¿El salario es un costo más?

Por Daniel Barbagelatta

¿El sueldo de los trabajadores es un costo? Así planteada, la respuesta es irrevocablemente afirmativa. Pero ¿uno más? ¿no tiene nada que lo diferencie de, por ejemplo, los insumos o la amortización del capital? Aquí ya empezamos con los asteriscos.


Sin duda la pregunta resuena a partir de una declaración pública en la que el hasta hace poco tiempo presidente Macri (antes de serlo) afirmaba que, para crecer, “hay que bajar costos, y el salario es un costo más”.


Más allá de esta brutal explicitación, la cuestión ha sido siempre relevante; o, por lo menos, desde la creación de la macroeconomía.


En efecto, en la escala de un empresario particular (un “agente económico”, como lo llama la teoría liberal), las sumas pagadas a los trabajadores no pueden ser otra cosa que un rubro más en la contabilidad del costo del bien o servicio producido.


Como intenté describir en otro artículo publicado en este medio, toda la teoría marginalista, origen de lo que hoy llamamos genéricamente Neoliberalismo, centra su análisis en la oferta, tomando la demanda sólo como un dato.


Así pensada, la economía deja de ser una ciencia social para transformarse en una mera aritmética contable, una herramienta para empresarios que deben decidir cuánto y a qué costo producir. Quién demanda y, sobre todo, de qué dependen las cantidades demandadas son cuestiones completamente indiferentes para esta escuela de pensamiento.


Pero ocurre que, si la Economía es un sistema de agregados, lo que es racional para uno de sus componentes puede no serlo (pocas veces lo es) para el funcionamiento conjunto.


Con Keynes y otros teóricos, la macroeconomía nació precisamente con la misión de integrar la dimensión de la demanda agregada; con el propósito de preguntarse por qué ésta sube o baja y, a partir de este conocimiento, incidir en ella en pos de la buena salud del capitalismo.


Hizo falta la validación teórica y académica para constatar lo que todo político sensible siempre supo: la demanda aumenta y, por lo tanto, las ruedas de la economía empiezan a girar, si las personas (en particular las de ingresos medios y bajos) tienen más dinero.


Y la forma en que las personas de medios y bajos ingresos obtienen su dinero suele ser a través de la venta de su único bien, su fuerza de trabajo. Lo que desde el punto de vista microeconómico, por lo tanto, es un costo, desde la macroeconomía constituye la demanda agregada, aquello a que se destina el bien o servicio producido.


El mundo ideal de un empresario realmente racional sería uno en que él, individualmente, pagara los salarios más bajos posibles, pero en que el resto de los empresarios pagaran sueldos altísimos.


Por motivos que serían tema de extenso estudio, y de los que forma parte sin duda el componente ideológico y la lucha política en el lugar de trabajo, el empresariado no es racional. O lo es solo parcialmente.


En efecto, sólo tiene en cuenta el aspecto particular, microeconómico de la ecuación, prescindiendo del dato de que forma parte de un sistema económico y que la demanda no cae del cielo, sino que depende de los recursos y las decisiones de agentes económicos sobre los que hay una dependencia recíproca.


Centrado en lo particular, no ve lo general. El empresario medio actúa y decide como si fuera un ente completamente aislado de su entorno, de un modo parecido a como muchos individuos se autoconciben desgajados del ciclo económico del que, en realidad, dependen.


Aquí entran nuevamente consideraciones sobre el cruce entre lo económico estructural (en este caso, los dos aspectos del salario) y la dimensión político ideológica (entendiendo ideología como ese sedimento de axiomas no conscientes que ordenan la visión del mundo y, a partir de ella, los modos de conducirse).


Que el empresario promedio vea solo una parte de la película, que se sindicalice con otros para, en conjunto, pagar menos salarios (cuando le sería más conveniente que sus colegas los paguen altos), que actúe como si lo que está allende las fronteras de su empresa fuera meramente un dato, como si no fueran parte de un entramado sistémico de interrelaciones… todas estas cuestiones no solo evidencian la falta de racionalidad económica en la toma de decisiones, sino que son prueba de eso que nos gusta llamar la autonomía de lo político.

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