El Sabor Amargo de la Frustración

Por Silvano Pascuzzo

Los hombres que analizan la política desde posiciones conservadoras, no están pudiendo ver en estos momentos – quizás por prejuicios gorilas – la enorme oportunidad que el oficialismo les ofrece, con su ritmo abúlico y su lentitud proverbial. Las agresiones contra el Jefe del Estado son inoportunas y poco felices, además de groseras; y no rinden lo que deberían, en un escenario como el presente. A Alberto Fernández no hace falta extorsionarlo ni amenazarlo, pues sus ideas “consensualistas” son más conservadoras y eficientes para mantener al Kirchnerismo domesticado, que las invectivas de Morales Solá y el histrionismo histérico de Majul.

Hay, en las actuales circunstancias, una decisión política tomada en gran parte del Frente de Todos: la crisis no permite cambios de fondo ni políticas demasiado definidas, tanto en lo programático como en lo ideológico. No hay que afrontarla y resolverla, sino administrarla. Una visión noventista de la problemática económica y social, que coloca al Estado como un “asistente de los individuos”, más que como un “conductor estratégico”. Hay que pactar con empresarios y sindicatos, discutir las soluciones; más que imponerlas por el Poder coactivo del Leviathan. Un enfoque, a todas luces, conservador.

Las políticas sociales que se están, al parecer, diseñando, tienen ese inocultable sello. Por un lado, el Ministro de Trabajo anuncia que “los convenios colectivos que sean muy antiguos, deberán ser modificados, adaptándolos a las nuevas realidades de la producción”; lo que es un modo elegante de decir que los derechos adquiridos deberán ser sacrificados a la productividad, o sea, al lucro y a los beneficios del capital. Por el otro, el Ministro de Desarrollo Social nos cuenta que los “créditos a baja tasa de interés, irán a financiar changas y emprendimientos”, y no a generar trabajo de calidad y bien remunerado, en un escandaloso remedo del Duhaldismo y de la política asistencialista del Pro, con sus spot televisivos de apoyo a la venta de tortas fritas a la vera de una ruta.

El Mercado y la Gente hacen su entrada otra vez en el Peronismo, como símbolos discursivos de su domesticación herbívora. Un acontecimiento que se ha reiterado en más de una ocasión, en la larga y tortuosa Historia de nuestro Movimiento. Los grupos conservadores son los que han conducido, generalmente, éstos giros; y sus resultados – bastante pobres – han tenido consecuencias terribles en el mediano y largo plazo. No hay que subestimar estos bandazos en la correlación de fuerzas interna, ni mucho menos ignorarlos.

Kirchner creía que el Estado podía disciplinar a las corporaciones. Cristina que podía quitarles poder. Ahora, se sostiene, desde las usinas oficiales, que hay que invitarlas a la “construcción colectiva”. Y las corporaciones responden con insultos y desplantes, porque lo que no quieren es un Estado que las controle y las limite, en su capacidad hegemónica. No se consideran parte de ninguna Comunidad; están, por definición, por encima de ella.

Esta manía por dialogar, éste barroquismo del consenso amplificado, favorece la consolidación de los sectores que han dominado el país desde 1975. No tardaran en reconocer que se han alarmado demasiado con la derrota de Macri, y volverán a intentar la cooptación de un sector del Peronismo para sus fines, tal y como recientemente se lo propusiera Eduardo Duhalde, con ese aire de bañero suburbano que remueve, en muchos de nosotros, la conciencia y las tripas.

Es un momento poco claro, transitivo, difícil. Eso nadie puede negarlo. Pero también decisivo, porque de lo que hagamos en éste instante, dependerá el rumbo del país en la próxima década. Y las discusiones y las acciones, tendientes a clarificar ese giro de un grupo de supuestos peronistas, hacia el conservadurismo más crudo, no pueden postergarse al infinito, bajo la excusa de la “correlación de fuerzas desfavorable”. Es un sistema de pensamiento, y no una táctica, esto de estar todo el tiempo mendigando de los poderosos una limosna para el Pueblo, en premio de su buena conducta.

La reforma laboral ya está en el aire, con formato consensualista y aspecto progresista; la cristalización de la informalidad, se avizora, en una política asistencialista de cortos alcances y resultados nefastos en la experiencia pasada y presente de los argentinos. Si el Kirchnerismo no reacciona, no se planta y no hace valer su aún inocultable fuerza; la desmovilización, el desencanto y la resignación, serán el costo a pagar de una autocrítica mal digerida y de un realismo que trae, en sus alas, el sabor amargo de la frustración.

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