La Guerra Por Clío

Por Elías de la Cera

Comenzaba a publicarse, lease con voz de italiano resfriado como decía Víctor Hugo, la revista “Annales d'histoire économique et sociale”, allá por 1929 en París. Dirigida en societé por Lucien Febvre y Marc Bloch, dos jóvenes profesores de la Universidad de Estrasburgo que tenían el firme propósito de potenciar el campo de la historia económica y social, abrirse a la colaboración con otras disciplinas sociales y romper, verbo inherente a los hombres de genio, los compartimentos especializados de los historiadores que trabajan en períodos o temáticas determinados.


De manera que Annales, ya no tanto como revista sino que más bien como escuela de pensamiento, se propuso tomar el legado de una serie de tendencias en las ciencias sociales francesas. Tal es el caso de la geografía humana de Vidal de la Blache, la sociología de Durkheim y, sobre todo, en el terreno de la historia, Henri Berr con su famosa revista de la síntesis histórica a la que tanto Febvre, como Bloch, han contribuido con excelencia.


El Collège de France en el caso de Febvre, y la Sorbona en el caso de Bloch, fueron testigos del implacable ascenso personal que tuvieron desde 1939 hasta 1944, ya que, en Junio de ese año, socolor de la humillante ocupación de Francia por las tropas alemanas, Marc Bloch, perseguido por su origen judío, fue detenido, torturado y asesinado por la Gestapo en Lyon.


Con la liberación de París y el Gobierno Provisional de la República Francesa, comandado por Charles de Gaulle, se abría una nueva etapa en Francia y, en 1946, una nueva etapa se abría en Annales, ahora bajo la dirección personal de Lucien Febvre y con el título: “Annales. Économies, Sociétés, Civilisations”. La naciente escuela de Annales vió aumentar considerablemente su influencia social a partir de la entrada, desde 1947, del director y del equipo de la revista en la VI edición de la École pratique des Hautes Études. Allí enseñaron el propio Febvre, Charles Morazé, Ernest Labrousse, Fernand Braudel, André Leroi Gourhan, Henri Lefebvre y Claude Lévi-Strauss y, como si anduvieran escasos de talento, en años posteriores se sumaron Raymond Aron, Roland Barthes, Pierre Bourdieu, Jacques Derrida, René Taton, y una larga lista de etcéteras que, con sus aportes, situaron a la revista en el centro de la vida intelectual francesa.


A estas alturas la escuela ya había definido su doctrina, basándose en dos textos que conforman la base medular de la nueva historia. Uno de Bloch, “Apologie pour l'histoire” y el otro de Febvre; Combates Por la Historia, obra que se convertiría en una de las referencias fundamentales de la renovación de la historia, a partir de unas propuestas expresadas en un texto claro y de una calidad literaria propia de un francés. Condenando la erudición estéril y la historia estrictamente política que establecía los hechos a partir de los textos, Febvre define la base de la nueva historia sobre tres afirmaciones (esta es la parte en donde el estudiante empieza a resaltar antes que a entender).


La primera es la concepción de la historia como el estudio científicamente elaborado de las diversas actividades y las diversas creaciones de los hombres de otro tiempo. En segundo lugar, la afirmación de que la nueva historia con la que se pretende reemplazar a la tradicional, dedicada exclusivamente a la política, no podía ser simplemente una historia económica y social porque “Economía”, mal que le pese a los periodistas, no es un término que merezca una posición de privilegio y “Social” termina por no significar absolutamente nada, sino que la propuesta era relacionar todos los diversos aspectos de la vida del ser humano, sin ningún tipo de jerarquización, estudiando la armonía que se establece espontáneamente en todas las épocas entre las diversas y sincrónicas condiciones de existencia.


Entre profesionales de la ciencia se suele hablar con frecuencia de lo político, lo cultural, lo económico, lo social; siempre me ha parecido una muletilla innecesaria, un berretín sin sentido. Como si la vida fuese un rato política, un rato social, un rato económica y un rato cultural. Como si esas fronteras fueran infranqueables. Como si todo no perteneciera al río de Heraclito que es la historia, el tiempo y el espacio.


Finalmente, en tercer lugar, la defensa de la colaboración de la historia con las ciencias aledañas y la propuesta de modernizar sus métodos de trabajo, rompiendo la limitación que suponía la dedicación exclusiva al documento escrito.


“Organizar el pasado en función del presente” rezaba Febvre. Para convertir la historia en un saber relevante para los hombre de nuestro tiempo. En contravención con la máxima conforme a la cual la historia se hace con textos, que había dado toda una generación de estudiantes formados en una cultura que se basaba en los textos, el estudio de los textos, la explicación de los textos, la veracidad de los textos, la falacia de los textos, la demostración de la falacia de esos textos, la demostración de la falacia de los textos que antes eran veraces. Trabajo un tanto ridículo, sedentario, oficinesco. Para colmo de paradojas, ni siquiera eran capaces de brindar una explicación crítica de un texto; la historia se hacía exclusivamente con palabras, fechas, nombres de lugares y de hombres.


Febvre propone, en un consejo que claramente va más allá de los historiadores, abandonarnos al mundo de la artesanía intelectual, desdeñar un poco el rigor estadístico y cronológico al que Michelet proponía seguir sutilmente envés de rigurosamente, y de lo tantas veces creado por el historiador, lo inventado y lo fabricado con la ayuda de hipótesis y conjeturas, mediante un trabajo delicado y apasionante. Remitirse a la duda cartesiana, ya que los misterios aumentan el volumen de lo que debe ser aclarado. Son, dice Febvre, como desiertos infinitos en medio de los cuales es apasionante hacer brotar, si se puede, pozos de agua y alumbrar, partiendo de la nada y mediante la potencia de laboriosas investigaciones, oasis de conocimientos nuevos.


No pienso demorarme demasiado en analogías con respecto a la Argentina. Simplemente, podría decirse, que en nuestro país ni la Historia Oficial, ni el Revisionismo Histórico, ambos demasiado preocupados por la reivindicación de un prócer en detrimento de otro, alegando que tal es un tirano, y que tal otro es un cipayo; ha intentado un estudio como el que propone Febvre.

La historia es algo más que Rivadavia y Rosas. Si no logramos sortear este tipo de discusiones, por ejemplo, reconociendo en ambos a dirigentes que han defendido valientemente la soberanía nacional, estamos en graves problemas. Quiere decir que somos incapaces de organizar nuestro pasado en función del presente, que no podemos alumbrar con la luz de lo permanente los hechos cotidianos, que discutimos sobre cosas sin importancia, que sacralizamos bagatelas, y que somos todo lo que Bloch y Febvre detestaban; una casta de estudiantes privilegiados apegados a textos soñolientos que no son otra cosa que fotocopias resaltadas o doctos volúmenes polvorientos en una biblioteca.

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