La Historia lo Absolvió

Por Elías de la Cera

“José: nos hace falta una carga de aquellas

cuando en el ala bélica de un ímpetu bizarro,

al repetido choque del hierro contra el guijarro,

iba el tropel de cascos desempedrando estrellas”.


-Rubén Martínez Villena.



Si de estar encerrado, aislado y confinado se tratase; remontarse a los interminables setenta y seis días de presidio que padeció Fidel Castro, mencionados en su alegato de autodefensa: “¡Condenadme! ¡No Importa! ¡La Historia me Absolverá!”, puede resultar de sumo interés. No solamente porque hoy nos llama la atención todo lo que tenga que ver con el encierro (en algún momento tocará decir algo respecto del repentino amanecer poético en personas que, cuando podían ejercer su plena libertad para circular, han permanecido militantemente al margen de toda permutación literaria) sino porque todo lo proclamado en ese alegato, nos puede ayudar a entender (parcialmente) ese ápice vertiginoso del tiempo al que llamamos; actualidad.


Se escribe por necesidad, no por aburrimiento, y la necesidad que urgía a Castro, era la de poder defenderse ante los señores magistrados del juicio iniciado en su contra, el 16 de Octubre de 1953, por los asaltos al Cuartel Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, ubicados en Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente.


Pasando por alto los menesteres jurídicos que Fidel expone magistralmente, pero que están lejos de mi escasa y vaga erudición; podríamos centrarnos en los objetivos de la revolución que encabezaron: Fidel Castro, Raúl Castro, Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos.


Galbraith decía (o se olvidaba de decir) que hay tres condiciones que son absolutamente esenciales para que una revolución triunfe, y deben darse simultáneamente. Tiene que haber líderes con determinación, hombres que saben exactamente lo que quieren, hombres que saben que pueden ganarlo todo, y también perderlo todo. Tiene que haber seguidores disciplinados, hombres que acepten las órdenes sin pensar por sí mismos. Tenemos la impresión de que tal sumisión es incompatible con una orientación revolucionaria, con frecuencia la gente que participa en revoluciones, piensa por sí misma, pero esto no puede permitirse (si se quiere el triunfo). Por último, el otro bando tiene que ser débil. Todas las revoluciones, no son más que una patada contra una puerta podrida. Un grupo de hombres que cargan sin piedad contra un poder vacío.


La posibilidad de éxito de la revolución se basaba, entre otras cosas, en el orden social que regía en Cuba, porque los líderes tenían la plena seguridad de que iban a contar con el respaldo del pueblo. Otorgándole a la abstracción “pueblo” una interpretación jacobina. Vale decir: los sectores acomodados y conservadores de la nación, a los que les viene bien cualquier régimen de opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo, no serán considerados parte del pueblo.


El pueblo son los, entonces, seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente. Los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables. Los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del usurero. Los cien mil pequeños agricultores que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya. Los treinta mil maestros y profesores que tan mal se les trata y tan mal se les paga. Los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas. Los diez mil jóvenes profesionales: médicos, veterinarios, dentistas, farmacéuticos, etcétera. ¡Eso es el pueblo cubano!


Entonces, es a ese pueblo al que se le proclama las seis leyes revolucionarias para que salgan a conquistar aquello que se les está negando; la libertad y la felicidad.


La primera ley le devolvía a ese pueblo la soberanía, proclamando la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado, ya que el país padecía de una dictadura sangrienta desde el 10 de Marzo de 1952. La segunda ley revolucionaria concedía la propiedad inembargable de la tierra a todos los colonos, subcolonos, arrendatarios, aparceros y precaristas que ocupasen pequeñas parcelas de tierra. La tercera ley otorgaba a los obreros y empleados el derecho de participar del treinta por ciento de las utilidades en todas las grandes empresas industriales, mercantiles y mineras, incluyendo los ingenios azucareros.


Luego, tenemos la ley que concedía a los colonos el derecho a participar del cincuenta por ciento del arrendamiento de la caña y la cuota mínima de cuarenta mil arrobas a todos los pequeños colonos que llevasen tres o más años establecidos. Pero, a los fines de lo que generosamente podríamos llamar: “este artículo”, las dos leyes que siguen son axiales para entender el panorama internacional actual.


Resulta ser que la quinta ley revolucionaria ordenaba la confiscación de todos los bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos en cuanto a bienes percibidos por testamento o abintestato de procedencia mal habida. La mitad de los bienes recobrados pasarían a engrosar las cajas de los retiros obreros y la otra mitad a hospitales, asilos y casas de beneficencia.


Y, finalmente, la más importante. Se declara que la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del Continente y que los perseguidos políticos de las sangrientas tiranías que oprimen a naciones hermanas, encontrarían en la patria de Martí, no como antes de la revolución, persecución, hambre y traición, sino asilo generoso, hermandad y pan. Cuba se convertiría en un baluarte del humanismo y no en un eslabón vergonzoso de despotismo.


Esta pandemia nos ha revelado, cuán ruin y pechador puede ser el gobierno de una nación. Cuba, ese país acusado de terrorismo, de narcotráfico, de despotismo, de corrupción, de demagogia, etcétera. Es la única nación que, desinteresadamente, le brinda a las poblaciones de los países más afectados, el inmejorable amparo de sus profesionales de la salud.


Sin duda, Fidel Castro quedó absuelto. La patria que liberó allá por el 1 de Enero de 1959 se perfila como uno de los pocos rostros humanos en tiempos en donde lo único que se globaliza es el egoísmo y la avaricia.



“Cuba nos une en extranjero suelo,

auras de Cuba nuestro amor desea;

Cuba es tu corazón, Cuba es mi cielo

Cuba en tu libro mi palabra sea”.


José Martí.

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