La Revolución de los Pueblos

Por Jorge Osvaldo Furman

El presente texto, es parte de una ponencia sobre la Revolución de Mayo, presentada durante unas jornadas de Ciencia Política, en la Universidad Nacional de la Matanza, en abril de 2010.

Desde 1816, Revolución adquiere otro carácter. Por un lado, se movilizan ejércitos que, para el escenario americano, son bastante grandes. San Martín y Bolívar hacen una guerra total, y a escala continental, a los realistas, que nuevamente aislados – por el cambio geopolítico de Inglaterra, enfrentada a la Santa Alianza – no consiguen impedir el avance convergente desde el Norte y el Sur, sobre Lima y la meseta altoperuana, su último baluarte. Vencen a la geografía, dilatando sus operaciones más allá de los Andes y los desiertos, para volcarse sobre el corazón del Imperio, en una operación concertada y eficaz, que tiene el sello de dos personalidades hercúleas.

Pero, al mismo tiempo, se desatan los conflictos por la hegemonía. Entre ellos, sí; pero también a sus espaldas, entre unos sectores políticos que especulan con el triunfo militar, para imponer su control sobre amplias zonas de América. A la guerra de Independencia le sigue, como correlato, la guerra civil. Y finalmente, la presencia de los pueblos en armas; acompañando ambos procesos, con su participación activa. Es que las aldeas y pueblos se han visto al fin involucrados, ante los avances de los ejércitos que los reclutan – desde diversos bandos – para sumarlos, en función de objetivos estratégicos demasiado lejanos e incomprensibles, para ganar su lealtad permanente.

En Venezuela y Nueva Granada; en Chile y la Banda Oriental; en Buenos Aires y el Alto Perú; negros, indios y mestizos se hacen soldados, en busca de una Libertad que no es claramente la de muchos de sus líderes. Significa la anteposición de sus costumbres y anhelos, por sobre las consignas ideológicas y los discursos políticos. Pelean por un cambio en la forma de vida que llevan, siempre en el marco de lo local, en el municipio; y como máximo, en la provincia. Se alinean detrás de caudillos militares a los que conocen por su origen, o por sus gestos y maneras, más que las élites urbanas, en las que no confían, en parte por desconocimiento. Algo que es, sin dudas, mutuo.

Su movilización permanente es crucial para comprender la dinámica de la Revolución desde 1816; algo que aparece a los ojos de los grupos dominantes, como la expresión de la barbarie y el despotismo demagógico. España retrocede – más precisamente sus partidarios – pero el escenario lo ocupan otros actores, no dispuestos a ceder sin lucha, frente a sus oponentes, el control de las Indias. San Martín y Bolívar, son las víctimas propiciatorias del faccionalismo y el localismo; que les impide a ambos crear un orden estable, en medio de la guerra civil. Uno, marcha al exilio, y el otro, es traicionado por unos lugartenientes a los que les preocupa la herencia por él dejada, más que la libertad del continente. Con ellos no sólo fracasa la Unión – más deseada que posible – , sino también la Política como actividad capaz de fundar instituciones sólidas y estables.

Artigas es, por ejemplo, en el Río de la Plata, la quintaesencia de lo popular. Tratado por sus enemigos internos de primitivo bandolero, expresa ambas tendencias: la masificación de la guerra y el localismo, con extraordinaria coherencia y gran fuerza de voluntad. Tiene un programa – que expresa por escrito, las instrucciones a sus diputados a la Asamblea Constituyente, reunida en Buenos Aires – que intenta copiar a la República Estadounidense, a quien admira y respeta. Sueña con una Confederación de Pueblos Libres, formada por pequeños propietarios rurales, al estilo de los partidarios de Jefferson, en los años inaugurales del siglo XIX; democrática e igualitarista. El caudillo es culto y valiente, es popular y sabe hacer la guerra de guerrilla, a los portugueses y a los porteños, mientras elabora planes políticos que pretende imponer tras la victoria sobre ambos.

Pero va a fracasar, y con él, un proyecto alternativo de carácter republicano. Es traicionado por sus propios correligionarios, quienes pelearán entre sí por la hegemonía; siendo derrotados a la vez, por actores con otros planes y objetivos; que no serán quedarse precisamente bajo sus órdenes. La Dictadura Rosista – popular y provisoria – resumirá las perplejidades del Poder, ante la Crisis de Legitimidad, que busca ahora cerrarse, por caminos autoritarios. Es claro que no podrá conseguirlo, y su caída reanimará, desde su punto de partida, las discordias de 1810, transformadas sólo capilarmente, por los personajes y los acontecimientos mismos.

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