Estilo

Por Silvano Pascuzzo

Los problemas del Gobierno con el manejo de la agenda política, son ya evidentes. El ritmo de su letárgica acción, lo dictan los hombres de prensa – propios y adversarios –, con el oficialismo corriendo desde atrás. Es un defecto grave, en una gestión que se inicia y que, a consecuencia de éste y otros asuntos, da la impresión de estar prematuramente envejecida. La hondura de su discurso es tan escasa, la languidez de sus comunicaciones tan evidente, que sólo algunos personajes con inteligencia y formación, pero ajenos a la primera línea, pueden aún captar la emoción y la atención de los que, desde nuestros hogares, queremos definiciones; tal y como es el caso de Aníbal Fernández, exiliado a Río Turbio y soldado de mil batallas.

Ocurre que quizás, en el fondo, no sea precisamente un asunto de comunicación; sino de visión estratégica y de cosmovisión ideológica. Insistimos, porque lo creemos pertinente, en la idea de que la “concertación” en las emergencias, no suele ser un argumento “progresivo y transformador”, sino más bien, todo lo contrario. El ritmo lento de las decisiones se convierte así, en la evidencia de una ruta que pretende, en medio de mares embravecidos, navegar a velocidad de crucero. Ya sea porque se juzga imposible todo cambio de relieve en las estructuras sociales, o porque se han contraído compromisos ineludibles – o que se consideran ineludibles – con los sectores que detentan el Poder.

El Kirchnerismo, en 2003, comenzó siendo, en lo estratégico y en lo discursivo, innovador y rupturista. La velocidad de su audacia nunca fue la de un caracol; sino la de un felino, astuto y entrador. La sorpresa con la que Néstor Kirchner irrumpió en el escenario fue aprovechada para instaurar, en un país acostumbrado a la esterilidad política desde 1973, una interpretación “estructural” y no “coyuntural” de los problemas argentinos. Sin poseer grandes dotes de orador, ese flaco nervioso y canchero, de modales de arrabal y pinta de hippie aggiornado, nos puso a todos una buena cantidad de balas en el corazón, sacándonos de la modorra. Fue un estampido, primaveral y único, que hizo y hará, sin dudas, Historia.

Parte del secreto de la perdurabilidad del Kirchnerismo estuvo, y todavía está, en esa esperanza de un cambio profundo en las injustas estructuras sociales e institucionales del país. En la promesa, en el pacto, entre Néstor, Cristina y millones de compatriotas, cansados de que la Política fuera el reino de las trapisondas, la mala conciencia, el contubernio y la administración de la miseria planificada por el Neoliberalismo. En ese aspecto, el proceso abierto en 2003, tuvo algo de la verbena peronista del ‘45 y del ‘73, tan cautivante y tan hermosa pero, al mismo tiempo, tan efímera; como en los sueños, que se frustran en medio de repentinos despertares.

Los “gorilas” de izquierda y de derechas tendrán, como es lógico, sus agudas y sesudas explicaciones, para éste nuevo y notorio desencanto. Pero lo cierto es que, a esta altura, ya es evidente, y comienza a erosionar las expectativas y las ilusiones de muchos. Ahora somos modositos, prolijos, poco estridentes, casi diríamos en un rapto de síntesis: culposos. La autocrítica se ha convertido en excusa para la inmovilidad y la modorra; mientras se justifica el “centrismo” con argumentos pueriles, en los que no creen, ni siquiera, sus grandes divulgadores. Estamos volviendo al discurso noventista, en su versión alfonsinista y aliancista de los ‘90; ni siquiera al desbordante y superficial espectáculo de las bacanales menemistas.

El estilo es, en Política – como en la vida –, la expresión de valores y principios. Puede modelarse por golpes de camarín; pero no crearse. Es la manifestación externa de un alma y de una forma de ver y sentir el mundo. Y, en consecuencia, lo que hacemos y cómo lo hacemos, está siempre en función de lo que pensamos y de lo que sentimos. Nadie es tan psicológicamente tortuoso, como para llevar el cinismo a tan alto nivel de esterilidad.

Las crisis exigen innovación y audacia. Nosotros hemos decidido, como espacio político, afrontar ésta que hoy transitamos, con vocación herbívora y un despliegue escueto de elocuencia y convicción. Eso no es culpa de nadie, sino una responsabilidad de Todos. Nos hemos convencido, a golpes de “realismo” mal entendido, que es posible la construcción en Democracia, de un espacio de representación tan amplio que carezca, por natural efecto, de límites que lo determinen con claridad. Estamos autoconvenciéndonos de que los conflictos no sirven y, en consecuencia, la lucha es estéril, e incluso, disruptiva y banal. Que lo que es útil y correcto, son los buenos modales, la urbanidad y la templanza, y esa prolijidad que nuestros enemigos, en tono de admonición, le recomendaban a Néstor Kirchner, el mismo día en que vino a traernos un Sueño.

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