El Reflujo y la Revolución

Por Elías de la Cera

Carlos IV - Anónimo (Óleo / lienzo 1799-1801) Flickr “¿Qué era, decidme, la nación que un día

reina del mundo proclamó el destino,

la que a todas las zonas extendía

su cetro de oro y su blasón divino?”


Manuel José Quintana.



En el libro “Historia de España” dirigido por Raymond Carr, el hispanista y experto en pensamiento ilustrado español del siglo XVIII, Richard Herr, estudia los años de flujo y reflujo que van desde el año 1700 hasta 1833, vale decir, desde la irrupción de los primeros monarcas borbones, hasta los años de liberalismo y reacción.


Por obvias razones editoriales y patrióticas, el “artículo” se propone empezar directamente con algunas consideraciones generales respecto al gobierno de Carlos IV, en el ocaso del siglo XVIII, en el alba del siglo XIX.


Carlos IV (“El Cazador” para los amigos) ha pasado a la historia como el inepto sucesor de su padre (Carlos III “El mejor Alcalde de Madrid”). Y aunque es cierto que fue poseedor de un carácter mucho menos decidido, dice Herr, que no se merece este juicio tan terminante. Pareciera haberse tomado en serio sus responsabilidades y se preocupó considerablemente (teniendo en cuenta que era un borbón) por el bienestar de su pueblo. Quizá su pecado radica en la incapacidad de preservar la prosperidad de España, en medio del torbellino desatado en Europa socolor de la Revolución Francesa.


Como Príncipe de Asturias, el nuevo Rey había mantenido contacto estrecho con un grupo de aristócratas admiradores del Conde de Aranda y molestos con el poder de Floridablanca, un intruso, un advenedizo. Sin embargo, Carlos, lo mantuvo como Secretario de Estado. El ejercicio del poder parecía haber atemperado al Conde, y las noticias llegadas de Francia sobre la autoproclamación de una Asamblea Nacional que rechazaba la autoridad real constituyeron una ofensa para su código de sistema de Gobierno.



Floridablanca, en brutal extravío, resuelve mantener a los españoles en la ignorancia de los acontecimientos sucedidos en Francia, movilizando funcionarios de aduanas y a los inquisidores para que confiscaran y censuran la prensa española. No cuesta adivinar la provisionalidad de la medida. En poco tiempo, artículos y reportajes entraron subrepticiamente, subversivamente, y algunas de las formas revolucionarias encontraron admiradores en España.


Luis XVI (el impotente), temiendo por la seguridad de su trono, urgió a su primo español (Carlos) a manifestar públicamente su aprobación a la nueva monarquía constitucional francesa. En Febrero de 1792, Carlos IV respondió destituyendo a Floridablanca y nombrando en su lugar a Aranda. El flamante Secretario de Estado intentó apoyar al rey francés; sin embargo, la deposición de Luis XVI en Agosto de 1792, seguida por la proclamación de la República Francesa, reveló su impotencia. Así que (como dicen los científicos) la cosa venía rantifusa.


Entra a tallar Manuel Godoy, un guardia de corps que aún no había cumplido treinta años, a quien el rey había concedido recientemente el título de Grande de España. Los despechados amigos de Aranda atribuyeron su ascenso a la influencia de la reina María Luisa, a quien acusaban de ser su amante y, al día de hoy, nadie pudo desmentir tamaña acusación. (“Manuel tiene que ser funcionario”/ chamuyaba la María/ mientras Carlos advertía / un ruido en el armario).


El mayor desafío que tuvo que enfrentar Godoy llegó (oh, casualidad) de Francia. La Convención francesa, tras ejecutar a Luis XVI en enero de 1783, se adelantó a la respuesta de España y Gran Bretaña declarándoles la guerra. Las invasiones francesas de Cataluña y las Provincias Vascongadas, hicieron que Godoy negociara la paz en 1795, cediendo a Francia la mitad española de la isla de Santo Domingo a cambio de la evacuación francesa del norte de España.


La paz (período entre guerras) proporcionó a España un breve respiro. Gran Bretaña, todavía en guerra con Francia, sospechó un acuerdo hispano-francés y su flota atacó navíos españoles. España respondió firmando una alianza con la ya República Francesa en agosto de 1796, y pronto le declaró la guerra a Gran Bretaña. El Tratado de Amiens, de marzo de 1802, puso fin a la guerra de ingleses contra españoles y franceses, pero, para no perder la costumbre, un año después, Francia e Inglaterra reanudaron hostilidades. Carlos IV intentó permanecer neutral; sin embargo, Bonaparte pidió el pago de un “subsidio por neutralidad” (algo así como un “Impuesto al tibio”). Gran Bretaña renovó sus ataques contra barcos españoles, y otra vez, España declara la guerra.


Esto parece entre patético y aburrido, pero no lo es. La situación para España fue desastrosa. La armada británica impidió la mayor parte del comercio entre España y América. La industria algodonera de Cataluña, incapaz de conseguir materias primas o de llegar a sus mejores clientes, quedó paralizada, y los trabajadores tuvieron que hacer fila para recibir la sopa que les suministraba el Capitán General. España perdía su comercio colonial, su mercado americano, a manos de Gran Bretaña.


La guerra fue un desastre fiscal para la Corona, afectada por la pérdida de remesas americanas y tasas aduaneras. El recurso que utilizó Carlos para salir de la crisis, merece especial atención. El hijo, basándose en su padre, resolvió aumentar la provisión de dinero emitiendo billetes, dándole a la maquinita, imprimiendo crocantes (diría Jorge Asís). Esos billetes eran vales reales que producían interés y circulaban como moneda de curso legal.


A partir de 1793, el rey emitió nuevos vales reales en cantidades cada vez mayores. El público perdió rápidamente su confianza en ellos y los cambió muy por debajo de valor nominal. Más allá de que el rey y sus asesores temblaban de miedo por saber que la bancarrota real podría llevar, como en Francia, a una revolución, nosotros podemos hacer la siguiente interpretación al respecto; si el problema es de producción (oferta), no hay emisión monetaria que te salve (demanda). Dejo la sugerencia como quien deja la propina abajo del plato.


El pueblo español, al borde del hastío, empieza a culpar a sus gobernantes por no terminar con esa crisis que los tuvo de ceca en meca y de zoca en colodra (diría Sancho Panza). Fernando, príncipe de Asturias, joven, impresionable y no muy brillante que digamos, se convirtió en el centro de una campaña en la que estaban implicados los restos del partido de Aranda (muerto en 1798). El grupo se encargó de difundir el rumor de que la reina y el pata de lana estaban conjurando para eliminar a Fernando y convertirse en soberanos tras la muerte de Carlos.


El clero conservador contribuyó a que la siniestra fama de Godoy llegara a la gente corriente. El deterioro en la imagen de Carlos IV era incesante. No conforme con su incapacidad para regir su país, para sacarlo de la crisis, María Luisa, su esposa, lo hacía cornudo con su funcionario predilecto.


Al otro lado de los Pirineos, está Napoleón. Su inestimable ansiedad por conquistar el mundo, lo conduce a escuchar las propuestas de Fernando y de Godoy. En noviembre de 1806, Godoy negoció un tratado con Francia para emprender la conquista de Portugal, del que (supuestamente) obtendría una parte. A su vez, Fernando, respondió favorablemente a la sugerencia planteada en confianza por Napoleón de pedir la mano de una princesa de la familia Bonaparte.


¿De dónde le nace tanta bondad al autoproclamado Emperador? Un ejército conjunto franco-español conquistó Portugal en noviembre de 1807, obligando a la familia real portuguesa a huir a Brasil. La guerra concluyó, pero (oh, casualidad) siguen entrando tropas francesas en España. Las tropas francesas habían ocupado Madrid y Barcelona. Carlos, Godoy y Fernando supieron que el apoyo de Napoleón determinaría quién iba a quedarse con la corona.


Luego de que José Bonaparte fuera nombrado, por su propio hermano, como rey de España, Napoleón pasó a ser “el Tirano”, Fernando pasó a ser “el Deseado”, y en la punta de rieles del mundo, empieza un debate acalorado.


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