¿La crisis final? Conjeturas del mundo del mañana

Por Matías Slodky

Karl Marx vaticinó, en distintas ocasiones, el fin del capitalismo. Las más recordadas fueron, en primer lugar, la de 1848, durante la “primavera de los pueblos”, donde se vieron los primeros intentos de revolución por parte de un incipiente movimiento obrero. El contexto hacia a la épica, el capitalismo europeo avanzaba con gran rapidez y en condiciones sumamente crueles, sometimiento y condiciones laborales casi esclavas, sumado al contexto europeo donde los gobiernos monárquicos, impulsados por la Santa Alianza y el Congreso de Viena, entraron en crisis.

En ese momento, salió a la luz “El manifiesto comunista”; quizás, como una correcta expresión del sentimiento europeo, era el momento de una revolución que rompa con el capitalismo. Un capitalismo que todavía se hallaba en su preadolescencia, y que no tardaría en transformarse y mimetizarse con el nuevo orden. Posteriormente, en 1870, el capitalismo entraría en una gran depresión y seguidilla de crisis sistémicas, la quiebra de bancos y entidades financieras y fabriles se hicieron eco en todo el mundo; aquí, cercano a este año, Marx, junto a su fiel colega Engels, lanzaron el primer tomo de su obra “El capital”. Posiblemente, una nueva corazonada sobre el fin del capitalismo, aunque a su pesar, la transformación del mismo lo catapultó a otra etapa.

El capitalismo encontró en su camino recurrentes crisis dentro de sí mismo; la del ‘29 marcó un momento central, pues la caída y desmadre económico que produjo, sobrepuso la necesidad de no volver a repetir dicho desastre. El liberalismo económico entró en una crisis que lo hizo perder su hegemonía y pasar a las sombras por un tiempo. En su lugar, se diseñó una economía presidida por la política y el Estado; personajes como John Maryland Keynes son reflejo de esta época.

Keynes era consciente de las crisis recurrentes del capitalismo, de que el mercado no podía solucionarlo todo, incluso cuando el remedio era arreglarlo con más mercado y más desregulación. Por ende, según Keynes, en épocas de crecimiento el Estado debía ahorrar divisas y llenar sus arcas con el objetivo de utilizarlas en momentos de contracciones, para evitar caídas drásticas, pérdida de empleo y caídas de todos los indicadores sociales. Luego de la Segunda Guerra, esta dinámica se comenzó a replicar en todo Occidente, otorgando un Estado de bienestar en constante crecimiento, confiriendo a la famosa década dorada del capitalismo.

Pasados los primeros años de la década del ‘70, el contexto internacional tuvo giros importantes. Con la caída del acuerdo de Bretton Woods, el orden económico de postguerra se derrumbó y la convertibilidad dólar-oro desapareció; a partir de ese momento, el dinero simplemente pasó a ser una tasa de interés y un material fiduciario de la especulación financiera, las tasas de interés se desregularon, así como también la posibilidad devaluatoria, acompañado de una enorme cantidad de bancos privados y fondos de inversión templados, hasta ese momento, de su estímulo animal especulativo, que llenaron el estómago de los Estados a través de deuda privada de forma irrestricta, sin ningún control -“si no hay riesgo, no hay ganancia”-.

El laissez faire neoliberal consiguió su hegemonía y, a su vez, los intelectuales y militantes de este modelo, recluidos a la lobreguez durante las décadas pasadas, pasaron a ser la cara “novedosa” en el ámbito académico y social. La ideología de la “libertad” tuvo su apogeo, en parte, por la falta de un enemigo o un modelo contrario. A partir de los ‘80, el reaganismo y el “there is no alternative” de la dama de hierro, en conjunto con la vasta crisis de la URSS y su posterior caída, dieron pie a la larga época neoliberal como única respuesta posible.

A esta única respuesta y falta de alternativa, Mark Fisher la denomino “realismo capitalista”. Una nueva fase del capitalismo, con nuevos instrumentos y coacciones en nombre de la libertad. La libertad neoliberal pasó a ser el eje central de dominación; en palabras del filósofo coreano Byung-Chul Han, “el poder hacer” del neoliberalismo en la psiquis del nuevo “individuo” es ilimitada, en tanto que la coacción es también ilimitada. El sujeto que pretende ser libre es, en realidad, un esclavo, en la medida que, sin tener amo o ser su “propio empresario”, en el nombre de la libertad se explota a sí mismo de forma voluntaria. “No tiene frente a sí un amo que lo obligue a trabajar, el “individuo” absolutiza la mera vida y trabaja”.

El neoliberalismo ha sido muy inteligente para dominar a través de la “falsa libertad”, pero también con las emociones despojando a la racionalidad, incluyendo en esta lógica, las comunicaciones y la mejora del rendimiento personal, con más libertad y flexibilización. Esta es la verdadera batalla que logró ganar el “realismo capitalista” en los sectores populares; aquí, la izquierda no tuvo una respuesta a la propagación del individuo, libre y egoísta, que concilió la pérdida de estabilidad con la posibilidad de ser su propio amo, en nombre de la libertad. El neoliberalismo jugó con las emociones e hizo desaparecer a la racionalidad de la escena, creando inestabilidad en todos los aspectos, pero de una forma más recurrente.

Las tan mencionadas emociones o sensaciones del mercado se ofrecen de ejemplo, pero también son un fiel emblema de las recurrentes y cercanas crisis que el realismo capitalista arrojó. Solo enumerar sucesos como “punto com”, “Enron” o, peor aún, “2008”, sirven de patrón para aproximarnos a la cara de un tipo de capitalismo voraz y autodestructivo. Pero, a cuestión, ¿qué puede servir más de ejemplo que los actuales momentos que vive el sistema internacional en su conjunto?

El coronavirus, un evento totalmente inesperado, una pandemia surrealista en forma de ejército invisible que está dando vuelta y vulnerando a cada país donde hace presencia. Pero también está abriendo el juego a la posibilidad de un profundo cambio político en todo el mundo, un cambio de aradigma del que “no parecía existir alternativa”. El virus nos pone en un enorme dilema, ¿es acaso posible seguir desregulando la vida humana, el sistema de salud y quitando del medio la presencia del Estado y, junto con esto, seguir propagando y estimulando una ideología basada en la falsa libertad, donde el “individuo” pregona el “sálvese quien pueda”?.

Es recurrente ver, incluso, a los más liberales, pidiendo salud pública y presencia del Estado, palabras fueras de su diccionario, pero utilizadas ante el miedo de la muerte ya que, llegado ese momento, “la libertad” pasa a ser un concepto pueril. Al parecer, la idea que, dentro de la comunidad con otros, toda persona tiene los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos parece ser cierta; solamente dentro de la comunidad es posible, por tanto, la libertad personal.

El coronavirus despilfarra pánico y miedo, la estimulación de las noticias a través de los medios y redes de comunicación incitan aún más el sentimiento. Y estas sensaciones se desplazan al capitalismo financiero, destruyendo a su paso riqueza y fortunas en milésimas de segundos. Es interesante pensar sobre la actitud de los mercados, tanto si el miedo es por el virus o si el miedo es a ellos mismos, por la posibilidad de nuevo derrumbe financiero, como el que se está vislumbrando, y las consecuencias que esto ya trajo. El coronavirus puede llegar a ser la excusa de un derrumbe financiero incluso más grande de lo que se ha observado anteriormente.

Ahora bien, ¿es posible que el poderoso virus sea capaz de dañar al neoliberalismo, a su globalización, al tipo de Estado casino que encarnó o, al contrario, el capitalismo podrá transformarse o adecuarse de otra forma a los estragos del virus?. Quizás Frederic James siempre estuvo en lo cierto, cuando mencionaba que: “es más fácil imaginar el fin del mundo antes que el fin del capitalismo”.

Algunos líderes parecen elegir el fin al parecer; el Brasil de Bolsonaro se niega a dictar la cuarentena, minimizando el impacto del COVID-19, con la excusa que, si Brasil “para”, los daños económicos serán lamentables. El mismo Donald Trump también se niega a implementar una cuarentena obligatoria, siendo el país con más infectados - superando los 153.000 casos -.

Trump, en un año electoral, parece seguir alimentando el sueño estadounidense del consumo, por lo que parar ese proceso no parece una opción; no son casuales sus intentos de inyección monetaria y baja de la tasa de interés, para dar batalla a los recurrentes récords de desplome económico por causa de la pandemia.

Finalmente, existe un escenario más a analizar, lejos del fin del mundo o el fin del realismo capitalista. Existe el modelo asiático que parece haber ganado, hasta el momento, la batalla al coronavirus, a través de un Estado vigilador o policial. La intervención de la información personal, o también llamada Big Data, asegura que cada persona cumpla con el dictamen de aislamiento, sumado a la obediencia cultural asiática, que hace posible el fehaciente control de la epidemia. La posibilidad de que China demuestre que su política y Estado autoritario es el triunfante ante la epidemia son altas, teniendo en cuenta también la publicidad y exportación de este modelo hacia más zonas. Algo que, en principio, parece ser trágico para otras culturas.

Ningún escenario será inmediato, llevara un largo proceso por lo que, en principio, proliferar una verdad absoluta aún es titubeo. Pero, a vistas de todo, el neoliberalismo ha demostrado una nueva contradicción, incluso los países más liberales están nacionalizando servicios o sus sistemas de salud, algo impensados meses atrás. El verdadero desafío, ante la incertidumbre, es encontrar la forma de crear una conciencia colectiva y democrática lejos del egoísmo neoliberal, para imponer la solidaridad y recomponer el valor e importancia del Estado como eje de transformación colectiva.

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