Estado y Soberanía Nacional y Popular.La Inmoralidad del Egoísmo y las Virtudes de la Solidaridad

Por Silvano Pascuzzo


Parece que hay dilemas que nunca desaparecerán de entre los hombres. Y uno de los más duraderos, es el que opone el egoísmo a la cooperación. Desde tiempo inmemorial, todas las tradiciones impugnan, con vehemencia, al inadaptado social, al oportunista y al aprovechador. La moral se construye por medio del rechazo a aquellos que no respetan el “bien común”; que exaltan el propio interés, frente al progreso de la Comunidad.

Como decíamos en el número anterior de Koinón, fue Adam Smith (1723- 1790) quien popularizó el Individualismo como el motor del bienestar y del desarrollo humanos. La “mano invisible” no era otra cosa, según su revolucionaria teoría, expuesta en Tratado Sobre los Sentimientos Morales, de 1759, que la conjunción paradojal, de la suma de todos los egoísmos cerriles de millones de almas ocupadas sólo en satisfacer su ambición. Eso que Friedrich Nietzsche (1844-1900) llamaría “la moral del Super Hombre” y que Herbert Spencer (1820- 1903), popularizaría como el “Darwinismo Social”.


Combatir por una “ética comunitaria” se hace hoy imprescindible. Nunca estuvo más claro el trasfondo cruel y amoral de la lógica mercantilista del Neoliberalismo; del Ego desmedido que otorga la riqueza, el poder y la capacidad de eludir la norma, en nombre de la Propiedad y la Libertad. Para ciertos individuos sin códigos, el Yo lo es todo; porque el Otro no es más que una cosa, que se usa y se desecha.

Parece cierto pues, que no queda alternativa frente a una situación como la presente, que subordinar al Estado a éstos criminales en potencia, que se ufanan de su autodeterminación y ponen en riesgo a la mayoría responsable y juiciosa, que respeta la Ley y preserva el interés colectivo, ya sea por convicción o por cobardía. La impunidad de algunos pocos es, en circunstancias como la presente, un acto producido por la omisión imperdonable de quienes deben hacer Justicia.


No existen dilemas en éste punto, solo principios éticos y comportamientos exigibles por vía de Derecho y/o coacción. Si la Democracia ha de salvarse, ante su evidente crisis global – crisis de la Poliarquía de Partidos –, es apelando a un nuevo y poderoso sentimiento de pertenencia a un colectivo que nos trasciende como seres finitos que somos; que le da a nuestra insignificante existencia un espacio donde adquirir identidad y proyección en el tiempo.

Repensar a la idea Clásica de “Comunidad” no parece ya una herejía – como en el tiempo de las Luces, en el tiempo de ese sobrevalorado siglo XVIII –, sino más bien una tabla de salvación y un imperativo categórico. La impotencia de ciertos discursos utilitaristas ante el fracaso del Mercado para tantas cosas, y su sólo éxito como dispensador de ganancias a una ínfima oligarquía de ricos usureros, ha quedado en evidencia.

El Poder se construye, y las mayorías se organizan. La ingenuidad de pensar en que sólo pontificando al adversario es como se consiguen resultados duraderos en materia de sociedades, no puede imponerse sin que antes observemos, con desprejuiciado interés, las potencialidades de la cooperación y los efectos revulsivos, y hasta criminales, de la competencia. Tal y como lo pinta la multipremiada película El Hoyo (2019), dirigida por Galder Gaztelu- Urrutia.

El Estado parece entonces recobrar nuevos bríos, tras cuatro décadas de ser denostado y presentado como el origen de todos los males. Y está claro que el Capitalismo es inviable sin él, en la medida en que es quien lo salva de sus ineludibles y paradojales contradicciones. La Soberanía Popular sin Soberanía Nacional diluye las identidades en un globalismo insípido, de ribetes trágicos y cruzado por la desigualdad más extrema. Y de pronto, también, por la muerte masiva generada por un enemigo silencioso, nuestra propia omnipotencia.

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