Irán, EE.UU. y el juego del gallina

Por Lautaro Garcia Lucchesi

En el campo de las relaciones internacionales, una de las teorías utilizadas para el análisis de los procesos de toma de decisiones es la teoría de los juegos, la cual está compuesta por diferentes modelos de juego que pueden ser aplicados para analizar diferentes escenarios de la política internacional. Estos juegos se caracterizan, de forma general, por los siguientes elementos:

  • Jugadores que, supuestamente, tienen como objetivo la optimización de los resultados de dichos juegos.

  • Transacciones entre jugadores que pueden ser interpretadas, por cada uno de ellos, de manera diferente, de acuerdo al sistema de valores de los jugadores involucrados.

  • Un conjunto de reglas que estructuran el juego.

  • Condiciones de información que determinan la cantidad y calidad del conocimiento que cada jugador tiene del entorno y de las decisiones del oponente, inmediata o posteriormente.

  • El entorno total en el cual se juega, percibido totalmente o no por los jugadores, y la interacción de movidas enfrentadas, en la cual cada elección sucesiva por parte de un jugador puede instar, al otro jugador, a modificar las opciones posteriores.


Existen dos tipos generales de juegos: los juegos de suma cero y los juegos de suma no cero. Los juegos de suma cero son aquellos donde las ganancias de un jugador representan las pérdidas del oponente; por su parte, los juegos de suma no cero son aquellos en los que la suma de las ganancias de los jugadores no debe necesariamente ser cero, debido a que no es exclusivamente competitivo, es decir, en este tipo de juegos existe también la posibilidad de cooperación entre jugadores. Uno de estos juegos de suma no cero es el juego del gallina. Este modelo se explica, clásicamente, a partir del siguiente ejemplo:


Supongamos que tenemos dos jugadores conduciendo un vehículo cada uno, en dirección hacia el otro. Si ambos jugadores conducen sin modificar su rumbo, el resultado esperado es la colisión. Pero este resultado puede modificarse si uno de los conductores cambia su rumbo para evitar dicho resultado. Sin embargo, quien cambie su rumbo será considerado el perdedor y sufrirá la humillación de ser llamado gallina. Si uno cambia el rumbo y el otro no, el juego se transforma en un juego de suma cero. Pero si ambos cambian de rumbo, ambos serán llamados gallina, compartiendo la humillación, razón por la cual no puede hacerse ninguna comparación envidiosa, el sufrimiento por la humillación es compartido y, por lo tanto, el sufrimiento es menor para cada uno.


Hay que aclarar que este juego, en el que se pone en peligro la vida humana, sólo puede ser llevado a cabo por actores irracionales. Pero es un modelo que se popularizó durante la Guerra Fría por el choque entre las dos superpotencias nucleares y la posibilidad de la destrucción mutua asimilada.


En este tipo de juego, cuando la distancia entre los dos jugadores es amplia, éstos pueden optar por cursos de acción que son más riesgosos pero que les reportan más beneficios y en un plazo de tiempo corto. Pero, a medida que la distancia se reduce, continuar optando por acciones de este tipo puede terminar en la colisión entre ambos jugadores.


Pasemos a los acontecimientos en Oriente Medio. La decisión que reavivó el conflicto entre la República Islámica de Irán y los Estados Unidos fue la derogación del acuerdo nuclear con Irán, acuerdo negociado y firmado por la administración Obama y derogado por Donald Trump quien, además, reanudó la imposición de sanciones económicas contra dicho país.


En mayo de 2019, cuatro barcos petroleros fueron saboteados en las proximidades del Golfo Pérsico. Desde el gobierno norteamericano, culparon a Teherán del sabotaje, afirmando que fue una represalia por el aumento de la presencia estadounidense en la región, como forma de hacer efectivo el bloqueo a las exportaciones de crudo, que fue una de las sanciones post-derogación del acuerdo.


En junio y julio, EE.UU. acusó a Irán de atacar otros dos barcos en el Golfo de Omán y de derribar un dron que se encontraba en espacio aéreo internacional, en el estrecho de Hormuz. En respuesta a ello, EE.UU. declaró haber derribado un dron iraní en la misma zona, pero el gobierno de Irán afirmó no haber recibido ataque alguno.


En septiembre, se produjeron los ataques contra las instalaciones petroleras saudíes de Abqaiq y Khurais, que generaron un considerable aumento del precio internacional del petróleo. Los hutíes de Yemen se adjudicaron el ataque, pero Mike Pompeo señaló a Irán como responsable y lo acusó de reavivar las tensiones en Medio Oriente.


En este marco general de tensiones entre ambos países, llegamos a finales de diciembre, que es el período en que se aceleró la crisis entre ambos. El 27 de diciembre, más de 30 misiles fueron lanzados contra una base militar ubicada en el norte de Irak. En este ataque, murió un contratista estadounidense y otros cuatro estadounidenses fueron heridos. Este ataque habría sido perpetrado por milicias chiitas iraquíes, aliadas de Irán.


Dos días después, EE.UU. bombardeó cinco bases del Hezbollah iraquí en Irak y Siria. En respuesta a este ataque, el 31 de diciembre, manifestantes iraquíes y miembros del Hezbollah iraquí intentaron asaltar la embajada norteamericana en Bagdad. Este ataque fue acompañado, en la noche del día anterior, por un bombardeo contra la base militar aérea de Al Balad, dentro de la cual se encontraban tropas norteamericanas; también se dos misiles impactaron en lo que se conoce como la zona verde de Bagdad, que es la zona fuertemente custodiada donde se encuentra la embajada de EE.UU.


En el ataque a la embajada, los asaltantes lograron llegar hasta las inmediaciones del edificio de la embajada, dentro de los cuales se encontraban los funcionarios norteamericanos, que tuvieron que refugiarse en el interior durante más de 12 horas.


Así llegamos a la madrugada del viernes, donde se produjo el atentado que elevó fuertemente la tensión bilateral y que nos llevó al escenario en el que nos encontramos. Un bombardeo llevado a cabo a través de un dron alcanzó dos vehículos en las cercanías del aeropuerto de Bagdad. Dentro de uno de ellos, se encontraba el General Qasem Soleimani, el hombre más importante y poderoso en Irán, por detrás del Ayatollah. Soleimani estaba al frente de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní y el encargado de manejar la influencia iraní en Medio Oriente. EE..UU. definió al ataque como uno de carácter preventivo, llevado a cabo con el objetivo de evitar una guerra en la región. Los ataques preventivos ya nos son harto conocidos y sus consecuencias también.


El gobierno iraní ya respondió al gobierno de Trump, prometiendo una dura venganza contra este país y sus aliados. Trump amenazó con atacar 52 objetivos que su gobierno ya tiene identificados como respuesta ante una hipotética venganza iraní.


Ahora bien, saliendo del escenario fáctico, utilicemos el juego del gallina, explicado al comienzo, para analizar la situación. Como ya expliqué, hay tres opciones en las que se puede desarrollar este juego:

  • Que uno de los dos actores cambie de rumbo para evitar la coalición.

  • Que ambos cambien de rumbo, reduciendo así los costos de ese viraje.

  • Que los dos actores no cambien su rumbo y colisionen.

La primer opción es entre improbable e imposible. Trump no puede recibir la represalia iraní y no responder a ella. Este año hay elecciones y Trump se encuentra atravesando un proceso de impeachment, el cual fue impulsado por el Partido Demócrata y ya cuenta con aprobación del Congreso, pasando ahora a manos del Senado. Aunque es difícil que este proceso concluya con la dimisión de Trump, pues hay mayoría republicana en el Senado, esto ha dañado la reputación del Presidente frente a los ojos de la opinión pública. Por esta razón, no responder a un supuesto ataque podría profundizar ese daño, lo cual podría jugarle en contra en la carrera por su reelección.


Por su parte, Irán no puede no responder al asesinato de la segunda persona más influyente de ese país, por una razón muy similar a la anterior; no puede mostrarse débil sin pagar un costo político nacional y regional. La pasividad frente al ataque terminaría por minar el liderazgo de su cúpula.


Pasemos a la segunda alternativa. Una reducción de la tensión entre ambos, a partir de una salida consensuada, parece difícil, aunque no imposible. Para ello, Irán probablemente pedirá algún tipo de reparación por el asesinato de Soleimani, que debería ser algo que le permitiera a Trump conceder ese pedido sin dañar su reputación. EE.UU. tampoco puede exponerse y mostrarse en una situación de debilidad con sus aliados en la región en cuestión. Pero, a su vez, Irán podría utilizar la negociación como forma de ganar tiempo para reponer la cadena de mando, aplacar los posibles cuestionamientos y preparar los ataques retaliatorios. Por otro lado, no podrá lograrse esta posibilidad si los líderes de ambos países sólo continúan amenazándose mutuamente.


Por último, abordemos la tercera opción. La realidad es que, a pesar de la verborragia verbal de los dos líderes, muchas veces la opción del conflicto armado es la opción a evitar, por el alto costo económico, militar y, muchas veces, político que implica. El fantasma de Vietnam siempre recorre las cabezas de los militares, políticos y civiles norteamericanos.


El problema es que las mutuas amenazas terminan por generar que uno de los dos actúe para mostrar que él no es sólo palabrerío; esto traslada la presión al otro actor, que tiene que optar entre responder al ataque o mostrarse como el débil, el cual amenaza pero no ejecuta. Y esto deriva en una progresiva escalada del conflicto, entre amenazas y ataques, que llevan a un escenario en el que la guerra es inevitable, porque el compartir los costos de una salida consensuada queda fuera de los posibles cursos de acción, no sólo por el cálculo estratégico sino también por la presión social, que exige que sus compatriotas sean vengados.


Cuanto más tiempo pase y más amenazas se pronuncien de uno y otro lado, el margen de una salida consensuada se va, cada vez más, reduciendo. Por esto, la última declaración de Trump, amenazando con atacar 52 locaciones iraníes, sólo agrega leña al fuego y pone a la cúpula iraní en un aprieto, entre la presión social nacional y de sus aliados por una respuesta y la posibilidad de sufrir nuevos ataques y víctimas.


Para evitar llegar al momento en que la guerra sea inevitable, las amenazas deben terminarse y la parte norteamericana debería ser la que proponga el diálogo, con una propuesta de reparación lo suficientemente atractiva como para superar los potenciales beneficios del conflicto. Al mismo tiempo, los iraníes deberán sentarse a negociar de buena fe, no abusando de la propuesta de diálogo ni exponiendo públicamente a EE.UU. como el débil. Sólo así podrá evitarse la escalada de amenazas y ataques que lleve, inevitablemente, al conflicto armado.

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