Feinmann y Kirchner; Filosofía y Poder

Por Elías de la Cera

“There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your

philosophy”.

-William Shakespeare.


Creo acertada la sentencia de Judith Shklar, cuando decía que las personas estudian cómo funciona el poder porque desean encontrar un método para acapararlo, ampliarlo y usufructuarlo, o porque le tienen miedo y quieren comprender al monstruo, para amansar el miedo o para incrementarlo.


Creo acertado también decir que los diálogos irreverentes entre José Pablo Feinmann (el miedoso) y Néstor Carlos Kirchner (el ambicioso) son, por así decirlo, la versión argentina de una discusión ardua, siempre interesante, entre la rigidez ideológica y la permeabilidad pragmática.


Corre el año 1948 y Jean Paul Sartre publica “Les Mains Sales”, obra que se convertiría en un clásico de la Ciencia Política, sobre todo por el profundo análisis que se esgrime acerca de la relación entre los políticos y los intelectuales ligados a estructuras partidarias. Los diálogos se dan entre Hoederer y Hugo. Político de larga trayectoria en el Partido Comunista el primero. Joven burgués de familia adinerada, en el que el autor encarna la figura del militante ideologizado y doctrinario, el segundo.


No pienso dedicarle muchos párrafos a esta cuestión. Resulta que este Hoederer andaba rosqueando con los sectores de la derecha, burgueses y nacionalistas, siempre aduciendo estar tejiendo alianzas para incrementar el poder del Partido Comunista, y no hace falta conocer la historia para deducir que algunos lo acusaban de traidor. Le dirá Hugo: Usted no tiene derecho a arrastrar al Partido a sus combinaciones.


Hoederer: ¿Por qué no?

Hugo: Es una organización revolucionaria y usted lo convertirá en Partido de Gobierno.


Hoederer: El fin de los partidos revolucionarios es tomar el poder. Solo hay un fin; el poder.

Hugo: Solo hay un fin; conseguir el triunfo de nuestras ideas, de todas nuestras ideas y solo de ellas.


Hoederer: Es cierto, tu tienes ideas. Ya te pasará…

¿A cuántos de nosotros nos han dicho eso?: “ya se te va a pasar”. Como si la ideología fuera una enfermedad juvenil contra la que el organismo genera anticuerpos. Recuerdo que me lo decían las profesoras del secundario, pero debo reconocer que nunca les dí mayor importancia, porque cuando me decían: “Ojo que con la ideología no se llega a ningún lado”, yo pensaba por dentro: “Ojo que vos con el pragmatismo tampoco llegaste a ningún lado”.


Dos breves consideraciones generales antes de pasar a lo específico. La primera: el intelectual se fija principios de la filosofía política y moral que son fines en sí mismos. Que no negociará nunca. Porque hacerlo sería transformarlos en medios. Y la segunda es: el intelectual, que tal vez no se ensucia las manos, está en el grupo para alimentar los principios, el sistema de ideas por el que nos movemos y para ser el vigía de esos movimientos.


Sin adentrarnos en los deliciosos pormenores de la relación entre Feinmann y Kirchner, diremos que la discusión entre el profesor de filosofía y el político gira en torno a qué hacer con el Partido Justicialista, con la estructura partidaria, con el aparato duhaldista. Fiel reflejo, según el filósofo, de la vieja política. Reflejo de la corrupción, de la mafia, del narcotráfico, de la prostitución, del soborno, de la violencia, del aparatismo. En fin, toda una red tramada por mafiosos, sindicalistas, empresarios e intendentes de toda índole. El intelectual le rogaba al Presidente que no se ponga al mando de ese aparato perverso, respaldandose con abundantes citas de Sartre, de Heidegger y Deleuze. Y el Presidente le rogaba al intelectual que entienda que es un aparato muy poderoso y que no podía tenerlo en contra.


Feinmann se demoraba largo rato refiriéndose de esa manera al aparato duhaldista, como si Kirchner no lo supiera. El profesor le pedía, en vano, al Presidente, que no solamente se alejara del aparatismo, sino que se alejara del peronismo en su totalidad, que haga algo nuevo, un partido de centro-izquierda que base su política en los derechos humanos, con los jóvenes y los vecinos repentinamente asambleístas del 2001. Personalmente, guardo un gran respeto por José Pablo, desde chico que escucho sus clases, leo sus ensayos y sus novelas.


Disfruto y aprendo mucho cada vez que me precipito a su mundo plagado de pensamiento y buena literatura, pero la propuesta que le hizo a Kirchner, la considero una solemne majadería. ¿Se imaginan lo que hubiera durado un gobierno formado por jóvenes y asambleístas frente al inestimable poder del Partido Justicialista?


Al terminar de leer el ensayo, me dí cuenta de que Feinmann cometió tres errores fundamentales. Primero: nunca estuvo dispuesto a formar parte de un proyecto colectivo (es la principal crítica que le hace Kirchner); priorizó su carrera de escritor y su fama de librepensador solo para que no lo estigmatizaran y digan que es un alcahuete del Presidente. Algo que, para un militante político, es incomprensible. El segundo error conceptual es que, al no considerarse peronista, quería que Néstor tampoco lo fuera. Ha llegado a decir: “Néstor no es peronista y tampoco debe serlo”; proyectando en el Presidente su propio escepticismo con respecto al peronismo. Pero son conjeturas de filósofo existencialista; sabido es que Kirchner siempre fue peronista. Es aquí donde está el mayor de los contrapuntos.


Decíamos antes, basándonos en el propio Feinmann, que el intelectual debe ser el que alimenta los principios y el sistema de ideas, es el vigía de los movimientos.


¿Como vas a alimentar los principios de una doctrina a la que no adherís?. El profesor no le pedía al político que se aferre a la doctrina (como ahora le pide Guillermo Moreno a Alberto Fernández), sino que le pedía todo lo contrario, que se olvide de Perón, que se olvide de la doctrina y que abjure de su peronismo. Que se olvide de la ideología y le haga caso a él.


Esta torpeza lo conduce a su tercer error: el de pensar que, al quedarse con el aparato duhaldista, Kirchner pasaría automáticamente a ser la misma basura. El piensa eso porque no entiende el rumbo del gobierno,no entiende la profunda identidad política del Presidente que se advierte en cada discurso, en cada medida, en cada sonido, en cada gesto, en su historia de militancia, no entiende que el poder del aparato no es un fin, es un medio, para un fin mucho más noble. Por querer imponer al Presidente su barroca cosmovisión, confundió la mera táctica con la beatitud de la estrategia, algo muy grave para un filósofo de su talla.


¿Para qué traer a colación este debate?. Nosotros, que sí tenemos una identidad política perfilada (tan perfilada que no hace falta ni aclararla), creemos necesario dar un debate con respecto al rumbo del actual gobierno. Estamos perdidos entre declaraciones, declaraciones sobre esas declaraciones, la declaración del declarante primigenio sobre las declaraciones que siguieron a su declaración, y así se va hilvanando una cadena de sofistas expertos en retórica

mediática, pero alejados del pueblo, de la historia, de la realidad, del peronismo, de Kirchner.


¿Cual es el gran objetivo político del Frente de Todos?. En caso de que exista tal objetivo, ¿ese objetivo es unívoco o es divergente? ¿se puede lograr la tan anhelada unidad de acción y de concepción dentro de un frente electoralista? ¿todos los integrantes del frente sueñan con el mismo país? ¿cuál es nuestra estrategia? ¿cuál nuestro hilo de Ariadna?. En lo vago, en lo ambiguo de tu respuesta, hay una respuesta ausente.

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