La Necesaria Desarticulación de la Argentina Liberal. Un Imperativo Estratégico

Por Silvano Pascuzzo

Luego de semanas en las que la atención del Gobierno Nacional pareció estar focalizada únicamente en el tema de la pandemia del COVID 19, hay signos de que ha decidido avanzar con unos pocos pero importantes temas, a partir de la constatación de que había poca, o casi ninguna, iniciativa política en otros campos ajenos al de la salud. El Presidente y sus ministros, a medida que se van normalizando las actividades económicas y productivas en muchos lugares del país, empiezan a elaborar planes de reactivación y también a despejar el camino de obstáculos, para implementar políticas de mediano y largo plazo. Al menos, eso parece desde la perspectiva de observador, que es claro, la nuestra.


Decíamos la semana pasada, en nuestra nota sobre las indefiniciones estratégicas del Frente de Todos, que si no se desarmaban las estructuras putrefactas dejadas por el Macrismo, sobre todo en los frentes judicial y del espionaje clandestino; iba a ser imposible – más allá de las buenas intenciones –llevar adelante cambios en la Economía y la Sociedad, que fueran algo más que expedientes de emergencia. Todos sabemos que los factores reales de poder todavía conservan el control de áreas cruciales dentro y fuera del aparato del Estado, y que tienen sus hombres, incluso, al interior de la coalición oficialista. La victoria sobre Cambiemos debe ser el principio de una batalla de más largo aliento, en la que – experiencias anteriores lo indican – las tensiones entre aliados deberán necesariamente producirse.


Pero el verdadero problema, la cuestión central, no es, en el fondo, la perduración intacta de una alianza electoral; sino la línea, el rumbo estratégico del Gobierno emanado de ella. Y aquí, es ineludible referirse a las limitaciones internas y externas con las que los actores principales – los que deciden – tendrán que toparse, si es que de verdad persiguen un cambio, que profundice lo hecho entre 2003 y 2015, superando los errores, sin abjurar en esa enmienda, de los principios esenciales, sin los cuales la Política se vuelve un mero juego táctico.


La configuración del Orden Mundial es muy distinta de la de los años fundacionales del Kirchnerismo. Estados Unidos y Europa están en una crisis muy profunda, que es de hegemonía – por no decir de “civilización” – ante el embate de China y Rusia, que irrumpen con fuerza en su reconfiguración política y económica. América Latina es gobernada por una derecha conservadora brutal y oligárquica, que antes de la pandemia estaba amenazada por la protesta popular y la falta de ideas efectivas para achicar las enormes desigualdades existentes en todas las naciones que la componen. El virus no ha hecho más que poner en evidencia la falta de sensibilidad frente a la muerte, la oscura ambición y el faccioso egoísmo que portan – orgullosos y ciegos – los personeros de los grupos dominantes.


La deuda externa, al mismo tiempo, vuelve a poner límites a los estados, con su enorme peso. Aquí – lo mismo que en el tema sanitario – los gobiernos funcionan, a todas luces, como agentes de los intereses usurarios de la banca internacional y los fondos de inversión; en un maridaje que, por escandaloso, no es menos real y efectivo. El Capitalismo – como siempre lo ha hecho – continúa transformándose a gran velocidad en lo productivo y en lo tecnológico, a la par que conserva su esencia: distribuye desigualmente los bienes y servicios disponibles y acumula, en muy pocas manos, enormes riquezas, con las que juega en la timba financiera con absoluto desparpajo y sin pudor.


Argentina – todos los sabemos – ocupa en éste tema un lugar central. Y el Gobierno parece haber manejado la cuestión con inteligencia y buen instinto. Es posible que acuerde con los acreedores una quita y un diferimiento de plazos, y que con ello obtenga aire para que lo recaudado luego de la pandemia, sirva para reactivar la producción y el consumo. Gracias al apoyo de actores exógenos, y a la necesidad del FMI de legitimar sus políticas anteriores, con un lavado de cara; vamos a ser, una vez más, un caso testigo para otras naciones en igual situación que la nuestra. Si utilizamos estas condiciones con inteligencia, los frutos serán muchos y muy buenos.


En lo interno, se hace cada día más necesario desmontar el aparato corrupto y conservador que maneja a la Justicia Federal – y también local – en la Argentina, desde tiempos inmemoriales. Hay que cumplir la promesa de “liquidar los bajos fondos de la Democracia” sin pérdida de tiempo y con absoluta falta de escrúpulos, si no queremos toparnos dos veces con el mismo obstáculo. Periodismo, espionaje y administración de Justicia, son tres patas de una estructura mafiosa, puesta al servicio de la extorsión y los negocios. Y no alcanza con limitar fondos reservados. El escarmiento – respetando las leyes y las garantías de todos y todas – es esencial para que “Nunca más” vuelvan a permitirse determinados sectores manipular la información en pos de objetivos inconfesables. Debe haber castigos, no debe haber impunidad.


Con la evasión de divisas y la fuga de capitales, ocurre lo mismo. El país sufre la falta de dólares desde hace décadas, porque una parte de la burguesía, se dedica a exportar el producto del esfuerzo colectivo, para hacer negocios financieros y especulativos en los mercados globales, dejando aquí tierra arrasada. Cortar esos circuitos, exponer sus mecanismos de funcionamiento a la luz pública y sentar en el banquillo de los acusados a los responsables es esencial, si no queremos que dentro de diez o quince años, la Historia vuelva a repetirse.


Retomar la agenda estratégica es, hoy, terminar con males endémicos, como los que hemos enumerado. Y para eso hace falta coraje, audacia y voluntad. Está claro que hay quienes creen que con cambios de elencos y un modo más suave, los problemas se solucionarán por generación espontánea, que la grieta se cerrará y todos se pondrán con desinterés a trabajar por los intereses nacionales.


Nosotros creemos que es más complejo que eso el desafío que hay por delante. Y que, si no se plantean objetivos que incluyan la desarticulación del país heredado de la Dictadura cívico militar de 1976 y del Neoliberalismo de los ‘90, la frustración y la desigualdad seguirán siendo la tónica en la que nuestras vidas deberán transcurrir en los próximos años. Eludir esa responsabilidad puede ser, en éste contexto, no sólo un acto de cobardía, sino una enorme equivocación, de enormes consecuencias a futuro.

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