Foucault y la Nación como conflicto

Por Lautaro Garcia Lucchesi

En otro de los artículos de esta edición, se abordaba el tema de la grieta como negación de lo que constituye el motor de la historia: el conflicto. Abordar la sociedad como una construcción constituida meramente a partir de un abordaje consensualista, es una visión ahistórica y descontextualizada, pues ese abordaje proviene de un estilo de Democracia que nos es ajeno.


Para desbaratar ese análisis sesgado, me gustaría invocar al filósofo francés Michel Foucault quien, en su obra “Defender la sociedad”, introduce una visión interesante al respecto, partiendo de una visión heterodoxa del concepto de Nación.


Para este filósofo francés, la historia suele esconder el discurso del poderoso, sepultando otra historia, la de los vencidos o derrotados. Los personajes, los acontecimientos y la forma en que se desarrollan los mismos, son articulados con el fin de construir un discurso que legitime su posición dominante. El supuesto consenso se desarrolla sobre esa base, y suele aparecer más como una concesión, derivada de un “diálogo civilizado”, que como lo que realmente es, una victoria obtenida tras una ardua lucha; pues, ningún privilegiado, en la historia, ha estado dispuesto a perder voluntariamente sus privilegios.


En su análisis, Foucault parte de una reinterpretación del Estado de guerra hobbesiano. Hobbes plantea que, en el Estado de naturaleza, y producto del “Homo hominis lupus”, se desarrolla una guerra de todos contra todos por el poder. Sin embargo, el filósofo francés sostiene que, si el hombre es un egoísta racional, y todos los hombres somos naturalmente iguales, premisas ambas del ideario liberal, entonces de ninguna manera se desarrollaría una batalla en ese Estado de naturaleza.


Pues, en el cálculo racional, si tengo las mismas chances de vencer que de ser derrotado, y lo que está en juego es lo más sagrado que tiene una persona, la vida, entonces no habría razón que me impulse a la acción. Es, en ese momento, donde aparece el Estado, que viene a sacarnos de esa situación de estancamiento, pero que, de ninguna manera, hace desaparecer el conflicto; por el contrario, lo internaliza.


Saliendo de la teoría, para entrar en lo histórico, Foucault afirma que, en la conformación del Estado, se dá una lucha entre dos grupos, uno que invoca el derecho de ocupación, entendido como el primero en radicarse en un territorio determinado, y otro que invoca el derecho de conquista. Ambos conforman la Nación.


Primero, fueron los reyes y las aristocracias que, amparándose en una interpretación particular de los Textos Sagrados, justificaban su posicionamiento por encima del resto de los mortales. Esto se derrumbó en 1789, con la irrupción de esas poblaciones relegadas en la historia.


Sin embargo, derrumbado ese sistema, se erigió uno nuevo, esta vez controlado por la burguesía y sus aliados, bajo un nuevo discurso legitimante: el mérito; en realidad, un discurso basado en una interpretación sesgada del mérito, pues este sólo es entendido en términos materialistas; es decir, en términos dinerarios, lo cual sólo adquiere sentido si se interpreta al hombre, exclusivamente, como un maximizador de riqueza.


Este sistema entró en crisis con la irrupción de las masas en la política, a comienzos del siglo XX, y la conformación de lo que se conoce como Democracia de Masas. Sin embargo, las élites de este sistema, conscientes del destino de sus antecesores, supieron reconvertirse a término, manteniendo esos privilegios que los colocan en la cima de la pirámide social. Así se gestó la Democracia Liberal, la cual disfraza un sistema que, a priori, parece haber elevado la participación de los pueblos en la política, cuando, en realidad, le ha permitido a las élites controlar la oferta electoral a través de los partidos políticos, cuyas diferentes vertientes no son más que la cara y cruz de una misma moneda.


Foucault dice que este conflicto, esporádicamente, puede parecer como que ha desaparecido, por la hegemonía temporaria de un grupo sobre el otro. Pero, inevitablemente, el conflicto volverá a estallar. Esto es lo que ha sido la Democracia Liberal, un adaptación de las élites para perpetuar su poder que, durante el siglo XX y, particularmente, después de la caída de la URSS, parecía erigirse como el modelo hegemónico.


Sin embargo, los ascensos de movimientos de extrema derecha en Europa, la llegada de un personaje anti-establishment, como Trump, a la presidencia de los EE.UU. y los conflictos en Sudamérica revelan un malestar generalizado con un sistema que no responde a sus reclamos y que, cuando los manifiestan por canales extrainstitucionales, son acusados de desestabilizadores y antidemocráticos, y son fuertemente reprimidos.


Arturo Sampay decía, en “La crisis del Estado de Derecho liberal-burgués”, que, en un sistema donde el de arriba puede descender fácilmente, pero el grueso de los de abajo no puede ascender, el irracionalismo violento como forma de manifestación de las masas, era una posibilidad; pues, en una sociedad que promueve el racionalismo funcional, entendida como la capacidad individual de cumplir con el rol que se le es asignado dentro de la sociedad, pero no el racionalismo substancial, entendido como la capacidad de formar juicios propios, la violencia, como una de las formas en las que se puede presentar el conflicto, era una manera de manifestar impulsos o frustraciones no dominadas.


Negar el conflicto es, para los masas populares, un suicidio, pues implica legitimar un sistema que los excluye y que naturaliza la desigualdad, colocándose en una situación de pasividad y resignación ante lo establecido. Modificar esta Democracia Liberal por un modelo alternativo, una Democracia Social más participativa e inclusiva, implica necesaria e inevitablemente el conflicto, pues los privilegiados de este sistema caduco utilizarán todos los instrumentos a su

disposición para perpetuarlo el mayor tiempo posible.


Cada Nación tiene privilegiados y relegados; unos luchan por conservar y ampliar esos privilegios; los otros, por abolirlos. Esto es, la Nación como punto de origen del conflicto entre élites y pueblos.

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