La Pasión como medio: hacia un peronismo antihumanista

Por Daniel Barbajelata

Louis Althusser intentó, hacia mediados del siglo pasado, una lectura "estructuralista" (las comillas por lo vago del término) del marxismo. Planteando un quiebre en torno a 1845, la obra de Marx sería, hasta ese entonces, una (imbuida de hegelianismo subjetivista, humanismo, etc.) y otra, de carácter "científico" (misma acotación sobre las comillas), comenzaría a partir de ese

punto.


Es aproximadamente el momento en que comienza a interesarse y estudiar, con minuciosidad, el funcionamiento de la economía capitalista y en que el propio objeto le demanda una modificación epistemológica que corre al Sujeto para estudiar la anonimidad de un sistema. Es la etapa que, por supuesto, culmina con la publicación de los sucesivos tomos de El Capital.


Ese giro, que más que de índole epistemológico tiene rasgos ontológicos, es llamativamente análogo al que se produce, poco menos de un siglo después, en otro de los principales pensadores de (y el genitivo es tanto objetivo como subjetivo) la Modernidad.


A partir de la Kehre, Martin Heidegger no solo se aleja del método fenomenológico sino que abandona una obra que había sido criticada por antropológica y, por tanto, centrada en el Sujeto, para comenzar a analizar la "anónima" estructura del Ser, su historia, los cimientos de la Metafísica (como una de sus etapas) y el ambicioso proyecto de trascenderla.


Desde esta aproximación, y para lanzar apotegmas marketineros con el fin de atraer lectores a este sitio, voy a afirmar que el de Friburgo es el padre de lo que después se llamó, también un poco marketineramente, estructuralismo.


Lo que, a mi juicio, tienen en común todas sus vertientes es, precisamente, el corrimiento del Sujeto y, por lo tanto, el abandono del Humanismo concebido como ese proyecto de Ser en el que el Hombre está en el centro del Ente.


"El Nazismo es un Humanismo" decía Derrida para provocar, y tenía razón. Las corrientes estructurales estudian mecanismos anónimos en los que el Sujeto anda perdido como personaje kafkiano en pasillos burocráticos. Y esos sistemas funcionan de una forma que poco tienen que ver con la dialéctica. El proyecto estructuralista es, por lo tanto, anti humanista y anti hegeliano.


Ese giro filosófico abarcó a todas las formas del pensamiento, entre ellas la de lo político, y, como insinuaba al comienzo, planteó la reapropiación de herramientas conceptuales y prácticas ya existentes.


El peronismo es en Argentina, entre otras muchas cosas, una forma de aprehender el fenómeno político, por lo que una aproximación estructuralista no solo es plausible sino, en mi opinión, necesaria.


¿Se trataría de un peronismo sin Sujeto Pueblo? No, sencillamente porque para el estructuralismo el Sujeto no está borrado, en todo caso está "barrado" (la S tachada de Lacan). Es decir, está desustancializado, está construido sobre una falla y no es el artífice sino más bien la consecuencia de un determinado cruce estructural (no sería por lo tanto el equivalente filosófico del peronismo sin Perón).


El Pueblo sigue siendo el Sujeto, como en cualquier fenómeno genuinamente populista (es decir, democrático). Pero se trata de un sujeto que se construye a partir de un antagonismo y, por lo tanto, de un exterior constitutivo.


No hay dos polos sustanciales previos a la diferencia, sino que lo originario es precisamente el conflicto. Es, a través del antagonismo, que se construye un sujeto hegemónico que, por lo tanto, no puede ser sustancial.


Sí lo es para su discurso, para un relato que busca cohesionar. En cuanto sujeto del enunciado, es un todo coherente, una Identidad forjada a través de un Significante, de una Historia, de una mitología, de una mística.


Pero, en cuanto sujeto de la enunciación, es un amalgama fragmentario de contingencias. Por supuesto, esa contingencia no se puede enunciar, ni siquiera desde una aproximación histórica. Toda identidad (de partido, de Estado Nación, de clase social) se funda en una narrativa de origen que legitima, dignifica, religa y, sobre todo, borra el carácter contingente. No hay

Identidad sin mito.


La mística que emana del relato mítico es el equivalente al rol que, como Astucia de la Razón, juega la Pasión en la dialéctica histórica de Hegel. La narrativa emotiva, el significante cruzado por el Deseo, empuja la Historia. La Pasión puso las patas de los cabecitas negra en la fuente y movió la Historia, sacando a la superficie una nueva configuración estructural de la que emanó

ese Sujeto.


¿Cuáles son las implicancias de esa desustancialización en la praxis política? Por empezar, el abandono de las idealizaciones romantizantes (toda romantización es una despolitización) y el énfasis en algo que el peronismo lleva en su ADN cantado: la realidad efectiva. Concepto literalmente hegeliano, la wirklich no es lo dado, sino aquello mediado por la actividad humana.


Las sustancializaciones humanistas, las hipóstasis de conceptos, las idealizaciones sacralizantes y su instrumentación a través de la Pasión en la Mística son imprescindibles, en democracias de masas, para cohesionar voluntades y fortalecer el Sujeto (estructuralmente vertebrado) en una correlación de fuerzas adecuada.


Lo contingente de la configuración histórica y política no puede ser consciente para el Sujeto popular de masa (de eso de trata la dinámica de la Astucia de la Razón) si busca performatividad, incidir en la Realidad Efectiva.


Las idealizaciones cumplen el rol de "fantasma", de configuración imaginaria (lo imaginario como registro, no como descripción peyorativa) que suture la aleatoriedad fundacional de la Identidad de ese Sujeto.


Solo en este caso una idealización puede ser instrumental a un proceso de politización, es decir, en la medida en que sea un medio y no un fin. Y esa función de medio (así como la radical contingencia que viene a suturar) debe ser plenamente consciente para los encargados de postular los objetivos y diseñar las estrategias y las vías de acción.


¿Existe un hiato, por lo tanto, entre los primeros y los segundos, entre el Pueblo estructural y contingentemente vertebrado y los pobres desencantados, los "psicóticos" que, conociendo esta contingencia deben trazar, sin idealizaciones ni ingenuidades, las acciones para modificar la realidad efectiva?


Puede, pero no debe. La comunidad de objetivos e intereses no necesariamente debe verse quebrada por los diferentes niveles de consciencia.


Que no tenga sustancia no significa que el Pueblo (así estructurado) no sepa lo que tiene en común y hacia dónde debe dirigir sus esfuerzos. Suele saberlo a través de otros medios, canales de conocimiento donde la Mística es plenamente efectiva. Quienes la conciban como medio deben (y la custodia es una de las tareas de los de abajo) diseñar sin ella las estrategias para llegar a los objetivos de aquel.


Abundan las frases de Perón sobre la relación entre la masa y sus representantes. Desde la descripción de los dos lugares que puede ocupar "la cabeza de los dirigentes", hasta el imperativo de haber surgido del Pueblo, una de las condiciones de todo genuino populismo (como expresión del fenómeno democrático) es, no la representatividad, sino la consustancialidad entre los líderes y el Pueblo.


Los dirigentes "interpretan" los objetivos del pueblo: traducen lo que se expresa intuitivamente mediante imágenes, sensaciones e idealizaciones, al frío lenguaje de la estrategia política. Transformar la diferencia de lenguaje en heterogeneidad sustancial es una de las peligrosas posibilidades que, frecuentemente, se han concretado a lo largo de la historia.


El otro peligro consiste en el embelesamiento, por las imágenes, de quienes deben ser conscientes de la contingencia; precisamente, perder la perspectiva de la Pasión como medio. El equipo que se hace hincha de su hinchada tiene pocas posibilidades de salir campeón.


Toda Identidad se construye a partir de un mito de origen, una narrativa, una mística que da sentido y hace históricamente necesario ese Sujeto. La constante conciencia de la contingencia no solo es desintegradora sino que paraliza. El Mito es necesario para existir y para obrar. No se puede vivir sin fantasma pero, cada tanto, alguno debe recordar que es tan solo un medio.

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