¿Ha Vuelto la Primavera de los Pueblos?

Por Silvano Pascuzzo

En 1848, los pueblos europeos – las masas – se sublevaron contra el “orden establecido” por la llamada “Restauración”, luego de la derrota de Bonaparte, en 1815. Aquel sistema, que venía siendo seriamente impugnado, fue un intento de conciliar los intereses del conjunto abigarrado y complejo de actores que constituían las clases dominantes – las élites – a mediados del siglo XIX. Tras las explosiones de 1789, 1792, 1820 y 1830, los liberales y los conservadores cerraban filas en defensa de unos privilegiados recuperados tras duras y difíciles batallas. Los jacobinos – los demócratas – respondieron con dos reclamos que harían tambalear – aunque por poco tiempo – a los dueños de Europa: soberanía nacional y voto universal.


La Primavera de los Pueblos fue – como se sabe – ahogada en sangre bajo las balas de los ejércitos europeos, al servicio de los privilegiados. Y aquellas jornadas heroicas, fueron un antes y un después en la historia contemporánea de Occidente, por no decir del Mundo. Un ciclo de revoluciones y contrarrevoluciones quedaba así abierto, impactando sobre las generaciones posteriores con inusitada fuerza; de la explosión del ‘48 nacerían el socialismo, el Anarquismo, el Social cristianismo, el Movimiento Obrero y el Comunismo. Las multitudes – anhelantes de igualdad y justicia – se hacían presentes en un acto que se retiraría – un ¡ay! otra vez – como una marca de identidad indeleble.


Los liberales – hijos de la Ilustración – partidarios del despotismo ilustrado y de la restricción a las clases inferiores de sus derechos políticos y sociales, comenzaron allí. Su inevitable y continua decadencia, como expresión de un mundo que moría: el del exclusivismo aristocrático y el de la propiedad privada, acorralados por la Democracia de masas y un capitalismo basado en el consumo y difusión del trabajo calificado y la distribución de bienes y servicios. Eso que Juan Domingo Perón llamara gráficamente: La Hora de los Pueblos.


La ideología neoconservadora impuesta en los 70, a toda la humanidad, desde Estados Unidos y Europa, es un nuevo intento de llevar a las sociedades de vuelta al siglo XVIII, con sus gobiernos de élites y sus mercados de escasez. Sus difusores, han gastado ríos de tinta en la defensa de un Régimen representativo de escasa participación, limitado al ejercicio del voto, y direccionando éste por el poder comunicacional de la prensa concentrada. Son los nuevos restauradores del privilegio, que prometen desarrollo y modernidad, a cambio de la abrogación de derechos adquiridos y de bienestar pospuesto, sin fecha de caducidad. Ocultan, en el fondo, lo que en 1848 ya era evidente: la incompatibilidad del Liberalismo con la Democracia de Masas.


Hoy, el mundo vuelve a estremecerse con la presencia vital de las masas en la calle. Todos los hombres y mujeres que luchan, no importa los motivos de su indignación, señalan como culpables de sus desventuras, a los grupos de poder y a las élites políticas e incluso intelectuales, vendidas al sistema financiero y al capital transnacionalizado. Saben que los medios de comunicación encubren y mienten, y por eso reclaman – como en 1848 – “Poder Popular”; parece estar abriéndose un nuevo ciclo de movilización y lucha.


Ese ciclo, nos da la oportunidad – desde sus inicios – de construir sobre las ruinas de la “Democracia de Partidos”, una “Democracia Social”. Y el dato ineludible es que los ciudadanos que arriesgan su integridad física – incluso su vida – en las calles de París, Barcelona, Praga, Hong Kong, Bogotá, Quito, Santiago o La Paz, no quieren permitir la prolongación de ésta mascarada abusiva, que tienen el tupé de llamar “Estado de Derecho”. Un Régimen que justifica – con mil excusas parciales – la concentración de la riqueza y el usufructo exclusivista del aparato de poder burocrático, hartos de ver a sus padres y a sus abuelos aceptar un orden injusto en silencio, inmovilizados por el recuerdo del terror; rompen las represas y los diques de la “representación institucional” – del contubernio – para poner fin, de una vez por todas, a un período de iniquidades, inadmisibles e intolerables.


Podemos incluso pensar que la caída del Socialismo Soviético entre 1989 y 1992, festejada por los liberales como “su victoria”, no fue más que el comienzo de una avalancha popular, que no ha discriminado entre burócratas del partido único, dictadores personalistas y políticos profesionales, a la hora de pedir su salida del poder. Son los pueblos contra las élites, son las masas contra los privilegiados, es el cumplimiento de aquel famoso vaticinio de Alexis de Tocqueville, que anunciaba – desde el temor y la sorpresa de un aristócrata brillante y sagaz – el “inexorable camino de los hombres hacia la igualdad”.


No obstante, hay que mirar con mucha atención los signos de una reacción violenta, por parte de los grupos privilegiados y de poder. La intención de sustituir a los viejos partidos por grupos de gerentes, tecnócratas y aventureros, apoyados por organismos multilaterales y la prensa canalla, ha fracasado en todo el mundo.


Ello vuelve aún más peligrosas ciertas actitudes y opiniones, de sectores reaccionarios, que ocupan el centro de la escena política, presentándose como los auténticos garantes de la “Libertad y la Propiedad”. El racismo, la xenofobia y cierto clasismo conservador, crecen como respuesta a dichos grupos, ante el temor de fin de época.


Habrá, pues, que constituir “Poder Popular”, en el marco de una “Democracia Social”, que promueva el crecimiento, la igualdad y el bienestar, como alternativa al ajuste, la desigualdad y la concentración de la riqueza en muy pocas manos. Nuevas batallas se avecinan, nuevos combates ya se están librando. Y para poder hacer nuestra pequeña contribución, hay que ser claros: fijar un norte que debe situarse en la defensa irrestricta de la Libertad, para hacer posible la Igualdad, y no para negarla.

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