Estado y Movimiento Obrero

Por Elías de la Cera

“El trabajo tiene un rumbo,

gloriosa meta buscada,

es clarísima arbolada

que habrá que inventarle nombre,

para inaugurar el hombre

de alma y carne liberada”.

Carlos Molina.


Impregnados de socialdemocracia alemana, los socialistas Germán Ave Lallemant y Juan Bautista Justo, no lograron (con su lógica electoralista) tener algún grado de repercusión decente en el movimiento obrero. Un sin fin de conjeturas al respecto piden ser parte del mundo de la tipografía, pero bastará con decir que a la masa inmigratoria, fuerza motriz de nuestra incipiente organización obrera, le estaba vedada toda posibilidad de participación política.


Estos sectores, entre incomprendidos y odiados por todo el paño de la (también incipiente) democracia liberal burguesa, encontrarán hospitalario afincamiento en la (sorpresivamente incipiente) corriente anarquista expresada en el periódico “La Protesta Humana”, allá en las postrimerías del siglo XIX.

Aborreciendo explícitamente cualquier forma de organización partidaria, las espadas teóricas de aquella usina separan el socialismo autoritario o legalista, provenientes de la pura doctrina marxista, del socialismo libertario, iniciado por Proudhon y continuado por Bakunin. En este último, se pretende el ideal socialista por medios directos, sin admitir disputas políticas (electoralistas), pero sin recurrir al Estado obrero, considerado perjudicial y peligroso.


Casi todos los artículos de este foro han sido dedicados a develar el origen del Estado real, ergo su propia naturaleza. Sin cometer la torpeza de fatigar el escrito actual haciendo mención de pasados y olvidados textos, diré que el socialismo libertario no solo ratifica esa visión del Estado, sino que se propone enfrentarla deliberadamente, fijando la liberación del hombre en la abolición del Estado.


La tónica y la dominante del enfrentamiento entre anarquistas y socialistas se dejan oír en las opiniones respecto de las reformas graduales y la acción parlamentaria. Los últimos creen que, mediante el buen uso de estas entidades, conforme el paso del tiempo y alguna conjunción propicia de los astros, se logrará la revolución proletaria. Mientras que, para los primeros, las reformas son una distracción, y las disquisiciones parlamentarias meras fantochadas munidas de traición y corrupción.


Para decirlo de una vez; la política es una farsa burguesa. Obligado, el votante acude a las urnas el día establecido, para votar candidatos establecidos, que forman parte de un sistema establecido.


Dentro del anarquismo se fueron perfilando dos tendencias, diferenciadas en torno a cómo impulsar la acción para concretar los ideales libertarios. En una esquina, encontramos a los individualistas y, en la otra, a los organizacionistas. No es mi intención robarle renglones al artículo explicando algo que es obvio. Los individualistas pensaban que cualquier tipo de organización limita la libertad del hombre (cosa que es cierta, pero… ¿Cómo se lucha contra el orden establecido si no de manera colectiva?). De más está decir que los organizacionistas estimulaban la creación de sindicatos.


Ya entrado el siglo XX (problemático y febril), empezó a prevalecer la corriente organizadora y, en poco tiempo, concretaron la creación de los sindicatos de albañiles, cigarreros, carreros, yeseros, ebanistas, marmoleros, etcétera. Los métodos eran efectivos por lo sencillo; organización sindical y huelga general. ¿El objetivo? Destruir esta sociedad injusta para construir una nueva sin patrones, sin gobiernos, sin religión.


Expuesto al férreo rigor de los historiadores, diré que, entre Septiembre y Octubre de 1878, la Unión Tipográfica Bonaerense llevó adelante la primera huelga declarada por un gremio, quedando registrada como la primera medida de fuerza del movimiento obrero. Según parece, el origen del conflicto fue la decisión de una imprenta de rebajar los salarios de su personal. La iniciativa fue acatada por otras empresas y los trabajadores resolvieron convocar a una asamblea, en la que participaron cerca de mil trabajadores y todos se pronunciaron a favor de la huelga.


Diarios como “La Prensa” o “El Nacional”, intentaron contratar tipógrafos en el Uruguay, pero se encontraron con la conmovedora solidaridad de los trabajadores afiliados al gremio de Montevideo, que rechazaron violentamente la propuesta de reemplazar a los compañeros argentinos, pese a los elevados sueldos ofrecidos. La huelga fue ganada por los obreros y las patronales aceptaron volver a los sueldos originales y reducir la jornada laboral a 10 horas en invierno y 12 en verano.


Termino con una historia que nos hará contemplar el largo manto de miseria que arrastra la política: para comienzos de Abril de 1899, un tal doctor Manuel Mujica Farías lanzó, en medio de un hambre punzante y de una miseria insoportable, una frase tan despreciable como graciosa. Dijo en un reportaje a “La Nación” que quería presentar un proyecto de ley de “Represión de la vagancia”, con el objetivo de impedir las huelgas porque, según este abogado policial: “Aquí no trabaja el que no quiere”. No dejo de pensar en la cantidad de plata que hubiera ganado, si hubiera patentado la frase. Allí debe estar cajoneado el proyecto, a la espera de que algún miembro de la Honorable Cámara de Diputados lo presente y quede como el héroe que terminó con la vagancia criolla.


No logro entender porque se festeja una expropiación como un campeonato mundial. Que tal o cual empresa pase del sector privado al sector público, no significa más que eso. Es una operación legal, de mercado. Conjeturas, elucubraciones y vagas abstracciones, forman parte de un imaginario al que, por incapacidad, no logro acceder. Pero no sería la primera vez que una empresa en manos del estado, perjudique, por su plan de negocios, al conjunto del entramado productivo.


Un último delirio; el futuro le pertenece al movimiento obrero organizado. Según algún conductor político, ese el único sector que defiende los intereses permanentes de la Patria. La política va y viene, los cuadros políticos son más afectos a las esdrújulas y a tener razón, que a emprender una verdadera revolución. El Estado; indeciso, contradictorio y deficitario, busca desesperadamente una razón que argumente lo perverso de su pérfida existencia.


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