Entre Occidente y Santa Elena

Por Elías de la Cera

“Ce qui m'épouvante, moi, Messieurs, c'est cela même qui me paraît rassurer tout le monde. Ici j'ai besoin qu'on m'entende jusqu'au bout. Ce qui m'épouvante, encore une fois, c'estc précisément cela même qui paraît rassurer tous les autres: c'est que, depuis ce matin, tous nos ennemis parlent le même langage que nous”.


Maximilien Robespierre, Discurso a los jacobinos, 1791.



Los prístinos párrafos de “Peronismo y Revolución”, escritos por el entonces empoderado del Movimiento Nacional Justicialista, John William Cooke, supieron definir con certeza cuál es el mayor inconveniente que padecen los gobiernos radicales, cuando (vaya a saber uno porque causa, motivo, razón o circunstancia) deben ejercer el poder y las riendas de la nación.


Cuando el que supo ser (a golpe de valorización subjetiva) el mejor de los nuestros, se dispuso a describir el mustio gobierno de Arturo Illia, vertió una serie de conceptos que se adaptan muy bien a los tiempos que corren. Pues el gobierno de la Unión Cívica Radical del Pueblo, al carecer de una política definida, tuvo que seguir varias políticas (a menudo contradictorias), lo que termina por dejar inconforme a todo el mundo.


En realidad, la contradicción del radicalismo es una sola, y no es sino entre: La formulación idealista de presuntas misiones reparadores, de gestas munidas de heroicidad y patriotismo, contra la propia naturaleza radicalismo. Un espacio conformado por conservadores torcidos, liberales que vacilan entre el republicanismo, la represión y el golpe de Estado; y por socialdemócratas ocupados en darse de corte de intelectuales y progresistas, con el único fin de ocultar el más rancio antiperonismo latente en la República Argentina.


Cooke dijo que el radicalismo es un conglomerado de diversos sectores y tendencias de la burguesía nostálgica de un orden liberal asmático y polvoriento, no desde la irrupción del peronismo, sino desde el 6 de Septiembre de 1930. Finalmente es esto lo que termina por generar una severa erosión en la gobernabilidad. Es un error buscar los peñascos en el camino de la gobernabilidad en los actores exógenos, que por definición defenderán sus intereses.


“Un gobierno sin doctrina es como un cuerpo sin alma” decía Perón. Arturo Illia (en un ataque de obrerismo) proyectó y aprobó las reformas a la ley 11.729, apuntalando de paso la maniobra divisionista contra las 62 organizaciones y la CGT peronista, para luego acabar por ceder ante el sector empresario, vetando 59 de sus 63 artículos, quedando mal con patrones y obreros.


Desde el 16 de Junio de 1955, hasta el 19 de Septiembre de 1968, John William Cooke lideró la resistencia peronista, otorgándole al Movimiento una impronta realmente combativa y revolucionaria que incomodó seriamente al entramado liberal burgués de la nación, haciéndose merecedora de la más violenta reacción. Deslumbró al ideólogo de la izquierda peronista la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, en donde los 900 obreros fueron respaldados por toda la barriada de Mataderos y por el Movimiento Obrero en su conjunto. El demócrata que entonces estaba a cargo del Poder Ejecutivo; Arturo Frondizi, respondió aplicando el famoso Plan de Conmoción Interna del Estado. Finalmente, Bakunin tenía razón. Cuando los trabajadores deciden insurreccionarse, incluso los liberales más exaltados se convierten en defensores a ultranzas de la omnipotencia del Estado.


Lo que quiero significar es que una cosa es la democracia liberal burguesa de partidos políticos y otra cosa bien distinta es el peronismo, nacido en el offside de esa cosmovisión y a despecho de esas facciones de la oligarquía, cuyo único fin es el de garantizarle a la elite la perpetuación indefinida en el ejercicio del poder. El peronismo no es otra cosa que el hecho maldito de ese tan añorado país burgués. Errantes entre la obsolescencia y el anacronismo desde la irrupción de la Revolución Justicialista, los cultores de ese tímido y opaco iluminismo criollo, no han hecho otra cosa que sistematizar su inexorable tendencia al más rotundo de los fracasos.


Ahora resulta que Alberto Fernández nos quiere enseñar (con esos berretines de profesor universitario) que, en realidad, el peronismo es un partido de centroizquierda. Una socialdemocracia compuesta por personas sensibles, bien intencionadas, con tendencia a permutaciones literarias del calibre de: el amor vence al odio (frase que no solamente carece de evidencia empírica, sino que también de valor estético); y que siempre son perjudicados por un grupo de conspiradores (peronistas) que “le ponen palos en la rueda”.


Osea que, según el presidente, seríamos (como bien lo dijo Marx) el mero brazo izquierdo de la burguesía. Envés de ser los soldados de Perón y Evita, seríamos los soldados de los renegados Karl Kautsky, Ferdinand Lasalle, Eduard Bernstein, Juan Bautista Justo y Federico Pinedo. Yo no sé cómo es que Perón no terminó siendo el candidato de la Unión Democrática entonces.


Creo que al interior del Movimiento Nacional Justicialista, en su conjunto, se debe dar un debate profundo sobre el rumbo del actual gobierno. ¿Cómo es que le otorgamos un piso electoral del 40% a un candidato que, ni por asomo, pertenece a nuestro espacio? ¿Cómo es que creímos estar votando a Cristina, cuando en realidad la Argentina es un país presidencialista y el Poder Ejecutivo Nacional se ejerce unipersonalmente? ¿A qué hora de la madrugada y bajo qué conjugación de los astros habrá decidido Cristina que la persona indicada para sacarnos de esta supercrisis (teniendo en cuenta que se conjugaron el déficit fiscal que hizo colapsar el gobierno de Alfonsín, y el déficit en el sector externo que hizo colapsar el gobierno de De la Rúa) es Alberto Fernández?¿Por qué habríamos de rendirle pleitesía a un gobierno que decide retirar la fuerza laboral del mercado (creyendo que eso afecta a los ricos), erosionando completamente la cadena de comercialización y generando un proceso inflacionario del cual pareciera ser que la culpa la tienen los comerciantes que “se hacen los vivos con los precios”?


¿Por qué si antes hablar de la situación económica era de patriota, hacerlo ahora es de desestabilizador, de idiota útil o de gorila? ¿De dónde viene ese bolcheviquismo de cuarta conforme al cual no se puede criticar la conducción? ¿Que somos los peronistas, un amasijo de ignorantes que nos debemos limitar a poner los votos para que otros vengan a ponernos las ideas?


Mis esperanzas no están puestas ni en la conducción, ni en la dirigencia, pero si en la militancia. Tomemos el ejemplo de Cooke, no seamos obsecuentes, ni hagamos eso que el director de este foro llama: “Maquiavelismo de Pulpería”. Quieren deconstruir el peronismo, hacerlo dócil y manipulable. No sería la primera vez que este ex director de Papel Prensa, hijo predilecto de Héctor Magnetto, al que ahora pareciera que estamos obligados a dedicarle sonetos, cometa un acto de felonía, causándole un daño enorme (me temo irreparable) al conjunto del pueblo argentino.



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