, el comunicacional, el de política interna y el de las “zonas de influencia” geopolíticas, es decir, en la disputa del orden impuesto hasta la fecha, relevando un gran ascenso de China a nivel global y en la región latinoamericana, intentando desplazar la hegemonía americana que se encuentra en crisis hace largos años. Entonces, se debe primero explicar algunos factores históricos para reforzar este escenario tendencial.

El primero a seleccionar, es la influencia, desde el consenso de Washington hasta nuestros días, del Estado Chino a nivel global, como también su participación en el PBI global, igualando casi al norteamericano, recordando que, durante la década del ‘90, la participación global de China en la economía representaba apenas el 2%, pasando, al día de la fecha, con un crecimiento a tasas sorprendentes, a casi un 20%; mientras que Estados Unidos se ha mantenido estancado, incluso teniendo que enfrentar crisis sistémicas en su modelo, como la del 2000 y la más profunda - quitando la actual por el Covid-19 -, la crisis financiera del 2008.

Este dato contundente remarca la consolidación de China en el sistema internacional, lo cual también explica la política exterior de Trump desde su ascenso, para frenar el avance chino, disputando dentro de su país a favor de los sectores más nacionalistas e industrialistas, para encarnar un proceso nacional y desligar a Estados Unidos de acuerdos de libre comercio fieles al modelo Neoliberal, al que Trump culpa del estancamiento norteamericano y el ascenso de China.

Este proceso mostraba signos de recuperación económica y puestos de avance global de Trump en el sistema internacional, empujando a China a maniobras de defensa y de ralentización de su crecimiento. Sin embargo, la crisis del COVID muestra un cambio de rumbo en el intento norteamericano, ya que China promete seguir creciendo económicamente, mientras EE.UU. ha entrado en una crisis muy profunda, a lo que se suma las jugadas de Rusia en Europa para desplazar el mercado norteamericano energético, con la construcción del gasoducto North Stream 2, y la implementación de acuerdos económicos con China a través de la Ruta de la Seda, para consolidar una hegemonía y conexión territorial en todo el continente Asiático, desplazando cualquier posición norteamericana.

Hecho que ya se observa en Asia oriental, donde China ha ganado el control de los mares, ya anunciado por el propio congreso de EE.UU. y la Rand Corporation, como también por el “Military and Security Developments involving the People's Republic of China 2020”, en el cual el Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DoD)2 advierte sobre el proceso de modernización de las Fuerzas Armadas chinas en los últimos años, ya que la transformación de China como nuevo eje de la economía mundial le ha permitido aumentar su presupuesto de defensa, el cual se ha multiplicado por 10 en la última década, así como también incorporar nuevas tecnologías de uso civil, adaptándolas al ámbito de la seguridad y defensa. China también se ha transformado en el motor de la innovación y el desarrollo tecnológico, desplazando a los Estados Unidos en dos de los ejes que constituían los fundamentos del poderío norteamericano. Aún queda el tercero, que es la hegemonía del dólar, proceso que China está dispuesto a disputar con el lanzamiento del Petroyuan, su propia moneda virtual, y hacer del Yuan una moneda de reserva de valor a nivel global, promocionando jugosos swaps con países en vías de desarrollo.

En este contexto, siempre un viejo orden intentará permanecer y utilizar sus instrumentos para permanecer erguido, o incluso, como se observa en el caso estadounidense, desligarse del sistema internacional, antes de conceder cualquier tipo de cuestionamiento a su poder como actor del sistema; pensado en dicho escenario tendencial, la posibilidad de una regionalización de Estados Unidos para resguardar su influencia y evitar la disputa del escenario internacional.

Lo cierto es que las esferas del escenario internacional (anunciadas por Matus a lo largo de su obra) se ven interpeladas ante este proceso, arrojando un fenómeno de incertidumbre, donde las conjeturas que hagamos de un nuevo orden tendrán cierto grado de subjetividad, ya que, por el momento, no será verificable por una prueba experimental repetible, otorgando un fundamento evaluable pero no verificable. Pero sí marcando rotundos ejes de conflictos, algo que se vincula con lo expresado por Carlos Matus, ya que los actores, como se ha vislumbrado, tienen modos de conocer y apreciar la realidad, con sus consiguientes efectos sobre la acción, más en este contexto de disputa global.

No obstante, es central identificar el sentido en que gira este ordenamiento mundial en disputa y su impacto en nuestra región, y también en el caso argentino. Donde, por un lado, se ve una ofensiva de EE.UU. en los tratados encarnados con Brasil. Pero este proceso muestra una contracara, que son los acuerdos militares, comerciales y tecnológicos materializados por Venezuela con Irán y China. Mostrando un intento chino de avance en la región, más si observamos el intento de ampliar la ruta de la Seda a la región, donde Argentina se encuentra especialmente vinculado. No olvidemos que el principal socio comercial de Argentina ha dejado de ser Brasil, para pasar a ser China, proceso que intenta profundizarse con acuerdos de exportación ganadera, vía el famoso plan económico de consolidar granjas porcinas en nuestro país. Paradójicamente, lo mismo le ha sucedido a Brasil, a pesar de sus grandes acuerdos con Trump.

Por lo tanto, se vislumbra un escenario ambiguo para nuestros países, especialmente en el caso argentino, donde la política exterior está encausada en el devenir del orden internacional, acoplándonos según sea conveniente al proceso, pero sin una directriz clara ante la crisis del orden neoliberal. Incluso repitiendo errores que permiten la vigencia del modelo financiero neoliberal, sin poder cambiar o intentar otro modelo de desarrollo, donde el Estado neoliberal aún conserva su manutención.

En esta lógica, y en palabras de Matus, Argentina y parte de la región desarrollarán su juego y estrategias orientada a la Adaptación, donde “se busca lograr el mejor resultado posible sin intentar cambiar las capacidades de los jugadores ni las reglas del juego”; en otras palabras, un rol de dependencia, aspirando a resolver problemáticas coyunturales con resultados ambiguos. A pesar de que países como Venezuela y Brasil han decido su política exterior y destino, se diferencian de Argentina, que posiblemente siga profundizando acuerdos económicos primarios, con poco nivel de desarrollo con China, pero evitando disolver la relación con los entes financieros a los que la Argentina se encuentra atada financieramente.

Por lo tanto, es imperante que Argentina logre divisar el orden internacional cambiante y los nuevos actores que disputan los distintos escenarios. Para lograr, en base a eso, una correcta inserción estratégica en el sistema internacional, con diagramas y paradigmas pensados desde nuestro lugar en el mundo, rememorando aquella frase de Arturo Jauretche, que nos decía con tanta sabiduría: “No se puede pensar lo local desde lo universal, sino que, hay que pensar los universal desde lo local”.

Referencias

1- Matus, Carlos “Política, planificación y gobierno”.

2- Garcia Lucchesi, Lautaro “¿El Heartland cambia de manos?” (IV Conferencia Mundial de Relaciones Internacionales).

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