Informe de Política Internacional N°22

Por Gonzalo Cueto

La Pandemia no afloja, hay rebrotes de contagio en China y en algunos países europeos, mientras las cuarentenas extendidas empobrecen y desafían a los sistemas económicos de los Estados, que no paran de emitir para paliar la crisis; el proceso de deflación desvela a los Banco Centrales, y los brotes de violencia generados por este combo nefasto preocupan cada vez más a los líderes mundiales.


La crisis de las subprimes de 2008 nos demostró el fracaso del sistema de endeudamiento privado, y hoy esta crisis nos muestra la fragilidad del sistema de endeudamiento público; las deudas públicas de los países no paran de crecer y el sistema se resquebraja. The Financial Times informó, hace unos días atrás, que el plan de rescate de los EEUU frente al Covid-19 ha llevado la deuda a valores cercanos a aquella de la Segunda Guerra Mundial, con un total de 26 billones de dólares.


El reciente rebrote de la pandemia en Pekín hizo que la bolsa de Wall Street, que se mantenía en alza por la inyección de dinero, entrara en caída, perdiendo todo lo recuperado en las últimas semanas, provocando una nueva inyección por parte de la FED con el objetivo de mantener la estabilidad del sistema.


En varios informes previos, mencioné como las Organizaciones Internacionales en el ámbito financiero veían la necesidad de un cambio de paradigma, como consecuencia del agotamiento del sistema financiero y social generado después de la Segunda Guerra Mundial, en donde el consumo y la medición de éxito pasaba por cuantificar el poder del dinero. Desde el año pasado, varios sectores del mundo internacional comenzaron también a plantear la necesidad de que los sectores más ricos comiencen a pagar más impuestos, y la necesidad de que los sectores medios y bajos comiencen a recibir mejores ayudas.


El pasado 3 de junio, y con poca publicidad, el Foro Económico Global envió una iniciativa que muchos expertos habían ya anunciado, el llamado al “Reseteo del Sistema”. La agenda del Gran Reinicio, como se llama, tiene tres componentes principales. El primero orienta el mercado hacía unos resultados más justos. Para ello, los gobiernos deberán mejorar la coordinación en materia de políticas tributarias, aumentando los impuestos a los más ricos, quitando subsidios al combustible y sectores del comercio, como así también nuevas reglas a la propiedad intelectual, el comercio y la competencia. El segundo componente gira alrededor de garantizar que las inversiones promuevan objetivos comunes, como la igualdad y la sostenibilidad. En este sentido, los programas de gasto a gran escala que están aplicando muchos gobiernos representan una gran oportunidad para el progreso. La tercera y última prioridad, consiste en aprovechar las innovaciones de la Cuarta Revolución Industrial en pos del bien público; sobre todo, haciendo frente a los desafíos sanitarios y sociales. En tal sentido, el Foro Económico Mundial anunció que la próxima edición de la tradicional reunión anual que se hace en Davos, Suiza, tendrá una particularidad: será una cumbre gemela, tanto presencial como virtual, y conectará a los principales líderes gubernamentales, empresariales y de la sociedad civil con una red mundial de múltiples interesados, en 400 ciudades de todo el mundo, para entablar un diálogo orientado al futuro impulsado por la generación más joven. Es necesario destacar que esta iniciativa es respaldada por el FMI, la Organización Mundial del Comercio y las Naciones Unidas, y por empresas de nivel mundial como MasterCard, Microsoft y la petrolera británica BP, sumado a Ma Jun, presidente del “Comité de Finanzas Verdes” (Green Finance Committee), Sociedad China de Finanzas y Banca (China Society for Finance and Banking), y miembro del Comité de Política Monetaria del Banco Popular de China.


Estos objetivos, sumados a los propuestos por el Papa Francisco, a través de “Laudato Si”, sobre un nuevo paradigma educacional, que eduque con un aspecto más humanista, centrado en la vida, la sociedad, y su relación con la naturaleza, nos llevan a pensar un replanteamiento del ordenamiento global. Esta nueva normalidad también plantea que los países más pobres dejen de pagar sus deudas, para hacer frente a los problemas sanitarios y la renta básica universal, o el salario básico universal, haciendo frente al descontento social por la pobreza y el desempleo, que será histórico.


Ante este panorama, la Argentina sigue enfrascada en una negociación dificultosa con sus acreedores privados extranjeros y se vio forzada a extender la negociación hasta fines de julio. Por otro lado, el gobierno sigue adelante con la ayuda a los distintos sectores sociales, quienes reclaman mayor ayuda por parte del Estado, lo cual implica mayor gasto público. Garantizar estos recursos es prioritario y esto implica mayor emisión; sin embargo, la contrapartida es que la recaudación fiscal se cae a pedazos. A largo plazo, esto va a provocar mayor déficit fiscal, mayor emisión y el miedo ahora no es la hiperinflación, sino la deflación (que nadie compre más que lo esencial por falta de dinero). Las empresas no saben a qué precio vender o si podrán reponer sus stocks vendidos.


Las reservas siguen en caída, hay un aumento del déficit cuasi fiscal en el BCRA por absorber los pasivos de las Leliq y la emisión. El problema es cómo ajustar las importaciones para que no se pierdan más reservas, y garantizar las importaciones de todo lo que nosotros no producimos. Todos los pronósticos indican una inflación cercana al 45% y una caída del PBI del 10% en 2020, y esto si tomamos un escenario positivo. En cuanto al sistema financiero local, Morgan Stanley Capital Investment nos categorizó nuevamente como país de Frontera.


En la ciudad, estiman que después de la cuarentena pueden cerrar unos 100.000 comercios, según la estimación de la Cámara de Comercio, y que se perderán 2 millones de empleos; hay estimaciones de que se puede llegar a un 20% de desocupación, según la Federación de Comercio de Buenos Aires (Fecoba). Recordemos que el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) llegó a 8,4 millones de personas y evitó que entre 2,7 y 4,5 millones de personas cayeran en la pobreza o en la indigencia, en el último bimestre. Ahora, el gobierno plantea a la larga el ingreso universal, un beneficio que abarcaría a los sectores más empobrecidos y que se cobrará en simultáneo con la Asignación Universal por Hijo (AUH); una ayuda a todos aquellos que caigan tras esta crisis. Las ayudas a los sectores medios y a los pequeños dueños de locales a la calle es lo que falta, y son quienes hoy están siendo en muchas ocasiones llevados a la pobreza. Si bien el Estado está contribuyendo con subsidios y préstamos a los sectores medios de la sociedad, mediante los ATP o créditos bancarios a tasas subsidiadas, muchos municipios ya manifiestan que están comenzando a recibir pedidos de asistencia alimentarias de sectores que nunca antes la habían necesitado.


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