La Tradición, el Arte y lo Popular

Por Elías de la Cera

“Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”.


- Jorge Luis Borges.



Quisiera formular y justificar algunas proposiciones, algunas herejías, sobre el problema de la cultura popular y las tradiciones. Mi escepticismo busca evitar los temas retóricos, las abstracciones, las conclusiones patéticas, y los pseudoproblemas. Yo diría que intentaré diferenciar la concepción que se tiene sobre lo popular de lo verdaderamente popular.


Paradójicamente, la desmedida reivindicación de lo popular por sobre lo elitista, termina por generar una imagen artificial, idealizada, del pueblo, de lo popular y de las tradiciones. Empedernidamente imbuidos en algo que se llama batalla cultural (o algo por el estilo), se busca imponer una forma cultural por sobre otra, arguyendo, primero, que toda manifestación cultural tiene una connotación política; y, segundo, que esa connotación política moldea a capricho la subjetividad de las personas, alterando sus conductas y sus cosmovisiones.


Esa idea (que tiene menos de idea que de obsesión), propia de los pensadores de la perspectiva dirigencial de la Ciencia Política, o simplemente de alguien permeable a slogans aparamente profundos y fundamentados, tiene algo de arbitraria, de perversa, de reduccionista y de ignorante. “Todo es político” repiten hasta el hastío personas que buscan justificar sus acciones, utilizando la inapelable excusa de la omnipotencia política.


El amor, la música, la poesía, la belleza, la ciencia, la religión, la trascendencia, todo pareciera ser un mero atributo de la política. Pero, por suerte, sabemos que hay toda una vida fuera de la lucha por el poder (que es la política). El fenómeno artístico no surge a instancias del poder, pero tampoco surge a despecho; surge porque surge, basta con recibir un estímulo del mundo exterior y convertirlo en un símbolo. Para eso no hace falta ser político, tampoco hace falta ser artista, hace falta no permanecer insensible ante las estrellas, la lluvia, el fuego, la rosa, el amor.


El día de la tradición en Argentina siempre me pareció un poco extraño. No solamente por el hecho de realizar una cantidad de actividades y reivindicaciones que habitualmente pueden ser tranquilamente omitidas, sino por la obstinación y sacralización de una novela que muy pocos leyeron; El Gaucho Martín Fierro. Sin colaboración de razonamientos, se afirma que la tradición literaria y cultural argentina ya existe en la poesía gauchesca. Según este dogma, el léxico, los procedimientos, los temas de la poesía gauchesca deben ilustrar al escritor contemporáneo, y son un punto de partida, un arquetipo.


Propuso Lugones, en su obra El Payador, que poseemos un poema clásico; El Martín Fierro. Y que ese poema debe ser, para nosotros, lo que los poemas homéricos fueron para los griegos. Parece difícil contradecir esta opinión sin menoscabo de José Hernandez. Sin duda, El Martín Fierro es la obra más perdurable que hemos escrito los argentinos, pero no podemos afirmar que es nuestra Biblia, nuestro libro canónico.


Ricardo Rojas también recomendaba la canonización del Martín Fierro, y tiene una página en su Historia de la Literatura Argentina, en la que comete una gran astucia, solamente para robustecer su tesis. Rojas estudia la poesía de los gauchescos, es decir, la de Hidalgo, Ascasubi, Estanislao del Campo, Hernandez, y la deriva de la poesía de los payadores, de la espontánea poesía de los gauchos. Hace notar que el metro de la poesía popular es el octosílabo y que los autores de la poesía gauchesca manejan ese mismo metro, coligiendo que la poesía de los gauchescos es una continuación o magnificación de la poesía de los payadores.


Bartolomé Mitre dijo de Hernandez: Hidalgo será siempre tu Homero. Pero, en este caso, Rojas no lo toma a Hidalgo como un innovador, sino como un eslabón más en una cadena. Rojas hace de Hidalgo un payador. Sin embargo, según la misma Historia de la Literatura Argentina, este supuesto payador comenzó escribiendo versos endecasílabos, metro naturalmente vedado a los payadores, que no percibían su armonía.


Entiendo que hay una diferencia fundamental entre la poesía de los gauchos (popular) y la poesía gauchesca (invención artística, que podría ser juzgada de elitista). Basta comparar cualquier colección de poesías populares con el Martín Fierro, con el Paulino Lucero, con el Fausto, para advertir una diferencia abismal tanto en el léxico como en el propósito de los poetas. Los poetas populares del campo y del suburbio versifican sobre temas generales; las penas de amor, la ausencia, la soledad, y lo hacen con un léxico general, con un lenguaje limpio. En cambio, los poetas gauchescos cultivan un lenguaje deliberadamente popular y campesino. Hay una búsqueda intencional de palabras nativas, de una profusión de color local. Cualquier persona hispanoparlante puede entender la poesía de los payadores; pero, en cambio, necesitan un glosario para entender el Martín Fierro. Incluso los propios hombres del campo argentino necesitan ese glosario para lograr una correcta intelección.


Algo parecido sucede con el lunfardo, que tiene menos de expresión genuinamente popular que de preferencia artística (casi siempre humorística) de Vacarezza o de Gobello. Resulta ridículo pensar que el lunfardo tiene su origen en el malevaje de los suburbios, que alteraban palabras y establecían códigos para evitar que la policía los reprendiera. Como si los policías no conocieran esos mismos suburbios y no supieran lo que significa salir a lukiar. El lunfardo es, al igual que la poesía gauchesca, un género literario, y eso lo hace inmediatamente algo artificial.


No me gustaría demorarme mucho en decir que no pretendo quitarle mérito a la poesía gauchesca, al tango, ni a la cultura argentina. Todo lo contrario, a mi me gustan por lo que son; fenómenos artististicos, obras admirables plagadas de talento e inventiva. Pero no son de ninguna manera trabajos sociológicos, ni manifestaciones políticas. Son obras de arte y así deben ser juzgadas.


No hay nada más popular que el lenguaje formal y los sentimientos naturales de amor, angustia, soledad y alegría. Hace rato que tenemos una idea deformada de lo popular, más retórica que sobria, más idealizada que realista, más abstracta que concreta, más sectaria que popular.


A mí, como argentino, solo me queda esperar a que, en el cielo, me sea revelada la forma platónica de la literatura gauchesca, de nuestro tango, de nuestra tradición. Esa forma universal que apenas deletrean nuestros músicos, nuestros escritores y que tiene, aunque humilde, su lugar en el universo.


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