La Geoglobalización: un enfoque para entender el Orden Internacional

Por Matías Slodky

El gran tractor que representaba el fenómeno del modelo neoliberal parece haber encontrado vastas contradicciones en el actual contexto internacional, acelerado, entre otras cosas, por la pandemia del COVID-19. Este modelo económico y político ha sido esparcido desde la década del ‘70, y consolidado globalmente en la década de los ‘90, casi como principio ordenador, a través del consenso de Washington de 1992, el cual fue presentado como una teoría y modelo práctico que pretendía, al principio, ordenar tras de sí al mundo; pero la forma en que este modelo sacrifico el desarrollo, aniquilando y sometiendo - incluyendo nuestro caso - a los países que lo aplicaron, prodigando crisis e inestabilidad sistémica, permiten reabrir las posibilidades de pensar nuevos escenarios mundiales.

El avance del neoliberalismo y su gen en la globalización financiera, comunicacional y productiva ha sometido a la mayoría de los frentes nacionales de los países donde se ha consolidado, en un periodo caracterizado por el retroceso de los movimientos sociales, luego de la ola de levantamientos a fines de la década del ‘60. La derrota estratégica de estos frentes y la conversión de los partidos socialdemócratas, que habían edificado los famosos Estados de bienestar, para pasar a ser los mejores alumnos del capital financiero y las reformas neoliberales ejemplifican lo enunciado.


También se agrega a lo descrito, el cambio en la correlación de fuerzas que auspicia este modelo, donde las élites económicas y sociales avanzan sobre cualquier intento de desafío o cuestionamiento a su poder, dando lugar a la estrategia de arrasar con todas las estructuras colectivas que puedan obstaculizar la lógica del mercado puro.


Sin embargo, el periodo neoliberal y de la globalización ha incurrido en una situación de anacronía bastante notoria en los últimos años. El daño ocasionado en los distintos sectores de la sociedad y en las identidades colectivas, debido al continuo culto del individualismo, ha generado respuestas de diversa índole, que demuestran un periodo de desglobalización, en conjunto con una vasta crisis de este modelo.


Algunas de estas tendencias han sido la confrontación entre Estados Unidos y China, en todos los terrenos y niveles - el comercial, el tecnológico, el diplomático, el financiero, el comunicacional, el de política interna y el de las “zonas de influencia” geopolíticas -, estimula una aceleración en la crisis del modelo neoliberal impuesto, que se podría erosionar más aún, en caso de una reelección del mandatario norteamericano Donald Trump, quien hasta la fecha se encuentra en una pequeña desventaja según las últimas encuestas.


La política de Trump, se ha impuesto en un contexto donde el Estado Chino posee más influencia a nivel global, como también en su participación en el PBI global, igualando casi al norteamericano, recordando que, durante la década del ‘90, la participación global de China en la economía representaba apenas el 2%, pasando al día de la fecha, con crecimiento a tasas sorprendentes, a casi un 20%, mientras que Estados Unidos se ha mantenido estancado, incluso teniendo que enfrentar crisis sistémicas en su modelo, como la del 2000 y la más profunda - quitando la actual por el Covid-19 -, la crisis financiera del 2008. Es por esta razón que la política de Trump se propone utilizar todos los recursos que tienen a su disposición, a lo largo y ancho del planeta, que son múltiples y diversos, para doblegar a su rival y revertir esta situación.


A su vez, en el proceso desglobalizador, la pandemia del COVID-19 ha sido un poderoso acelerador de directrices; la globalización ha sido un veneno letal, que demostró la dependencia de los países hacia las zonas donde las élites financieras han deslocalizado sus productos para producir a un menor costo, mientras los organismos multilaterales quedan obsoletos ante un continuo retroceso del comercio internacional y cercamientos de fronteras. Incluso, repasando los hechos de las últimas semanas, donde Trump ha acusado a la OMC de ser una organización oscurantista y garante de los intereses chinos, ya que ha fallado a favor de este en cuanto a varios aranceles impuesto por Estados Unidos.


No obstante, es central identificar el sentido en que gira este ordenamiento mundial en disputa, con grandes posibilidades de cavilar hipótesis de conflictos. El caso latinoamericano es realmente notorio para diagramarlo, pues el gobierno de Trump busca cooptar áreas de geoinfluencia estratégica, que limiten la expansión del gigante asiático, pues se entrevé, en su discursiva, que la globalización ha permitido a China poseer tal status y poderío global, de modo que la guerra comercial, financiera y tecnológica de los últimos años no sido solo porque queda bonito en Twitter. En este sentido, los tratados encarnados entre Estados Unidos y Brasil son cruciales en el avance en la región, con el objetivo de incorporar la industria de Defensa brasileña al inmenso complejo militar industrial norteamericano, con una inversión de casi 100.000 mil millones de dólares, entre capacitación militar, equipamiento y armamento, tal cual se observa en el lote de tanques blindados que ha enviado Estados Unidos para Brasil.

Por otro lado, la contracara de este punto son los acuerdos militares, comerciales y tecnológicos materializados por Venezuela con Irán y China, proceso que reluce la capacidad militar venezolana a niveles sorprendentes, en un contexto donde se recrudecen las tensiones entre las fronteras de Venezuela y Brasil. Perfilando un escenario bélico, con influencias e intereses extranjeros como algo no tan descabellado, más aún cuando el Secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, expresó su decisión de visitar la frontera brasileño-venezolana para “seguir trabajando” en la caída del presidente bolivariano Nicolás Maduro. Y, por el otro lado, Irán, que sigue aprovisionando a Venezuela, promete respuestas más duras al ataque norteamericano.


Sin contar la intención ya manifestada de China, en los últimos años, de fomentar su geoglobalizacion en su región, en el proceso de reencarnar la vieja ruta de la seda con los países del Medio Oriente, con quienes China posee relaciones comerciales, hasta llegar a Rusia. En este proceso, China observa una posible vinculación de nuestra región a ese gigantesco mercado, que la verifica como una continua amenaza al avance de Estados Unidos en la región. No olvidemos que el principal socio comercial de Argentina ha dejado de ser Brasil, para pasar a ser China, proceso que intenta profundizarse con acuerdos de exportación ganadera, vía el famoso plan económico de consolidar granjas porcinas en nuestro país. Paradójicamente lo mismo le ha sucedido a Brasil, a pesar de sus grandes acuerdos con Trump.


El proceso de desglobalización hacia un periodo de geoglobalización parece indicar una directriz que incide directamente en la región y lastima al orden neoliberal. Por otra parte, el Reino Unido, en su salida de la Unión Europea, ya se ha puesto en dirección de cerrar tratados económicos con sus ex colonias, que conforman el “Commonwealth”, aspirando a ganar terreno global, y equilibrar la salida del mercado europeo, ya en agonía.


El orden de la globalización neoliberal se halla en crisis, pero, a la luz de los hechos, el proceso que se encarna no promete mejores perspectivas; por el contrario, el crecimiento en las hipótesis de conflicto y un proceso de geoglobalizacion auspician un escenario en disputa, que no descarta el asiduo papel de la oligarquía financiera internacional acoplándose a estos terrenos, mientras los grandes actores del sistema internacional pugnan para su consolidación hegemónica dentro de él.

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