Galbraith a Marx

Por Elías de la Cera

Sabemos (desde aquel soneto de Quevedo) que, en el ejercicio de la lectura, se escucha con los ojos a los muertos y se vive en conversación con los difuntos. La lectura es casi un ejercicio de reminiscencia a través del cual uno se convierte en interlocutor, en testigo de los grandes momentos literarios, de los grandes hechos históricos y de los geniales silogismos de los más grandes pensadores.


Estimo (a los fines de estas páginas) que algo parecido sucedía con Galbraith cuando leía a Marx. Y es en la interpretación de las obras cumbres del hegeliano (el “Manifiesto Comunista" en este caso), y en la atenta lectura de la detallada biografía de David Mclellan, cuando el economista se abstrae y dialoga: “Hay algo que une a Adam Smith, a usted y a mi maestro; el benemérito John Maynard Keynes. Los tres fueron brillantes pensadores que marcaron un hito en la historia del pensamiento económico. El resto de los economistas han aborrecido cualquier tipo de pensamiento trascendental y no han logrado egresar de esa prisión que yo he dado en llamar: “Sabiduría convencional”. Una especie de cerrazón intelectual en la que se está condenado a repetir de forma acrítica y perversa ciertos procedimientos mentales aparentemente lógicos, aparentemente científicos, pero que de lógicos y científicos, solo tienen el “aparentemente”.


El acto de ciencia es un acto de rebeldía, y que otra cosa ha sido usted sino un prodigioso científico social y una eterna imagen de rebeldía. A Keynes le gustaba pensar que las ideas son la fuerza productora de los cambios históricos. No creo que se haya equivocado, pero usted fue más contundente: “La economía política empieza con el trabajo, que es el alma misma de la producción, pero después no le atribuye nada al trabajo y le da todo a la propiedad privada. La producción intelectual se transforma en la medida en que cambia la producción material. Las ideas dominantes de cada época han sido siempre las ideas de la clase dominante”.


Es decir, que las ideas dominantes en un periodo histórico son las que sirven al interés económico dominante. A despecho de mi gran maestro, debo admitir que nunca estuve en desacuerdo contigo en este aspecto. En sus días, en los míos y en los venideros, la “verdad social” es un medio al servicio de los grandes intereses económicos.


Empero su obra, plagada de devotos y detractores, de correctas y disparatadas interpretaciones, no está exenta de contradicciones, de contrasentidos, de procedimientos oximorónicos. No hace falta ser demasiado hábil para rastrear algunos desatinos en obras como el eterno panfleto; el “Manifiesto Comunista”. Solo porque hoy me invade un manto de piedad, pasaré por alto la buena cantidad de páginas que usted le dedica a elogiar las proezas de la burguesía, demorandose largo rato en mencionar la proliferación de las enormes ciudades, el aumento sideral de la población urbana en comparación con la población rural, siempre anacrónica, siempre conservadora, siempre contrarrevolucionaria, siempre abominable.


Menciona también que, en apenas cien años, la burguesía ha creado fuerzas productivas más numerosas y colosales que todas las generaciones precedentes. ¿Cómo se entiende esta alabanza al capitalismo y a sus realizaciones con la promesa de su eterna desaparición?. Pero dije que iba a ser piadoso y, para salir airoso del apuro, podemos decir que son dos estadios diferentes del proceso histórico.


Podemos olvidar también la crítica que le hace Thomas Patterson en “Karl Marx, Anthropologist” ligada al conflicto entre la incitación a la acción y la afirmación de que la revolución es inevitable; con una pregunta retórica se puede sortear esa dificultad: ¿Por qué no acelerar lo inevitable?.


Lo que sí es evidente, ¡oh, erudito rebelde! es que existe un conflicto entre su programa inmediato y sus esperanzas revolucionarias. Ese panfleto que tenía por objeto la revolución, terminó siendo considerado como una colección de medidas reformistas que usted tuvo la pésima idea de enumerar como si se tratara de una campaña presidencial más que una incitación a la revolución proletaria. A usted le sucedió lo mismo que a Jonathan Swift que al escribir “Los Viajes de Gulliver” cuando quiso levantar un testimonio contra la humanidad y dejó, sin embargo, un cuento infantil para niños.


“Un impuesto progresivo sobre los ingresos, educación libre para todos los niños en escuelas públicas, obligación de todos por igual al trabajo, combinación de industrias manufactureras y agrícolas, etc”. Todas estas reformas que has propuesto se han aplicado, en mayor o en menor grado, en todos los países capitalistas más avanzados, logrando, gracias a su aporte, suavizar el capitalismo y alejar cada vez más el espectro que, según usted mismo, rondaba en Europa.


Sus páginas reformistas derrotaron a su objetivo revolucionario. La prueba de esto es que ese objetivo revolucionario se cumplió en la Rusia Zarista, o en China Imperial, que no vieron ni por asomo las reformas que has exigido.


Siempre es un placer leerlo y polemizar con usted. Espero volver a hacerlo, aunque con otra obra de mayor envergadura. A comparación de lo que usted ha escrito, el “Manifiesto” es una obra menor. Ya he dicho que, junto a Smith y Keynes, ocupan un lugar de privilegio en la historia del pensamiento humano. Y aunque yo sé que su vanidad y su verborrágica egolatría desdeñará estas críticas de un mero discípulo de Keynes. Pero también sé, de puro cínico nomás, que la crítica fundada ensancha los horizontes del pensamiento, y que la obediencia acrítica y servil solo sirve para congraciarse entre los lacayos que destruyen cualquier ideología, cualquier plan revolucionario, cualquier sana aspiración a un mundo mejor”.


-John Kenneth Galbraith.

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