¡Evviva l’Anarchia!

Por Elías de la Cera

“Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa informe de carne y huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente”.



-Severino Di Giovanni.




Usado como contraejemplo al principio, para luego convertirlo en nada, en nadie y en olvido, la imágen pública de Severino fue tergiversada y demonizada hasta el hastío. Bayer inicia la investigación sobre el reo italiano cuando Félix Luna le pide que haga una nota sobre “Anarquistas Pistoleros”, menos para hablar de la noble filosofía anarquista que para resaltar la astucia de algún mayorengo o jefe de policía.


Resulta de algún interés contemplar algunas referencias hechas por algunos intelectuales con respecto a Di Giovanni. Por ejemplo, En “Sobre Héroes y Tumbas” Ernesto Sábato dice:


“Pues criollos de estos ya ví muchos en los sindicatos anarquistas del puerto o en las playas del frigorífico, y entre ellos aquel llamado Vallejos que se desvaneció de hambre en la calle y a quien la policía, al registrarlo y encontrarle un billete de cien pesos, le preguntó por qué con tanto dinero pasaba hambre y él respondió con tranquila dignidad: “porque esta plata, señor, es del sindicato”. También hubo anarquistas como Di Giovanni que, aunque editaba con el dinero de sus asaltos las obras completas de Reclus, también vestía a fin de su vida con camisas de seda; mientras que pistoleros como Ascaso y Durruti, austeros y honestos hasta la muerte, ni guardaron para sí un solo centavo de lo que obtuvieron en sus asaltos”.


Bayer se demora (demasiado para mi gusto) en explicar el porqué de las camisas mentadas. Pero resulta llamativo (por lo mediocre) que se utilicen argumentos (berretines) materialistas para desprestigiar y desacreditar a quien se hace portador de una causa noble, a quien pone su voz pronta para pedir justicia. Lo hicieron con las camisas de Severino, con los vestidos de Eva, con la inestimable cantidad de departamentos y mansiones que le adjudicaban a Ubaldini y con los abultados precios que paga Cristina por sus carteras.


Beatriz Guido redobla la apuesta y le adjudica la herencia de unos cuantos departamentos en Burzaco. El mismo Arturo Jauretche usa a Di Giovanni para una boutade (paradoja) cuando, al incursionar acerca de si Beatriz Guido pertenece o no al medio pelo, se refiere al piano de cola que está en casa “del sobrino de Di Giovanni… tal vez se trate de un recurso anarquista. No olvidemos que es la casa de la familia Di Giovanni. Guardaba bombas y ametralladoras. El finadito era así”. Esa era la opinión de un Jauretche menos revisionista que radical despechado.

Severino es, primero, el niño que pregunta; luego, el adolescente que agrede al verse defraudado en el verdadero sentido de la palabra; y por último, el desesperado que no transige en acomodarse al significado posible. Para el anarquista, la palabra es arquetipo de la cosa, la palabra amor es el amor, la palabra revolución es la revolución, y la palabra libertad es la libertad.


¿Dónde puede colocar Dante a este rebelde lleno de rabia, a este cuestionador a ultranza? En el cielo seguro que no. En el infierno tal vez sí, para que este curioso y obstinado desobediente aprendiera allí que las limitaciones del valor de la palabra no son solo terrenales. El purgatorio es el lugar menos imaginable para Severino. El fuego lento es para los arrepentidos, para los tibios, los dispuestos a corregirse, imposible estación para el contumaz. Pero ¿qué hacer con un maniqueo pascaliano que negaba las buenas costumbres en una sociedad de riquezas y pobrezas, qué hacer con un refractario en las llamas? Una persona de sus características solo ratifica su obstinación en el fuego.


Lo único que se puede hacer es destruirlo en vida y sanearlo de la memoria del pueblo, aplicándole la pena de muerte que, en su origen, servía para castigar a los infractores del derecho divino. Servía para aplacar la ira de Dios y devolver el equilibrio al orden universal divino.


La historia muestra grandes dotes creativos si de eliminar herejes se trata. Desde la horca a la decapitación, a la pedrea o lapidación, al suplicio de la rueda, al descuartizamiento, a la hoguera, al empalamiento, al enterramiento vivo, a la guillotina, al garrote vil, al estrangulamiento, al degüello, a la silla eléctrica, a la cámara de gas, al fusilamiento.


Aquella última debió padecer nuestro anarquista italiano de perfecto acento castellano. El fusilamiento no era otra cosa que la moderna lapidación, el moderno apedreamiento del condenado. Dicen que ese modo de ajusticiar, se debía a una superstición conforme a la cual la culpa es una especie de enfermedad contagiosa y no es aconsejable ponerse cerca del culpable.

Y por último, el peor de los efectos enlazado a la pena de muerte: la eliminación del cuerpo y el aniquilamiento total de la memoria del ejecutado. Los diarios dirán sobre Severino: “El hombre más maligno que pisó la Argentina” “Asesino feroz e implacable”. Sintetizando en su persona todo el odio que el establishment le tiene a la filosofía anarquista, al movimiento obrero organizado, a la lucha conjunta de los trabajadores.


Yo no sé si la rebeldía es una virtud o un defecto. Simplemente me conformo con decir que la rebeldía es estéticamente superior a la obsecuencia, quiero decir, es más seductora. La obsecuencia siempre tiene algo de perversa, de cobarde, de abyecta, de vulgar, de tragicómica. En cambio, la rebeldía tiene la ventaja de ser la promesa, el porvenir, y el medio por el cual concretar en este mundo los anhelos.


El rostro de un bersaglieri que lo tortura es humillado de un certero escupitajo. Y en el medio de una paliza grita: “Evviva l’anarchia”, simbolizando su desdén y desparpajo.


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