En Búsqueda de una Cultura Nacional

Por Elías de la Cera

En los andurriales de lo que pomposamente podríamos denominar como Campo Nacional, Popular, Democrático y Feminista, se plantea con obsesión patológica y tenacidad de Monje Benedictino, una problemática, aparentemente axial, con respecto a dos entidades que, a mi juicio, no son otra cosa que temas retóricos, pseudoproblemas, nomenclaturas poéticas. Me refiero, estrictamente, a dos conceptos que ya desde su nombre presentan, en uno, la superstición y en otro, un oxímoron; “Cultura Nacional” y “Batalla Cultural”.


En 1916, Leopoldo Lugones, quien ha sido, junto a su gran amigo y maestro Rubén Darío, el máximo exponente del modernismo hispanoamericano, publica “El Payador”, obra en la que se puede encontrar, por vez primera, la idea de que el Martín Fierro es el poema nacional, el mito fundante de nuestra patria. De esta manera, José Hernández hace las veces de Homero, y el Martín Fierro, las veces de La Ilíada o bien de La Odisea. Es a partir de una astucia de Lugones, y no socolor de una convención popular, que surge la idea de que ese poema es nuestra Biblia, nuestro libro canónico, nuestro sello de identidad.


En convergencia con la idea de una mitologización de Fierro que tenía Lugones, encontramos a Ricardo Rojas que, en su “Historia de la Literatura Argentina”, se propone estudiar la poesía gauchesca desde Bartolomé Hidalgo, pasando por Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo, hasta José Hernández, aduciendo que la obra de esos autores deriva de la payada, de la rima repentina de los gauchos en las campañas. Rojas se demora en decir que el metro de la poesía popular es el octosílabo, y que los autores de la poesía gauchesca manejan el mismo metro, poniendo en letra definitiva lo que los gauchos rimaban por inspiración. No cuesta adivinar el hecho de que sea entonces de donde surge una idea, no menos vaga, que las dos anteriores; la “Cultura Popular”.


Sin ánimos de adentrarme en tecnicismos, Borges rastrea un hábil desatino en el pensamiento de Rojas, quien propone a Hidalgo, no como el Homero de la poesía gauchesca, ya que en rigor cronológico lo es, sino como un eslabón más de una cadena de payadores. Pero señala Borges que este aparente payador empieza versificando en endecasílabos, metro vedado a los payadores, siendo que les era negada la armonía, al igual que les era negada la armonía a los españoles que leían a Garcilaso.


La manera popular de versificar no son los endecasílabos de Garcilaso o de Hidalgo, sino que es el octosílabo. Cuenta Atahualpa Yupanqui que, más de una vez, escuchó a un paisano hablar en octosílabos, sin este ser poeta ni letrista, y que alguna vez un señor jugando al truco escuchó a un pájaro cantar, lo miró y le dijo: “Tú te quejas teniendo alas/ ¿Que seré yo en la tierra?”; métrica perfecta. La veracidad o no de la anécdota, es una frivolidad.


Lo que sí es importante remarcar, si de cultura nacional hablamos, es la distinción entre la poesía de los gauchos y la poesía gauchesca. Basta comparar una colección de poesía popular con el Paulino Lucero, enemigo de Rosas, aparcero de Lavalle. Tanto los temas abordados, como el léxico empleado, en la poesía popular es, por así decirlo, de aceptación universal; las penas de amor, de ausencia, todo esto dicho con un léxico general, amable y, si hay incorrecciones, son fruto de la ignorancia. En cambio, en la poesía gauchesca, se usa un lenguaje deliberadamente popular, agresivo, plagado de pintoresquismos, con errores gramaticales intencionados que corresponden más a la búsqueda desesperada de palabras nativas y a la profusión de un color local, que a la réplica de los versos cantados por los payadores. Si un extranjero escucha una canción popular, no va a tener mayores dificultades para comprenderla; sin embargo, le resultará imposible leer el Martín Fierro sin la ayuda de un glosario o de notas al pié de página.

Lo que quiero decir es que la poesía gauchesca, que nos ha brindado obras notables, no es un hallazgo arqueológico del cual se pueda colegir la idiosincrasia de un pueblo; es, por el contrario, un género literario tan artificial como cualquier otro. Es Hidalgo quien presenta sus trovas en función del gaucho, para generar en el lector una fe poética, pero el que versifica es él, no el gaucho.


El pueblo, cuando compone versos, lo hace persuadido de que está ejecutando algo importante, trascendente, rehuye de las palabras vulgares por considerarlas inadecuadas, y busca giros elegantes. No digo que siempre lo consigan, probablemente no lo consigan casi nunca, pero esa es la búsqueda. Viene a ratificar lo dicho un famoso pasaje del Martín Fierro. Claro está que Hernández redacta el poema en un español con una afectación gauchesca evidente. El lector no se puede escapar de la llanura, ni del gaucho cantando, ni de las metáforas y comparaciones propias de la vida pastoril. No obstante, sobre el final de la segunda parte, el poeta, muestra la hilacha de poeta, y se propone abordar temas filosóficos. Me refiero a la payada entre Fierro y el Moreno (en la película se puede ver con claridad como Fierro rima con ritmo de milonga y el Moreno en ritmo de cifra) pero lo importante es ver como Hernández abandona la afectación gauchesca y utiliza un lenguaje limpio, un español general, aludiendo a cuestiones de alcance universal. Como si el propio Hernández quisiera diferenciar lo gauchesco de lo popular. Dice el Moreno:


“Quiero saber y lo ignoro,

quiero saber y lo ignoro,

pues en mi libro no está,

y su respuesta vendrá

a servirme de gobierno

¿Con qué fin el eterno

ha creado la cantidad?


Esto que podría haberlo dicho Horacio, lo dice el Moreno, en cifra, en el medio de un contrapunto con Fierro. No quiero apresurarme, pero si en verdad hay una cultura nacional, tiene más que ver con la perplejidad del Moreno que con la afectación gauchesca del español.


Algo similar ocurre con el lunfardo, que es menos la expresión genuina del pueblo argentino que un lenguaje artificial inventado por Evaristo Carriego. ¿Es más argentina la milonga ¨Desde la Cana” que el tango “Griseta”? No hay ninguna razón para afirmar eso. Se me dirá que en “Griseta” no hay descripciones del conventillo, del montepío, de la taquería, etcétera. Podrá decirse también, no sin razón, que José González Castillo hace referencia a obras de la literatura francesa (“Escenas de la Vida Bohemia”, “Manon Lescaut” y “La Dama de las Camelias”). Sin embargo, yo diría que, en la evocación de esas imágenes, desde luego que no vamos a encontrar ni la arquitectura, ni la ornitología argentina, tampoco a la yuta. Pero sí podemos encontrar el pudor argentino, humilde como el sonido de su guitarra. También está la reticencia argentina, la erudición argentina. El destino trágico de la flor de París que un sueño de novela trajo al arrabal, obliga al enamorado, a remitirse a figuras que le son ajenas, que no le pertenecen. El poeta o el enamorado argentino, que para el caso es lo mismo, puede recurrir a una cultura foránea a la que no le debe rendir pleitesía, sino que es libre de evocar, de asociar lo que pasa en el arrabal con la más alta literatura de occidente, con total genialidad y desparpajo. Es muy argentino el tango “Griseta”.


Además, hay una idea muy interesante conforme a la cual lo verdaderamente nativo suele y puede prescindir de tediosas descripciones sobre llanuras o avenidas. Resulta que el historiador inglés Edward Gibbon, en su obra “Historia de la Declinación y Caída del Imperio Romano”, observa que en el libro árabe por excelencia, a saber, el Alcorán, no hay camellos. Si alguien puso en duda, alguna vez, la autenticidad de este libro, basta con notar la ausencia de camellos para erigirse como un libro perfectamente árabe. Mahoma, como árabe, no tenía porqué saber que los camellos eran un rasgo característicos. En cambio un extranjero, hubiese escrito ríos de tinta sobre las caravanas de camellos. Pero no Mahoma, era demasiado árabe para escribir de camellos.


Probablemente, en este foro, tengamos para con el peronismo, una relación parecida a la de Mahoma y los camellos. Estamos tranquilos, sentimos la doctrina y la practicamos con naturalidad, sin afectaciones, sin sobreactuaciones, sin camellos. Hay muchos compañeros, que yo quiero y respeto mucho, pero que viven en un perpetuo estado de afectación, son como turistas del peronismo, se visten con merchandising peronista, se sacan miles de fotos y reaccionan ante cada herejía con animadversión, como si en cada contradicción, en cada paradoja, se estuviera poniendo en duda su ortodoxia. Sin ser ni mejores, ni peores, creo que nosotros, en ese sentido, somos más chúcaros, más argentinos.


Thorstein Veblen nos orienta a pensar acerca de la preeminencia de los judíos en la cultura occidental. El sociólogo estadounidense se pregunta si esta preeminencia se debe a una superioridad racial, innata de los judíos por sobre el resto de occidente; contesta que no. La preeminencia se debe a que actúan dentro de la cultura occidental y al mismo tiempo no se sienten atados por ninguna devoción en especial; por eso a un judío le es mucho más fácil innovar dentro de esa cultura.


Si lo que buscamos es innovar en la cultura, en el peronismo o en las dos cosas, deberíamos, como los judíos, poder despojarnos del peso de las ortodoxias, de las devociones, de las sabidurías convencionales y perderle miedo al rigor histórico y las herejías de los díscolos.

Entonces, ¿hay una cultura nacional, una tradición argentina de pensamiento?; Sí, la hay. Es la de Occidente. Resulta patético venerar las capacidades de la mente argentina y, sin embargo, pretender limitarla a las cuestiones locales. Como si el argentino estuviera condenado a hablar de tranqueras y taperas, como si el universo le quedara grande. Me niego rotundamente. Al argentino le corresponde el universo entero, con todo lo que contiene. Como diría Jauretche; es todo lo universal visto con ojos de criollo.


Ser o no ser argentino, es una fatalidad del destino. No hace falta acusar a nadie de cipayo, y mucho menos emprender una batalla contra alguien. Mejor es que logremos abandonarnos al mundo del pensamiento, sin limitaciones, sin prejuicios, sin supersticiones, con nuestra característica irreverencia. Creo que si hacemos eso, no solo encontraremos una identidad cultural, que llegado el caso, puede llegar a ser una paradoja de nula relevancia, sino que podremos innovar en una cultura mucho más amplia, brindándole al mundo una heterodoxia que nos haga vivir un poco mejor a todos.

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