El rol de los sectores Evangélicos en la crisis de la modernidad

Por Milagros Agustina Sosa

El protestantismo apareció —desde el siglo XVI mediante la Reforma Luterana — como un factor de vanguardia e innovación en la interpretación de la vida religiosa, introduce la noción individualista de lo espiritual porque rompe con los dos ordenamientos principales: el monopolio del credo en el Papa y el monopolio estadual en el Rey. Se instala como la justificación del estilo de vida capitalista y burgués (Weber, 1920), puesto que al nacer de la urbanidad, está peculiarmente ligada a la concepción occidental de la ciudadanía.


¿Cómo se relaciona la teoría protestante evangélica con la crisis de la modernidad?. El profesor David Bebbington, destaca cuatro características principales de la construcción de la idiosincrasia evangélica: el Conversionismo, como el convencimiento de que las vidas deben ser

transformadas; Activismo, la expresión de la palabra del evangelio en esfuerzos; Biblicismo, particular respeto por el mensaje escrito; y el Crucicentrismo, una especie de tensión por el sacrificio de Jesús. Esto representa, al menos, tres contraposiciones conceptuales entre los objetivos de la modernidad (la libertad, la igualdad y la solidaridad).


En primer lugar, la libertad y la dependencia, remite a la lucha entre la alienación en un sujeto racional y la construcción de la soberanía popular, correspondida con la eliminación de los órdenes comunales. Otra contradicción alude al sentido de igualdad comprendido como una condición ante Dios, no como una concepción material real; la libertad implica desigualdad por la propia naturaleza de sus valores. Ergo, la liberalización del ámbito natural de desenvolvimiento del ser humano (la sociedad civil) permitiría al hombre realizarse a sí mismo a través de la competencia. En tercer lugar, el enfrentamiento entre la sociedad y el pueblo, lo colectivo; así, la política es vista como una actividad improductiva, costosa y parasitaria que conduce a la demagogia y, en el peor caso, a la tiranía.


La aparición de la anti-política es la expresión de este fenómeno, presenta la necesidad de repensar el Estado —su función e institucionalización— y la democracia. A su vez, en tanto se entiende a la religión como explicación de las cosas, penetra la idea de “legitimidad” de la felicidad o la desgracia, produciéndose un fuerte arraigo al sentido del mérito.


El movimiento evangélico en América Latina, fomentado desde las corrientes anglosajonas (EE.UU. principalmente), aparece a principios del siglo XX, utilizando la lógica del mercado para introducirse en la cultura religiosa latinoamericana, mediante programas de TV con espectáculos de milagros en vivo, programas de radio, shows musicales, redes sociales, etc. Al mismo tiempo, la decadencia de la Iglesia Católica preparó el camino para las redes de participación más flexibles, que privilegian la emoción y experimentación directa.


Así mismo, la crisis de representatividad de los partidos ha facilitado la propagación de los grupos evangélicos y el fortalecimiento de su influencia en el tejido social, combinando la convicción del poder de salvación y el discurso político de la restauración moral. Su participación en la política crece y alimenta las facciones de la denominada “derecha”, para impulsar su agenda conservadora a través de candidatos propios o entregando su apoyo a quienes promuevan sus principios, definiendo muchas veces el resultado de elecciones y funcionando como grupo de presión en la toma de decisiones.


Así, con la idea de un país bajo la autoridad de Dios, se logran insertar algunas cuestiones importantes: la eliminación de mediadores dentro de la democracia actual y la reconstrucción de las instituciones existentes (lo cual requiere atención a las posibles estructuras que se presentarán en reemplazo); la eliminación de la responsabilidad del Estado y los gobiernos sobre el bienestar social (ya que depende de la gracia divina, mérito); y la construcción de un enemigo común (las acciones en la tierra se interpretadas como reflejos de los conflictos espirituales: feminismos, derechos sexuales y reproductivos, el Islam, etc.).

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